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viernes, 1 de marzo de 2013

Two Europes in one?


The direction of the European system seems pretty clear towards closer integration, but there is a flaw. For critics, the political project is going too far, while some governments want to have a bigger say. Some fear, the idea of More Europe is a threat to their national interest, hence, they want to get more involved in the process. Precisely, this was one of the principles in Cameron’s speech, who hopes to find allies for his claims of exceptionalism. 
The British challenge has a lot to do with the idea that it may be easier to negotiate the repatriation of some powers if the negotiations have impact on other Member States as well.
While most members were able to agree, one year ago, a roadmap for moving towards a deeper Economic and Monetary Union, critics point to the issue of legitimacy of political integration, which created a new dilemma. To what extent the citizens like the EU intrusions into the important national issues?
But how and for how long can the EU deal with sub-unions?
On Cameron's paradoxes:
What if Cameron gets concessions from Brussels? 

domingo, 12 de diciembre de 2010

No podemos renunciar a la Patente Europea


Esta noticia se viene cocinando desde hace semanas. Aunque sé que muchos se llevarán las manos a la cabeza, yo discrepo de la posición de España, no porque crea que el multilingüismo sea algo a extinguir. Muy al contrario, para mí la diversidad de lenguas es un rasgo característico de la Unión Europea, y puede ser incluso una de sus fortalezas. Sabemos que el mercado interior funciona también en un entorno plurilingüe. Y la tecnología de la información nos deja una aparente paradoja, por un lado facilita el acceso rápido, barato y eficaz a muchos otros idiomas, al tiempo que fomenta la propagación involuntaria del idioma inglés, en virtud de aquella vieja regla de la economía del lenguaje o la eficacia comunicativa.

Estando convencida de que el multilingüismo nos hace mejores, probablemente debemos empezar a aceptar que los idiomas son patrimonio de la riqueza social, cultural y literaria. Cuando se trata de economía, el idioma debe facilitar la comunicación, y en el caso de las nuevas tecnologías, prima romper la brecha tecnológica y que nuestras empresas sean competitivas globalmente. Para lograrlo exitosamente es imprescindible trabajar en inglés, una lengua que facilita tanto la comunicación empresarial como el avance tecnológico.

De momento 11 Estados miembros ya se han puesto de acuerdo en suscribir la Patente Europea única, a pesar de que ésta se podrá presentar solamente en inglés, francés y alemán. De esos once países muchos no tienen ninguno de esos tres idiomas como oficiales, y parece que esa cooperación reforzada se extenderá a más Estados miembros que están dispuestos a que sus empresas renuncien a concesiones lingüísticas para poder acceder a esa anhelada Patente Europea, que es una herrramienta competitiva esencial.

Probablemente sea discutible el privilegio del francés y el alemán, porque creo que a estas alturas ya hemos ido pagando la cuenta al eje franco-alemán por los servicios históricamente prestados, pero esa batalla no puede librarse ahora, ante la inmediatez de la brecha competitiva europea. Me alegra ver que la cooperación reforzada se patentiza (y nunca mejor dicho) pero más me alegraría que los países que están quedando fuera de la misma no regresaran a las trincheras de los intereses nacionales. La Comisión es muy firme en esta cuestión. No dará su brazo a torcer. El debate de fondo es muy interesante porque presenta varias aristas, por un lado la del futuro sostenible de una UE institucionalmente multilingüe, con los costes que conlleva, y por otro la de la fuerza del polo franco-alemán en el timón europeo. En esta guerra, se han quedado atrincheradas España e Italia, que anuncian no dar tregua en el Consejo. Mi posición es que España debería entrar en el acuerdo, por hacer un favor a la industria española (que insisto, se va habituando ya a trabajar en inglés), aceptarlo, decía, no sólo para no quedar más aislada, sino para dejar de estar en el tren de cola tecnológico.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Divorcio "a la europea"

