jueves, 16 de enero de 2014

El Reino Unido no determinará el futuro de la UE

Es lugar común que los extremos se tocan, pero en este caso el meollo de la cuestión se sitúa en la centralidad del discurso. Hay consenso en que la UE debe reformarse. Para sostener esta idea, no es preciso relatar los numerosos argumentos federalistas, de sobras conocidos para los lectores de este blog. La alta política entra en el debate de lleno e insinúa improbables coincidencias. La primera paradoja se da en las múltiples referencias a los tratados de la UE, desde posiciones gubernamentales tan contrapuestas como la alemana y la británica.



Merkel, tras formar gobierno de coalición, insiste en la irremisible reforma delTratado de Lisboa, que implica una centralización política de la Unión Europea, que no sólo garantice la estabilidad de las finanzas alemanas, sino que abrace sistemas de solidaridad interterritorial en el conjunto de la UE. Sobre el tapete, la propuesta de Merkel no se aleja de los postulados federalistas, apoya abiertamente una Europa social y la preservación del estado del bienestar.

Bajo el paraguas del actual Tratado, las limitaciones son absolutas, las decisiones se toman a partir de los acuerdos de los Estados en el Consejo, y no hay rendición de cuentas en Bruselas. Es decir, opacidad, intereses nacionales, y un "interesantísmo" BCE con ansias de capacidad política (véase a un Draghi incisivo en las últimas semanas) en el ámbito de la Unión Bancaria.

Una cuestión relevante es si a Merkel debemos concederle el beneficio de la duda, dado que Alemania goza de un sistema social bastante loable y sostenible, con una buena capacidad redistributiva, y una menor diferencia de clases que en la mayoría de países europeos.

Veremos si la canciller tendrá la valentía de, una vez abierto el melón de la reforma de los tratados, ceder poder político y económico a Bruselas. No sólo está por ver el posicionamiento de Alemania, sino el del grupo de países del Norte que conforman el sector de “contribuyentes netos”, reticentes a sostener financieramente a una periferia en dificultades. La capacidad redistributiva es la clave, y holandeses y finlandeses han dado señales de fatiga, ante una periferia totalmente ahogada en el contexto de crisis.

Vamos con el gobierno británico. Qué mayor paradoja que ver a Cameron pidiendo una reforma del Tratado de Lisboa para salvar los intereses financieros de la city... Pues hay más, ayer el ministro de Economía, Osborne, cuya autoridad en la materia podemos poner en solfa, pero que en todo caso apuntó a la necesidad de que la UE se reforme profundamente. Hasta aquí, coincidencia, pero muchas preguntas.

De inmediato, se explicitan, los británicos tienen un diagnóstico totalmente contrario a los federalistas, incluso a Alemania, ellos ven como causa del declive la “UE” social, en este sentido alientan el discurso euroescéptico de las bases conservadoras. Paradójicamente, para el inglés, la crisis de la UE se debe a un excesivo peso del estado del bienestar. El debate se aleja del consenso y se sitúa en el extremo del liberalismo.

El británico cree que la UE no puede dedicar un 50% del gasto al sostenimiento del modelo de bienestar, representando a un 7 % de la economía mundial. Si esas cifras las menciona Merkel para apostar por la reforma para mantener el modelo social, en el caso de Osborne, la apuesta es destruir el modelo, es decir, la medicina británica sería la liberalización y un efecto arrastre de Europa hacia otros modelos mucho menos desarrollados socialmente en el planeta.

Desde hace tiempo sospechábamos que el Reino Unido no sólo no quiere que la UE intervenga en sus leyes, sino que quiere destruir el consenso político y social construido por generaciones de europeos. Ayer se evidenció con todas las letras.

Con todo, Osborne fraguó un discurso en el que alentaba a la UE a la reforma política… para acto seguido, amenazar con la salida del Reino Unido. Es decir, o la reforma política se concreta en un traje a medida de los intereses británicos, o tendrán que abandonar el barco, con los costes que ello supondría (supuestamente) para el resto de Estados miembros. Es la clásica actitud de los tories que ven al Reino Unido como una especie de potencia económica deseada por todos. Al parecer, sin Reino Unido, la UE perdería relevancia global.

Esa amenaza no debe calar en la Europa continental. Se revive el debate de los años Setenta, cuando parte del bloque atlántico, encabezado por los británicos, apostó por los beneficios comerciales de pertenecer a la CE, creyendo que podrían escabullirse de la legalidad común. Hoy, la UE ya no es un club económico, sino una unión de ciudadanos.

Ellos creen que sigue siendo un club, y además el precio que ponen a su pertenencia al club es la capacidad para bloquear todas aquellas leyes que atenten contra sus intereses nacionales. Vivir para ver. Evidentemente, la Unión Europea desaparecería para siempre, si los 28 Estados miembros replicaran dicho comportamiento. Supondría la destrucción del acervo y el levantamiento de todas las barreras económicas y políticas que se han ido derribando desde 1957. Aun así, ese es el discurso euroescéptico que ha ido ganando adeptos en el resurgir del populismo. El vínculo es evidente, si constatamos las restricciones fronterizas y los programas antiinmigración que está planeando el gobierno de Cameron.



En este sentido, sociológicamente el Reino Unido ya no es miembro de la Unión Europea. El Reino Unido no debe ser ni estar en la Unión Europea... Aun en el supuesto de que en el referéndum 2017 se votara por la permanencia (probablemente in extremis), la opinión pública no cree en los valores de la UE, debido a una clase política que ha alimentado el discurso nacionalista, señalando a Bruselas como culpable de todos los males económicos. 

Como muestra, unos cuantos botones, por ejemplo, los intereses financieros británicos se ha levantado “en armas” contra el Impuesto sobre las Transacciones Financieras, mientras el alcalde Johnson ha propuesto abiertamente la creación de una ciudad-estado en Londres con sus propias leyes y autonomía fiscal, el citado control de fronteras que atenta directamente contra el derecho a la libre circulación (vinculante para todos los ciudadanos europeos desde 1992), la no firma del Pacto fiscal europeo, la afirmación "oficial" de que jamás formarán parte del euro o el elogio a las economías emergentes frente a una Europa anquilosada y empobrecida. Ciertamente, algunas de las críticas son realistas y asumibles, y así, la reforma de carácter político es el punto de encuentro entre las posiciones euroescépticas y las proeuropeístas.

Ello es síntoma palable de que, en todo caso, para los europeos la urgencia inmediata no es ya superar la eurocrisis, sino salir de la actual, y mucho más profunda, crisis de indefinición política, casi existencial. Del mismo modo que el Reino Unido quiere ser y estar, pero fuera de Europa, los europeos tenemos que decidir cómo queremos estar, siendo. El modelo social está en juego; sin la unión política, la llamada "economía social de mercado" se quedará en mera retórica para lucimiento de los líderes o presidentes de la Comisión de turno, en su discurso anual en la Eurocámara. Por cierto, una institución que debe ser mucho más de lo que es. En un año de elecciones al Parlamento Europeo este debate es absolutamente crucial para todos los europeos. No lo dejéis pasar.


**Imagen: The Guardian