martes, 8 de abril de 2014

La UE será inviable… si mantiene el statu quo

La acuciante crisis del euro nos ha dado un respiro, pero el problema subyacente en nuestras economías es el desempleo, que todavía no se está afrontando de forma realista. Es decir, la reducción del tipo de interés (euro) y la imposición de medidas de contención presupuestaria (austeridad) no tiene traducción en la corrección del paro. Ahora bien, el desempleo es solamente la somatización de una economía que no crece. Siempre se habla del gran drama del desempleo juvenil, aunque no es exclusivo de la zona euro ni es un problema nuevo. De hecho, entre 1991 y 2012, la tasa de desempleo juvenil mundial sólo aumentó un 1%, del 11,7% al 12,7% (ILO,Trends Econometrics Models, April 2012).
Hace décadas que el mundo se comporta como un sistema económico único. De hecho, existe una tendencia mundial al aumento de las exportaciones, pero el desempleo sigue siendo un problema. El discurso simple achaca la destrucción de puestos de trabajo a las exigencias de productividad. Hay una presión en ese sentido, pero no afecta solamente al desempleo, sino también a la inversión. Los capitales se mueven entre las fronteras, pero esto no parece traducirse en inversión directa, lo que hemos convenido llamar “economía real”. A nadie es ajeno que el crecimiento de los capitales ha sido más rápido que el de la economía, afectando al sistema de distribución y reparto de la riqueza. Esto se ha traducido directamente en menos oportunidades laborales.
El fenómeno, lejos de afectar a todo tipo de personas (trabajadores más y menos cualificados) acaba revirtiendo en una reducción de las Rentas Brutas Nacionales, dado que los gobiernos tienen a crear sistemas de subsidio, para sustentar artificialmente a aquellas personas que quedan fuera del sistema económico. Este círculo vicioso está en su apogeo y nos indica que vamos en la mala dirección. El endeudamiento de los gobiernos sigue ahí, incapacitándolos para contribuir al estímulo económico, mientras esperan, con impotencia, que desde el sector privado surjan nuevos modelos económicos. Se llenan la boca con el espíritu empresarial y animan a los ciudadanos a ser emprendedores, pero el común de los mortales, jóvenes y no tan jóvenes, se encuentra con los bolsillos vacíos y sometido a un sistema fiscal, cuanto menos cuestionable, sin acceso a financiación. Los gobiernos consideran un éxito haber reducido la lacra de los intereses sobre su propia deuda, pero esto no ha tenido una traducción real sobre el ciudadano de a pie.
Algunos aprovechan esta coyuntura para reivindicar que el capitalismo está en crisis, clamando incluso por la revolución total. Es innegable que el capitalismo ha sido el único sistema que ha propiciado la integración social de la que hemos gozado hasta ahora, con sus imperfecciones y contradicciones. Corresponde a los economistas relatar por qué el capitalismo genera esas crisis cíclicas, y también por qué a menudo fracasan los intentos de los Estados por constreñir al sistema, mediante la manipulación de los tipos de interés, los impuestos o determinado diseño del estado del bienestar. Los gobiernos están legitimados mediante las urnas, aunque precisamente en contextos de crisis prolongadas, como la actual, existe una crisis de representatividad.
La realidad económica funciona como un subsistema paralelo al estatal, acogotando a la ciudadanía, y generando una simpatía por lo revolucionario. Muchos de los movimientos de protesta callejera y los votos de extrema derecha se conectan en su deseo de romper el sistema, ante la percepción de que ha imperado un capitalismo “estatista”, aunque unos sitúen en su diana particular a la clase política y otros se decanten por el gran capital o la banca. Esa incomodidad se percibe en el desconcierto que destilan los sondeos, no solo de cara a las próximas elecciones europeas de mayo, sino en los procesos electorales que se vienen produciendo en Europa en los últimos dos años, con un aumento de las posiciones extremistas, a pesar de que los partidos centristas de derecha y de izquierdas mantienen los gobiernos, habitualmente formando coaliciones moderadas.
Hoy estamos en el momento clave políticamente hablando. El sostenimiento del euro ha sido el único gran objetivo económico en la agenda política europea durante esta legislatura. A la vista está que ahora la agenda ha de dar un paso más, y no rendirse a la complacencia, porque la estabilidad monetaria no es más que el suero que permite la subsistencia del enfermo anémico, pero en modo alguno garantiza su buen estado de salud.
Ahora llega el momento del nervio, un nervio político, entendido como coraje para unir las economías europeas y crear un gran mercado único, donde las empresas y los ciudadanos puedan prosperar con las mismas posibilidades, vengan del país que vengan, donde desaparezca el dumping fiscal que favorece a algunos capitales y gobiernos, pero no a la economía productiva ye empleo; donde se fulmine el secreto bancario que enriquece a unos pocos; donde no existan las diferencias en el acceso al crédito entre ciudadanos europeos; ni se produzcan los abusos sobre los sistemas de bienestar; ni unos paguemos más IVA que otros; ni, por supuesto, se pueda expulsar a un ciudadano comunitario de un Estado miembro por encontrarse desempleado, como sugiere el gobierno alemán, etc.
Se trata de fallos políticos debidos a las diferencias regulatorias existentes entre los distintos Estados miembros de la UE. Por decirlo de una forma llana y simple, la llamada gobernanza fiscal europea no va más allá de las políticas austeridad, y esto genera un sistema totalmente injusto, que favorece el comportamiento depredador, ejercido tanto por grandes capitales, como por ciudadanos normales (abusos sobre el sistema de bienestar social, a veces de otro Estado miembro). Esta actitud free-rider, de forma contraintuitiva, perjudica sobre todo a la periferia, sometida a las devaluaciones internas e incapacidad de competir fiscalmente (la espiral del dumping fiscal es contradictoria con el sostenimiento de las cuentas públicas y penaliza al que menos tiene).
Estos hechos diferenciales que he relatado responden a elecciones políticas que tienen traducción económica, y generan las mayores asimetrías y desigualdades entre ciudadanos europeos. Por tanto, se trata de injusticias y discriminaciones que minan las opciones de los ciudadanos, y que no son imputables al capitalismo, sino a elecciones políticas erróneas, fundamentadas básicamente en intereses concretos (del gran capital en el caso del secreto bancario, de las grandes empresa en el dumping fiscal, etc.), que lacran la competitividad de unos Estados en detrimento de otros. 
El gran problema de la UE es esa desintegración política que se traduce en una desintegración económica. La crisis de competitividad está directamente relacionada con las carencias en la integración, y con la pervivencia de las ópticas estatales en las decisiones políticas. Así, tanto los ciudadanos como las empresas europeas, padecen distorsiones y sufren las consecuencias, simplemente porque ni siquiera se ha conseguido crear un verdadero Mercado Único. No todos tenemos las mismas posibilidades, ni en términos de acceso a crédito, ni en términos de derechos y oportunidades. La política de brazos cruzados dominante hasta ahora agudizará el declive y el malestar social, porque lo grave no es que los actores económicos estén desincentivados, es que los ciudadanos lo están. La gran cuestión es si la Unión Europea es capaz de ofrecer un modelo económico estable y armónico del que se beneficien todos los europeos, tanto empresas como ciudadanos. Este es el gran reto político para la próxima legislatura.
*Imagen: From the Blog by David F. Ruccio