O mejor dicho "estilo cooperación reforzada". Hoy la UE nos brinda un ejemplo práctico de lo que significa uno de los mecanismos propiamente comunitarios del que siempre he tenido una opinión favorable. Este artilugio institucional se instauró con el Tratado de Ámsterdam, en 1997, y permite que un grupo de Estados miembros entre en un proceso de integración más intenso para una determinada acción o área política. La ventaja es que aporta flexibilidad y permite reforzar la integración, generando un posible efecto que arrastre a otros Estados a adoptar ciertas políticas (véase como ejemplo el área de libre circulación Schengen), la desventaja es que podría consagrar una Europa de geometría variable, con una posible deriva desintegradora. Cierto es que en estos trece años de vida del mecanismo, nunca se ha producido una situación de retroceso político.

La Comisión ha lanzado hoy una propuesta para dirimir qué tribunal será competente en los casos de divorcio en matrimonios de distintas nacionalidades comunitarias, ya que los conflictos de leyes dan lugar a situaciones de especial complejidad jurídica y numerosos costes, dificultando los divorcios, incluso los de mutuo acuerdo. Con esta nueva ley, y cuando no haya acuerdo entre los cónyuges sobre el tribunal, se dará prioridad a la normativa del país de residencia habitual. Si ya no viven juntos, a la del último lugar de residencia conjunta. Si ninguno de los dos reside ya allí se aplicaría la legislación de la nacionalidad común de los cónyuges y, por fin, si son originarios y residen en Estados miembros distintos, la del tribunal al que se acuda. Como se ve, la norma no afectará a las legislaciones nacionales sobre divorcio, por lo que, en honor a la verdad, estamos lejos de un verdadero divorcio a la europea (como reza el título del post), aunque se facilitan los trámites para algunas parejas que puedan vivir el proceso de una forma más compleja.

Se han sumado 10 Estados miembros a la iniciativa ya que, debido a la exigencia de la unanimidad que impone el Derecho de familia comunitario, la propuesta no pudo sumarse el cuerpo legal de la Unión al prosperar el veto presentado por Suecia, cuando la Comisión había realizado la propuesta en el anterior mandato. El motivo del veto sueco es impedir que un tribunal suyo se vea obligado a aplicar una ley de otro Estado miembro.

La amenaza del veto es justamente el origen de este curioso mecanismo de integración, que en este caso ha resultado en una cooperación reforzada en la que participan España, Italia, Francia, Austria, Luxemburgo, Grecia, Bulgaria, Rumanía, Eslovenia y Hungría. Lo peculiar de la noticia de hoy no es que sea la primera cooperación reforzada bajo el Tratado de Lisboa, sino que se trata de la primera cooperación reforzada a instancias de la Comisión (el poder ejecutivo europeo) en toda su historia.

domingo, 14 de marzo de 2010

Medidas ante la crisis. Las posibilidades institucionales de un supuesto Fondo Monetario Europeo

Hoy escribo un post inusualmente extenso, donde reflexiono a vuelapluma sobre la unión monetaria y el gobierno económico. No es una reflexión académica ni ordenada, pero refleja las contradicciones de nuestro sistema económico. Trato de aportar argumentos a favor de institucionalizar la política económica, y en particular la fiscal, a nivel comunitario.

El debate está en boga, ya que desde que esta semana Alemania se descolgara con la propuesta de un nuevo Fondo Monetario Europeo (FME), ha resurgido con cierta virulencia la vieja controversia sobre la viabilidad del euro. La posible creación de ese nuevo organismo ha recibido el inmediato aval de la Comisión, obsesionada por la eliminación del conflicto en el seno de la Unión.

La pregunta es, ¿necesita la Unión Económica y Monetaria un contexto de reducción de conflicto? Las teorías que tratan de dar explicación a la euro-polity topan con una contradicción teórica al ser incapaces de explicar la propia existencia de la Unión Europea, y encuentran grandes dificultades para justificar la cooperación que implica la existencia de una unión monetaria como es la Eurozona.

