viernes, 26 de septiembre de 2014

La sutil sombra de Draghi

Cuando Draghi habla, algunos toman decisiones, otros se paralizan y muchos pensamos. En esta era de la superficialidad, cuando no se habla de algo es que no existe. A juzgar por ese peregrino criterio, el reto de mantener el euro a flote se ha superado. Mudos se quedaron muchos desde aquel verano de 2012, cuando el presidente del BCE dogmatizó (whatever it takes) desde púlpito londinense.

Consciente de su efecto sobre los actores políticos y económicos, Draghi deja gotear sus palabras a modo de pequeñas bombas de relojería.

Aceptemos que las medidas que se implementan desde el BCE no son el paradigma de la innovación. No nos engañemos. Antes se han probado en otros lugares. En Japón, lo de fabricar dinero sigue teniendo resultados desastrosos. Con todo, el BCE ha puesto a disposición de los bancos europeos la friolera de 400.000 millones de euro. De estos, solamente unos 83 millones han sido requeridos por las entidades bancarias. Pasividad preocupante, sintomática de una realidad, explicable o bien por la desconfianza del mercado sobre la recuperación, y de ahí las pocas ganas de endeudarse de ciudadanos y empresas, o bien simplemente que los bancos no desean volver a correr riesgos, prestando demasiado dinero.

Parece como si los agentes del mercado se hubieran entregado al arte de la procastrinación, de dejar para un mañana incierto cualquier decisión. Y eso siempre es perjudicial, y es el típico estado de ánimo que acaba por propiciar una deflación como una catedral, así que, sea como sea, es una mala noticia en términos de reactivación económica, confianza, estado de ánimo…

¿Hasta qué punto este estado de ánimo tiene que ver con la crisis ucraniana?

A mí me sorprende mucho esa insistencia en la cuestión ucraniana. Es un frente abierto, no lo dudo, pero la defensa de la integridad territorial ucraniana no es un asunto europeo. El debate está ahora mismo establecido en términos de sanciones frente a diplomacia. Las primeras no han sido eficaces, de hecho han creado una situación que ha perjudicado a Europa y a Rusia, económica y estratégicamente, por tanto nadie gana a este lado del océano.

Honestamente, no creo que la cuestión ucraniana sea definitoria de los riesgos geopolíticos a los que alude Draghi. Su advertencia, más bien me parece un toque de atención de carácter personal al papel de los Estados Unidos en este asunto. Para mí no son nuevas estas “indirectas” e invectivas sutiles hacia el otro lado del Atlántico, por parte del italiano, quien insiste en que es la UE el modelo preferido por los ucranianos.


Las injerencias estadounidenses nunca han sido del agrado de Frankfurt. Asuntos muy dispares; por un lado, una cuestión de valores y de política de vecindad; por otro, un banco central que rige la política monetaria de la zona euro. 

En fin. Son retos tan diferentes que sorprende que Draghi los haya emulsionado en una especie de salsa, bastante indigesta, pero que seguramente tiene algún sentido esencial. Lo he observado a lo largo de los años. 

Nada es gratuito y las palabras de Draghi mucho menos. Sus tesis, ajenas al exhibicionismo, lo convierten en el más europeísta de cuantos líderes tenemos.