domingo, 17 de noviembre de 2013

La importancia de las mayorías en las elecciones europeas 2014

El próximo mes de mayo elegiremos a 751 eurodiputados. Parecen muchos. De hecho, los euroescépticos suelen establecer un paralelismo entre la Eurocámara y el Congreso Galáctico de Star Wars. Bromas al margen, esos diputados son la voz legítima de los 510 millones de ciudadanos de la UE. Cada uno de estos ciudadanos tiene sus agobios y motivaciones. Probablemente, hostigados por la crisis, reparten su desconfianza entre las élites políticas nacionales y, en menor grado, las instituciones europeas. 

La experiencia indica que el hartazgo con respecto a la mala praxis política doméstica se traduce en abstencionismo en las europeas. Así ha sido desde las primeras elecciones, en 1979, en las que se movilizó a un nada desdeñable 62% del electorado, a pesar de que entonces el poder real del Parlamento Europeo era mucho menor al de hoy. Con todo, la participación ha ido en leve descenso, aunque hay tres pequeños países con voto obligatorio: Bélgica, Luxemburgo y Grecia.

El debilitamiento del Parlamento Europeo pone en riesgo los avances democráticos que la UE necesita para compensar el abismo que media entre las exigencias en materia de gobernanza económica y la legitimidad necesaria para poder llevarlas a cabo.

En la actualidad el poder real del Parlamento es débil, básicamente porque no elige al poder ejecutivo, en este caso, la Comisión, sino que simplemente tiene capacidad de ejercer veto sobre el colegio de Comisarios, que proponen los Estados a través del Consejo. Digamos que el Parlamento ejerce un voto de investidura sobre la Comisión (TFUE, art. 17.7), sobre lo que los Gobiernos proponen. Donde el Parlamento sí decide es en el Presupuesto de la Unión, aunque sabemos que su dotación apenas alcanza el 1,24% de la Renta Nacional Bruta de la UE, y que no va a ser decisivo sobre las economías y las vidas de los europeos.

Con estos mimbres, no es de extrañar que el elector no perciba que votar en las elecciones europeas se traduzca en una capacidad política real de cambio. Añadamos a esto la circunstancia de que las elecciones europeas, que tienen lugar cada cinco años, suelen coincidir con el ecuador del mandato en muchos Estados miembros, presentándose como un elemento de debate en clave meramente nacional.

Buscando algo alentador, señalemos que los grupos parlamentarios en la Eurocámara se están movilizando para tratar de generar un debate nuevo, buscando sus propios candidatos - únicos e intransferibles - a presidir la Comisión (el PSE estaría representado por Schulz, ALDE por Verhofstadt, etc.). De ser así, es muy probable que ello avive un debate paneuropeo que fomente la participación, aunque el Tratado establece claramente que sólo los Estados miembros propondrán al candidato. 

En los próximos meses también se nombrará al presidente semipermanente del Consejo, que sustituirá a Van Rompuy. Será interesante ver el equilibrio de fuerzas y cómo los partidos (y no los Estados) sitúan a sus hombres fuertes en la batalla por el Consejo y la Comisión.

Pronto se dilucidará si este debate de nombres es capaz de movilizar al electorado, cuando el auténtico reto está en generar una campaña sobre el propio funcionamiento de la UE y sobre cómo estructurar nuestro sistema político europeo, para evitar el riesgo de fraccionamiento que representan ciertas posturas populistas (UKIP, Frente Nacional, Beppe Grillo…), cuyo programa es el boicoteo sistemático a las instituciones europeas, minando las opciones de acuerdos políticos, precisamente para derribar las muchas barreras económicas y sociales que todavía persisten entre los europeos.


Una de las grandes paradojas, en mi opinión, es que si el Parlamento Europeo tras las elecciones de 2014 se presenta más fraccionado, debido a ese voto anti-institucional o ultranacionalista, existe la posibilidad de que se necesiten más fuerzas para alcanzar consensos, lo que podría dar relevancia política a grupos como los Liberal-demócratas (ALDE) o los Verdes, que podrían adquirir centralidad y forzar el discurso más federalista. Este será un movimiento interesante, siempre que vaya acompañado de un discurso honesto y realista por parte de los partidos mayoritarios, que refleje un pleno compromiso con una mayor integración. 

De no ser así, también se presenta el riesgo del debilitamiento del Parlamento Europeo, que sería traducción de una concesión política desde el "mainstream" ante una “aparente” tendencia demoscópica hacia posturas nacionalistas. 

Atenazante peligro que contravendría el ímpetu federalizante que exigen los retos en la Unión Económica y Monetaria, que también precisa del soporte democrático. Un Parlamento de perfil bajo podría acentuar la tendencia euroescéptica que, a mi juicio, responde hoy más a un desencanto coyuntural que a una voluntad de fraccionar Europa. Es crucial que las mayorías así lo entiendan y no miren a otro lado.