En la literatura sobre la integración europea se observa un gran esfuerzo por categorizar las variables determinantes en el proceso de integración. Desde un enfoque más clásico o realista, la política europea o euro-polity sería una variable a explicar, y en ese campo las aportaciones del realismo son claramente deficitarias o, mejor dicho, incapaces de justificar la propia existencia de la Unión Europea, y en especial de la unión monetaria que representa la Eurozona, ya que su propia predicción teórica no contempla el principio de cooperación sobre el que se sustenta una unión económica y monetaria.

Por ejemplo, en la actual situación de crisis financiera, con la posibilidad de que se realice algún tipo de rescate económico sobre Grecia, se esperaría que se generara un conflicto grave entre los Estados miembros, al menos desde una teoría realista. Este no es el caso, bien al contrario, se han planteado desde los Estados miembros y desde la propia Comisión la creación de instrumentos e instituciones para la resolución de conflictos, algo que aumentaría la posibilidad y la frecuencia de la cooperación entre Estados miembros.

En esta línea va la propuesta realizada por Merkel de constituir un Fondo Monetario Europeo. La historia nos deja ilustrativos casos de huidas hacia delante cuando todo parecía perdido, así fue con el desenfrenado desarrollo del mercado interior europeo que se experimentó en la década de 1980, fustigado por la estaflacionaria recesión de los setenta. Justo en esa etapa de los ochenta, se produjeron movimientos especulativos que acabaron por destruir los mecanismos de cambio de las distintas monedas europeas, lo que en el fondo llevó a los Estados a planear la moneda única, entonces bautizada como ECU, allá por 1992 en Maastricht.

El euro entró en circulación justo diez años después, en 2002. Hoy, ocho años más tarde, descubrimos que los criterios del Pacto de Estabilidad (PEC) son incapaces de imponer la disciplina fiscal sobre los gobiernos, por mucho que se cierna sobre ellos la amenaza de recurrir al Tribunal de Luxemburgo, y es que cuando la amenaza de las sanciones se queda en amenaza y no se materializa, no es de extrañar que los Estados hagan de las suyas.

Con estos mimbres, resulta curioso que el euro haya sobrevivido ya ocho años, con razonable buena salud, a pesar de las muchas voces escépticas, incluso aquellas que paradójicamente argumentaban que una unión monetaria no podría sobrevivir sin una unión política. La unión política se fragua mediante la creación de instituciones, y ahí es donde cobra relevancia el debate planteado esta semana por Alemania, cuando Merkel ha lanzado en serio la propuesta de crear un FME.

¿Por qué Alemania hace una propuesta institucional tan innovadora?

Al margen de las perturbaciones asimétricas en la moneda y de los niveles de déficit, hay una dificultad de carácter legal, que no es menor, que amenaza la permanencia de Alemania en el grupo del Euro. Esto se desprende de una sentencia de 1993, emitida por el Tribunal Constitucional de Alemania, en la que se establece que Alemania debe abandonar la unión monetaria si la estabilidad del euro no puede garantizarse. La cuestión que cabe plantearse es si está ahora mismo garantizada esa estabilidad. ¿No es un concepto un tanto ambiguo? Probablemente, y no es una ambigüedad casual, que deja el campo abierto a múltiples interpretaciones, entre ellas la duda sobre si no reaccionará el Constitucional alemán, en el caso de que haya una transferencia de fondos “evidente” desde el estado alemán hacia el griego. Explicaré unas líneas más adelante que el asunto de las transferencias entre Estados tiene implicaciones sobre el Tratado de Lisboa.

¿Qué cometido tendría el Fondo Monetario Europeo?

A pesar de su denominación, no se plantea como un émulo del Fondo Monetario Internacional, que recordemos es una de las instituciones creadas en Bretton Woods, y que tiene como objetivos promocionar políticas cambiarias sostenibles a nivel internacional, facilitar el comercio internacional y reducir la pobreza. El FME en cambio sería un organismo guardián, aunque capaz de implementar nuevas normas fiscales, si bien sólo cuando éstas tuvieran por objeto prevenir y evitar casos de inestabilidad en la Eurozona.

