miércoles, 17 de septiembre de 2014

La estrategia europea en Ucrania

Parece una buena noticia, a pesar de que no aparezca destacada en la Sala de prensa del Parlamento de la UE. Casi diez meses después de las concentraciones en la plaza Maidan de Kiev, el Parlamento de la UE y el Parlamento de Ucrania (Rada) han sellado el Acuerdo de Asociación, de forma muy acorde con los tiempos. Mucho ha llovido desde las movilizaciones del invierno y la agenda política ha sido extenuante (vean aquí  con todo detalle los movimientos, acuerdos y desacuerdos políticos desde el día uno). 

El presidente Poroshenko insiste en ver en el acto de ayer un primer paso hacia la adhesión de Ucrania a la Unión Europea. Los tiempos cuentan, y por ello una de las concesiones “visibles” a Rusia, es que la aplicación de la zona de libre comercio con la UE no entrará en vigor hasta 2016, por tanto quedan quince meses para perfilar "diferencias". Otra ley aprobada ayer, menos visible para la prensa, es aquella por la que Kiev da mayor soberanía a las repúblicas de Donetsk y Lugansk, incluyendo amnistías para los rebeldes separatistas, elecciones autonómicas, relaciones comerciales con zonas limítrofes de Rusia y educación en lengua rusa.
Es muy probable que descienda el grado de conflicto comercial que viven Rusia y Occidente, porque las sanciones y bloqueos tienen costes mutuos. Se están cuantificando las pérdidas en el sector agrícola europeo, y las consecuencias negativas sobre consumidores rusos de esa espiral. La teoría económica es clara sobre los terribles perjuicios que causan las barreras comerciales sobre las economías, y la Eurocámara debate sobre las consecuencias de las sanciones.
A pesar de ello, la decisión de entrar en dicha guerra fue tomada de forma contundente por la UE, empezando por las sanciones selectivas a determinados nombres y empresas, y continuando por prohibir la venta de bonos a determinados bancos rusos. La prohibición de las importaciones de alimentos procedentes de la UE ha recibido no pocas críticas en casa, desde el sector agrícola, e incluso desde gobiernos, como el de Hungría y Eslovaquia. Por el contrario, Polonia tomó una posición muchísimo más beligerante, y pidió a la UE que denunciara a Rusia ante la OMC en relación con las barreras al comercio impuestas por los rusos. Lituania también se mostró favorable a las sanciones.
Algunos estudios calculan el daño que la crisis de Ucrania ha causado sobre la UE (un estudio de ING de finales de agosto cuantificó en 6.700 millones de euros las pérdidas por la prohibición, añadiendo que podrían perderse hasta 130.000 puesto de trabajo en la UE). Draghi no quedó al margen de la polémica, poniendo el acento en la influencia negativa en el euro de los riegos geopolíticos actuales. Por su parte, Rusia también ha sufrido las consecuencias de la guerra comercial. Se ha retirado inversión extranjera de Rusia y en agosto, el ministro de Agricultura anunció pérdidas debido a los subsidios adicionales al sector agrícola ruso.
Ante este panorama, y hasta la semana pasada, hubo un aluvión de encuestas publicadas sobre el sentimiento de la opinión pública en relación con esta crisis, llegando a la curiosa conclusión de que la mayoría de la población, de forma notable en Alemania , estaría dispuesta a entrar en conflicto con Rusia por defender una Ucrania europea.
Ahondando en la pregunta de partida que planteo, es importante ver qué estrategia tiene Europa, sin olvidar qué sentido tiene todo esto para Rusia. Aunque el gobierno ruso defienda que “no tuvo más remedio” que entrar en el conflicto para defender a los rusos ucranianos (ofreciéndoles incluso la ciudadanía rusa), lo cierto es que la ofensiva se inició cuando desde Moscú se presionó al gobierno ucraniano para que no firmara el Acuerdo comercial con la UE.
Más allá de los datos, tras la firma de ayer, hay que ver el cuadro en perspectiva y comprender por qué se ha llegado a esta situación. Ya en 2003, André Glucksmann, en Occidente contra Occidente, ponía en la picota la contemporización con la Rusia de Putin, por parte de Francia y Alemania. Los vientos de la historia en ocasiones nos traen reflejos del pasado. Rusia dejó una marca indeleble en la historia de muchos europeos.
Ese pasado totalitario y sus tics reviven con frecuencia. Memoria más reciente; el verano de 2008, Putin invadió Georgia, ante la pasividad de Occidente. Rusia reconoció entonces la independencia de Osetia y Abjasia, aunque con la complicidad del presidente de Georgia, cosa que no ha ocurrido en Ucrania. 

Se ha reafirmado en Occidente la desconfianza hacia Putin, y muchos analistas señalan su interés en mantener una tensión global constante. De hecho, el conflicto con Ucrania ha sido utilizado de forma propagandística desde el primer día por el gobierno de Moscú.
No dejo de tener la percepción personal de que Rusia se ha ido volviendo más hostil hacia Europa, desde que Polonia y países adyacentes se han instalado en posiciones muy proatlantistas, hasta el punto de poner a la OTAN "a los pies" de Rusia. En este sentido, las regiones prorrusas de Ucrania se han convertido en estandarte de ese viejo poder.
Moscú no ha aceptado el gobierno que salió de las protestas de Maidan (que, seamos fieles a la verdad, depuso al gobierno prorruso, que había sido electo en las urnas), y ha aprovechado su influencia política y cultural para fracturar Ucrania, un país que Occidente puso en el ojo del huracán de una forma algo torpe, tras la crisis desencadenada en noviembre de 2013.
Rusia acusa a Occidente, y Ucrania a Rusia, aunque el propio nacionalismo ucraniano ha desempeñado un gran papel en este polvorín que ha propiciado el expansionismo ruso, a cuenta de la (dicen) "ninguneada" minoría prorrusa del Este del país, al tiempo que la economía ucraniana no está para muchas alharacas, teniendo como tiene una dependencia brutal de la economía rusa. 

Ese cansancio y la crisis socio-económica explican que la mayoría de la población ucraniana ansíe un pacto comercial con la UE, con la vista puesta en una futura adhesión a la Unión Europea, con todo lo que ella implica política y socialmente. Rusia ha echado toda la carne en el asador, y tal vez Europa no esperaba tanto. El conflicto de Crimea ha sido un triunfo para la óptica rusa.
En esta tesitura, cabe hacer autocrítica, como ya señalé hace unos meses. La UE (o algunos de sus líderes) creyó que su liderazgo moral en Ucrania y el cambio de gobierno serían suficientes. Posiblemente hubo un error de cálculo, a pesar de que Putin no es una “amenaza” desconocida. Si es explicativa la variable del riesgo de situar a la OTAN a las puertas de Rusia, no menos relevante es que Rusia está en pleno proceso de integración regional, fraguando la Unión Aduanera Euroasiática, un espacio económico llamado a absorber a Ucrania, que, contradiciendo a Moscú, parece mayoritariamente dispuesta a llegar a ser miembro de pleno derecho de la Unión Europea. La firma de ayer es un tanto para la UE, pero el tiempo nos dejará el relato de las concesiones (que las habrá) a los intereses estratégicos rusos. Sigue siendo una batalla de valores contrapuestos. A Europa se le exige más en ese terreno, y un mayor grado de honestidad. Veremos.

* Fuente imagen: Demotix