lunes, 24 de marzo de 2014

Ucrania: revolución callejera e incompetencia política

Estamos siendo testigos de que el momento posrevolucionario es la clave de la revolución, ya que es el que fragua la transición hacia un sistema institucional legítimo y duradero. ¿Hasta qué punto una revolución en la calle puede traer un cambio positivo para la ciudadanía?
Las imágenes que nos han llegado de Kiev, desde noviembre, con centenares de jóvenes y niños resistiendo el frío en la plaza de Maidan, plantean algún dilema. ¿Tendrán esos jóvenes conciencia de haber participado en la construcción de una nación? ¿Ha sido su triunfo el cambio en la jefatura del gobierno? No es difícil suponer que parte de aquella ilusión ya se ha desvanecido. La euforia de las reuniones masivas no está relacionada históricamente con logros democráticos, sobre todo si insuflan movimientos extremistas (a Tahir nos remitimos). También es cierto que los congregados en la plaza Maidan coincidían en puntos esenciales: el acercamiento a la UE, pero también la lucha contra la corrupción y la excesiva regulación económica, la reforma constitucional para evitar el poder excesivo de los presidentes.
A estas alturas de la historia conocemos bien los resortes de una democracia participativa: tribunales, constituciones, división de poderes, elecciones, libertad de información. Precisamente, las elecciones y la alternancia de poder deberían ser salvaguarda suficiente para evitar un poder autocrático y corrupto. Las reglas aseguran el cambio. Más allá de la Realpolitik, se busca un nuevo modelo normativo.
Hace un par de años, muchos vaticinaban un giro histórico de la mano de las revoluciones fraguadas en grandes plazas urbanas, desde los Indignados de plaza del Sol a la primavera árabe. En Kiev, importaron el modelo e hicieron suya la plaza Maidan. En Ucrania ya hubo una “Revolución Naranja” en 2004 (el motivo era el fraude electoral), avalada también por la comunidad internacional, y por el conjunto de la oposición ucraniana.

El detonante de la actual revolución de Maidan fue la caída del acuerdo comercial con la Unión Europea en noviembre, en un trasfondo de deterioro económico y empobrecimiento de las clases medias. En principio, no era un movimiento ideológico, aunque la presencia de banderas europeas en la plaza sí revelaba una nueva ilusión, truncada por la aparición de violentos, que tomaron el control de las masas. Muchos de ellos identificados como nacionalistas fascistas (del partido Svoboda, que había ganado peso en las poblaciones más occidentales en las elecciones de 2012). Ello no ha impedido que estos grupos, con el apoyo de Occidente, hayan cuestionado al gobierno ucraniano de Yanukovich (adornado con tintes totalitarios, pero electo democráticamente), habiendo logrado su derrocamiento.

Sin ser amiga de teorías conspirativas, legítimo es preguntarse si todo esto es casual o responde a un plan orquestado. Si llamativo ha sido el desfile de líderes de la UE en Kiev –recordemos a Ashton dándose un baño de masas en Maidan-, más sorprende la intromisión del gobierno estadounidense en el asunto, desde la famosa filtración de “que se joda la UE”, en boca de Nulan, la famosa asistente del Secretario de Estado, de quien se afirma en varios medios que ha apoyado económicamente las movilizaciones de Maidan. 


No podemos hacer un ejercicio valorativo sobre la intención del gobierno de Obama, pero para la gente de la plaza Maidan, la revolución "ha triunfado" al imponer un cambio de régimen político, obviando, a sabiendas o no, la presencia clave en el nuevo gobierno ucraniano de un partido nazi llamado Svoboda (Libertad), que anuncia su deseo de “purificar” la nación ucraniana. ¿Cómo ha podido esta formación, que solo gozaba de un 10% del apoyo electoral, llegar a hacerse con el gobierno de Ucrania? ¿Es más legítimo este gobierno, aupado por la turbamulta? ¿Qué fue de aquellos jóvenes que enarbolaban la bandera de la UE y pusieron en boga el hashtag #euromaidan?



Los líderes de la UE se han hecho muy visibles en Kiev, alentando la esperanza en la gente, mientras media Ucrania se removía incómoda desde el sofá de casa. Es arriesgado jugar con el ánimo de un país en ruinas. Inevitablemente, Rusia ha entrado en escena, y lo hace consciente del peso de la sociedad pro-rusa en Ucrania, hasta el punto de anexionar a Crimea, en contra del orden internacional. 

Según Kaplan, Rusia siempre ha conjugado el ánimo proteccionista con el expansionismo, debido a su orografía, a la llanura y al temor a la amenaza externa. Este temor se nutre también del nacionalismo. Ello sumado a la destitución del gobierno establece una nueva y peligrosa doctrina, e instala una sensación de vulnerabilidad absoluta. La posibilidad implícita de cualquier revuelta espontánea podría devenir un peligro para cualquier democracia, poniendo en riesgo el Estado de derecho. Como escribiera Tocqueville, sobre los contrarios a la Revolución francesa: “Temiendo más la soledad que el error, declaraban compartir las opiniones de la mayoría”. Los rusófonos ucranianos se rinden a Putin, quien lanza un aviso a navegantes a moldavos, estonios y a todo rusófono viviente, bajo el clásico manto retórico, interpretable en términos de guerra fría, o como síntoma de nostalgia del imperio soviético. 

Putin se ha convertido ya en epígono del nacionalismo expansionista. Su discurso es fácil, sencillo y coherente en su impetuosidad. La internacionalización del conflicto de la plaza Maidan ha servido a su causa, mientras Occidente ha cometido errores de cálculo, cayendo en el juego de la retórica maniquea. Hoy tenemos la firme sensación de que la Unión Europea ha patinado en Kiev, y de que Ucrania es una crisis pendiente para todos.


* Imagen: demolición de la estatua de Lenin en las revueltas de Kiev el 8 de diciembre de 2013