En cuanto a las funciones específicas que podría desempeñar ese nuevo Fondo Monetario Europeo, más allá de la de celador, destacaría la capacidad de aplicar importantes sanciones directas sobre los Estados, determinar el recorte de los fondos de cohesión al país incumplidor, establecer la suspensión temporal del derecho de voto en las decisiones tomadas a nivel comunitario, y por fin imponer al país afectado la suspensión de la pertenencia a la Eurozona. Salta a la vista que la capacidad de implementar semejantes castigos por parte de un organismo no tendría parangón en la normativa europea hasta la fecha.

La Comisión Barroso ve la maniobra con buenos ojos, algo que no sorprende, porque facilitaría la gobernabilidad y abriría la senda a otros procesos integradores, pero ¿qué ha llevado a Alemania a presentar esta propuesta y a la Comisión a aceptarla sin más? Puede sorprender la premura de los movimientos políticos en Bruselas, pero es sintomático del miedo a que realmente Grecia entre en un descontrol total de su déficit fiscal, que exija un desembolso de fondos tan importante, que acabe desencadenando las protestas de otros países en situaciones de déficit anormal, como España, Portugal e Italia.

Ya estamos a mediados de marzo (una de las fechas límite para que Grecia presente nuevos datos) y todavía está por ver si la imposición de la austeridad fiscal sobre los griegos va a tener efecto, y si esto permitirá recuperar el crecimiento económico. Incluso aunque los datos fueran alentadores, a corto plazo se visualiza una situación de riesgo para el gasto público, y el riesgo de contagio a los otros miembros de la Eurozona.

La presencia del contexto está determinando más que nunca la agenda política, y es precisamente el contexto una variable que ha sido siempre determinante en los grandes avances comunitarios. Crisis es sinónimo de oportunidad (disponemos de evidencia empírica), tras el retroceso viene el avance, como ocurrió en los noventa en Irlanda, el Reino Unido y en Dinamarca, con grandes repuntes económicos tras la aplicación de contención del gasto y duras reformas debido a una crisis económica, y no es otro el escenario de futuro que se maneja ahora mismo, el de una economía que resurja reforzada tras la debacle actual.

¿Cómo se plantea la recuperación económica?

En la Eurozona hay países con un ciclo económico más largo, que por tanto tardan más en salir de la crisis y que en cambio no disponen de la devaluación para ser más competitivos, y en su lugar deben recurrir a medidas menos atractivas como reducir los salarios. No es un mal nuevo, sino que esto se predijo cuando se creó la moneda única. Ante un panorama de expectativas negativas a corto plazo, se espera lograr atraer a los inversores a la Eurozona, una vez que el sistema de sanciones y penalizaciones pueda ponerse en práctica, lo que dotaría de credibilidad al sistema, algo que no ha ocurrido con el PEC, que como hemos dicho a menudo en este blog ha sido incumplido de forma flagrante y continuada.

¿Por qué ese obstinado incumplimiento y la ausencia de las correspondientes sanciones? La respuesta está en el exceso de intergubernamentalismo en los organismos decisorios competentes. Así es. Cuando los líderes del Consejo (donde deciden los jefes de Estado y de Gobierno) deben acordar la penalización sobre un Estado miembro, el juego de intereses nacionales adquiere una relevancia excesiva. Nadie quiere tirar la primera piedra. He ahí un ejemplo práctico de los problemas que supone el sistema intergubernamental. Por decirlo de un modo muy gráfico, los Estados se tapan las vergüenzas mutuamente.

La amenaza de sanción, al no traducirse en sanción real, se ha mostrado insuficiente para mantener la disciplina dentro de la UEM. No sólo en el caso griego, sino incluso en Irlanda, donde hubo una gran crisis fiscal hace un año y medio. Las instituciones financieras que están de hecho interconectadas en la UE han ido cayendo una tras otra, ante la incapacidad de reacción por la ausencia de un supervisor bancario común a la Eurozona.

¿Hacia un gobierno económico?

El mercado único es un espacio geográfico, que se sustenta sobre determinadas condiciones de seguridad, que implican reglas y garantías. Sin entrar a considerar si el mercado se autodisciplina, o si en efecto es irremediable que los Estados lo disciplinen, lo cierto es que para que los intercambios comerciales o financieros sean seguros, predecibles y regulares se requiere una autoridad que garantice el funcionamiento correcto del mercado. Tradicionalmente esa seguridad es a su vez la que permite el florecimiento y por tanto el éxito del mercado. Es decir mercado y Estado se necesitan mutuamente, si bien a menudo los Estados han obstaculizado el libre intercambio mediante todo tipo de impuestos y aranceles. Hoy no existen aranceles y el espacio comercial en Europa ofrece grandes posibilidades. Si el mercado interior es una realidad, aunque no todavía plena, la unión monetaria es un hecho.

La unión monetaria se ha logrado gracias a la coherencia previa en los sistemas monetarios, que alinearon su moneda con una moneda de referencia. El control de la emisión monetaria y los tipos de interés y cambio se decide en un BCE supranacional, federal y exento de todo control político o partidario. En buena lógica se plantea la necesidad de crear un nuevo organismo capaz de sancionar con efectividad. Porque si no hay sanción no hay amenaza, y por tanto no hay incentivo al cumplimiento de las reglas. Esa capacidad de tomar decisiones vinculantes consolidaría el gobierno económico europeo, además de facilitar el camino hacia una unión fiscal, no sólo monetaria, lo cual es mucho decir cuando los instrumentos políticos disponibles no se están utilizando.

La reticencia de los Estados miembros a constituir un gobierno económico común no puede más que empeorar la situación como la de hoy, en la que Berlín y Atenas comparten moneda y tipo de interés, y que lo hacen además funcionando en contextos económicos muy dispares, algo que se remonta a los propios inicios de la UEM, cuando se popularizó aquella referencia a los famosos PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España).

No obstante, la propuesta de Merkel no acaba de encajar en el concepto de gobierno económico, y tiene algo de sobreactuación. Hay quien dice que cuando el mercado sobreactúa las políticas también deben sobreactuar. Este tipo de reflexión es la que seguramente ha llevado a Merkel a proponer que se cree versión europea del Fondo Monetario Internacional. Los comentaristas que se apresuran a señalar la vaguedad de la propuesta, creo que infravaloran las derivadas de la idea de Merkel, empezando por lo que tiene de alerta sobre la necesidad de institucionalizar la economía europea.

No se trata de un gobierno porque lo que se pretende es que esta institución actúe como un seguro en caso de riesgo financiero de los gobiernos, ofreciendo fondos y por tanto reduciendo la posibilidad de temores y riesgos especulativos con respecto al país afectado. Con todo, cabe tener presente que los fondos de dicho FME procederían de los propios contribuyentes europeos, con lo que en la práctica se estaría rescatando a los irresponsables con fondos comunes, aunque también aquellos habrían contribuido a dicho fondo, lo que alivia la sensación actual de que los rescates penalizan a los cumplidores.

A mi juicio, un FME basado en la noción de rescate en lugar de en la de imposición y cumplimiento previo, está condenado al fracaso porque lejos de cimentar la unión, la debilita.

Es decir, actualmente se dispone de una institución federal e independiente, que es el Banco Central Europeo, que no tiene contrapeso político. Pero el BCE no tiene muchas atribuciones más allá de la estabilidad de precios. Alemania siempre ha sido partidaria de preservar esta no intromisión del BCE en la política económica, y creo sinceramente que es una visión acertada. La propuesta del FME por tanto no debe interpretarse como contrapeso político, aunque el BCE albergue temores al respecto, y consideran que situaría al euro en un territorio poco seguro.

Sin embargo, parece que el BCE se ha mostrado incapaz de garantizar la cohesión dentro de la Eurozona, en casi una década no ha logrado evitar un problema como el de Grecia, que ya ha atentado directamente contra la credibilidad de la moneda única. Tampoco tuvo el BCE una actuación especialmente brillante cuando estalló la crisis financiera en 2008.

No hace falta decir que, desde mi punto de vista, los Estados miembros con sus dispares políticas económicas han sido los causantes, porque esos mismos Estados a través del Consejo son los que han ido dilatando la imposición de sanciones a los Estados que han incumplido los objetivos de deuda y déficit. Tal vez esa sea la razón de que hoy se proponga un Fondo Monetario Europeo, como simple mecanismo de rescate, y en cambio no se plantee de verdad crear una institución económica que supervise las reformas económicas y la fiscalidad de forma centralizada, siendo vinculante para todos y cada uno de los Estados miembros de la Eurozona.

Debo admitir que el Tratado de Lisboa no permite grandes experimentaciones, aunque a pesar de ello (o precisamente por ello) se ha hecho un esfuerzo por buscar mecanismos que encajen en el marco de Lisboa. Sin ir más lejos, mañana lunes día 15, en la reunión del Eurogrupo, se presentarán tres propuestas para facilitar la recuperación de los países en situación crítica:
1) Un préstamo otorgado por los Estados de la Eurozona, como el que la UE concede a los Estados miembros que no tienen euro.
2) Una emisión de bonos de la UE garantizada por los países de la Eurozona.
3) Un aval sobre las emisiones de la deuda griega por parte de la Eurozona.

El objetivo de estos mecanismos es ofrecer como garantía los propios fondos de la Unión, lo que en realidad no supone regalar dinero a los incumplidores (o sea, a Grecia), sino facilitar al país endeudado la financiación de su deuda a un precio más barato, que el que tiene que pagar en el mercado financiero. De hecho, se da la circunstancia actual de que la UE tiene una clasificación AAA en el mercado de capitales, por lo que puede obtener los fondos a mejor precio, y después transferir los fondos a los Estados necesitados (esto ya se ha hecho con los préstamos back-to-back tras la adhesión de Hungría).

Curiosamente este mecanismo de rescates podría tener encaje en Lisboa, siempre que no se circunscribiera el mecanismo a los 16 países la Eurozona, que está regida por la famosa no-bailout clause (cláusula de no rescate) que impide que los Estados se rescaten entre sí o asuman deudas de otros.

Es previsible que en las próximas semanas se tomen decisiones a iniciativa de la Comisión Barroso II, que se ha mostrado muy interesada en dar cuerpo al gobierno económico, o cuanto menos a formalizar ese concepto tan gris del “rescate financiero” (que además tiene tintes intergubernamentales) siempre que los mecanismos sean compatibles con el Tratado de Lisboa, ya que nadie en Bruselas desea volver a revivir la pesadilla de la ratificación.

A pesar de todo, la complejidad del proceso a emprender se resarciría con el potencial del poder económico transnacional que supondría una unión monetaria y política, fuera de la subordinación a las restrictivas políticas estatales que hasta hoy han predominado.

lunes, 7 de septiembre de 2009

¿Qué va a pasar en Irlanda? Posibles escenarios

El 2 de octubre llega la hora de la verdad, otro día D. Los irlandeses deben pronunciarse de nuevo sobre la adhesión al Tratado de Lisboa. Curiosamente y a pesar de los dimes y diretes, concesiones y no concesiones, lo cierto es que las encuestas no son nada alentadoras, y en el fondo no me extraña. La opinión pública es algo que nunca debe subestimarse. Irlanda necesita un detonante, como nos cuenta este rotativo.

De todos modos, algo me dice que Irlanda y los distintos grupos de presión que apoyaron el No en su momento, y que aquí fueron (tal vez de forma excesivamente hipérbolica) duramente criticados, han virado bruscamente. Diríamos que en estos meses de verano sí ha habido cierta renegociación. La UE no podía permitirse el coste de convocar una nueva CIG y redactar un nuevo Tratado, cuando Niza sigue en vigor a trancas y a barrancas, recordándonos míseramente como el Tratado Constitucional fue tumbado en 2004. Y en todo caso el nuevo Tratado saliente no evitaría un nuevo referéndum en Irlanda, ya que así lo manda su Constitución nacional. ¿Estamos en un callejón sin salida?

El primer escensario tras el No de junio fue la renegociación. Me consta que la habido, es decir que ese vaticinio se ha llevado a cabo, forzado por las propias presiones políticas en Dublín y Bruselas. Una vez superada esa fase es de esperar el Sí, porque concesiones ha habido, que nadie lo niegue. Cuando se acerque la fecha y cuente en un artículo la retahíla de razones para el Sí explicaré lo que ha trascendido sobre las concesiones a Irlanda.

Bien, otra opción sería la aprobación de un Protocolo con valor jurídico, que a su vez debería ser ratificado por los 27 de forma individual en sus parlamentos nacionales o mediante referenda. Viable, pero con coste, por ello también mencionan algunos expertos la opción de un Tratado de interinidad, que seleccionaría algunos de los elementos no expresamente impugnados de Lisboa, la ventaja es que este acuerdo podría ser ratificado por Irlanda por vía parlamentaria (sin necesidad de referéndum), aunque las cuestiones institucionales seguirían quedando no resueltas.

Y por fin, ¿qué les parece la geometría variable? Pues sí, se recuperaría ese viejo término de finales de la década de 1980, estaríamos ante un nuevo Tratado que asumirían un núcleo duro de Estados miembros, o tal vez varios (casi todos), y en esta línea hay de hecho quien habla ya de la fórmula 26+1. Esta fórmula sería interesante para dar solidez a la política de seguridad y defensa, y tiene la ventaja de que sólo debería ser ratificada por los Estados afectados. Suena a cooperación reforzada masiva, pero no es preciso descartar la flexibilidad si eso supone avances en la integración, aunque no implique a los 27 a la vez.

A mí que no me acaba de atraer metodológicamente la cooperación reforzada, en este caso sólo le veo ventajas, sobre todo para los Estados dispuestos a apostar fuerte por ceder soberanía. Tal vez sería una buena ocasión para suavizar las condiciones de la cooperación reforzada, ya que Niza marca que se apruebe por unanimidad del Consejo, algo tremendamente limitador dadas las circunstancias y que sigue dejando en manos de intereses nacionales los avances de la Unión.

Una opción compleja pero viable sería convocar una nueva Conferencia Intergubernamental para decidir que los Tratados puedan entrar en vigor por mayoría súpercualificada, es decir 4/5 de los Estados miembros, en lugar de la unanimidad actual. Es cierto que para adoptar esta medida se necesita la unanimidad, de nuevo la pescadilla que se muerde la cola, ¿qué habría que dar a Irlanda o a otras naciones que presionan por intereses nacionales como contraprestación a esa pérdida de poder?

Una vez más, vemos la unanimidad como verdadero lastre para el avance institucional en la Unión.

Albergo temores fundados de que las consecuencias de un voto negativo serán graves para todos, no sólo para los irlandeses, algo que sin duda debería procurarse aclarar muy bien en la presente campaña. Es posible que los irlandeses no sean conscientes de que una opción para ellos es abandonar la Unión, porque un No supone un rechazo a la propia esencia de la UE (ya no sé si recordarles el abanico de opciones, como esas famosas cláusulas que tanto gustan a los británicos, las opt-out, opción a la que pueden recurrir una vez dado el Sí, aunque tampoco hace falta que les demos ideas...).
Si Irlanda como Estado miembro no está dispuesto a acatar ciertas decisiones y avances en los que la gran mayoría parece coincidir no tiene lógica que siga en el proyecto, porque lo lastra. Ahora que ya estamos tan cerca, que en enero de 2010 tendremos un Parlamento Europeo con poderes de codecisión en todas las áreas políticas, con control sobre el 100% del Presupuesto, con capacidad de legislar sobre el 95 % de las materias, ahora que tenemos la figura de la Presidencia permanente en la punta de los dedos, un cuerpo diplomático europeo y el Alto Representante de Política Exterior, que nos dará coherencia y visibilidad, por fin... No podemos permitir que Irlanda ni nadie eche para atrás este Tratado, porque es ya patrimonio de todos. La inacción, el aceptar una derrota de Lisboa y continuar con Niza sería un fracaso histórico estrepitoso, y lo pagaríamos todos.