miércoles, 10 de abril de 2013

Debate imprescindible: ¿Cuál debe ser el papel del BCE?


Hace ya días que Mario Draghi viene revelando intenciones. En la reunión del 4 de abril lamentó insistentemente que el Banco Central Europeo no disponga de margen de maniobra para estimular la economía en la zona euro y ampliar sus inyecciones de liquidez. Draghi se siente incómodo ante su propia incapacidad para hacer aportaciones capital "allí donde no existe". Estas declaraciones vienen animadas también por la compra de deuda masiva que ha efectuado el Banco Japón. Según los tratados europeos dicha maniobra sería imposible, dado que el mandato del BCE es contener la inflación, y se considera que la expansión monetaria es perjudicial. Pero ya hay precedentes. El último fue la operación de compra de deuda OMT (Outright Monetary Transaction) del pasado otoño, tanto de Italia como de España, con el consecuente descenso de la prima de riesgo de estos países y cierto alivio financiero. 

Cuenta también Draghi con el beneplácito del FMI, organismo que asegura que las expansiones monetarias que se han producido, sobre todo en Estados Unidos (la famosa inyección de la Fed), no han ocasionado tensiones inflacionistas importantes. Conocemos que el FMI es muy partidario de estimular la demanda, posición que trata de compatibilizar con la imposición de restricciones sobre el gasto público en los países intervenidos por la troika. Aunque parezca contradictorio que el BCE, en tanto que miembro de esa troika, imponga la austeridad y defienda el estímulo monetario, lo cierto es que Draghi nunca ha ocultado sus preferencias incluso por la adquisición directa de deuda de los Estados miembros. La realidad es que estas son las actitudes que gustan en los mercados y las bolsas agradecen.

Pero Merkel, y los partidarios de la ortodoxia monetaria, consideran que son los gobiernos de los Estados miembros los que han de cumplir, reformar y conseguir sanear sus economías, y no una institución como el BCE la que debe estimular la actividad económica. De una forma un tanto disfrazada, se trata de la clásica dicotomía entre el estímulo y la ortodoxia, o entre keynesianismo y liberalismo, si lo prefieren.

A estas alturas de la crisis del euro, ya ha calado en la ciudadanía el mensaje de que el euro va a sobrevivir, pero del mismo modo ha calado la idea de que la ortodoxia alemana es la culpable de los recortes sociales. ¿Es esto cierto? Lo cierto es que la periferia ha vivido crisis políticas a nivel doméstico muy fuertes, que Grecia ofreció resistencia, que Portugal este mismo fin de semana ha votado contra las medidas de austeridad y que las imposiciones del Eurogrupo o de la troika cada vez son más contestadas por la opinión pública. Hasta tal punto que el debate Norte-Sur se exacerba, generando una tensión que, siendo "ficticia", podría llegar a convertirse en una amenaza para la idea de la Europa integrada.

Por ello es una irresponsabilidad no dar un paso al frente, y en ese paso, obviamente la ciudadanía tiene mucho que decir. Evidentemente ha de haber una reacción económica, y para ello las economías que están debilitadas han de disponer de un margen, faltan medios para recuperar la actividad económica, y es falta de capital (y no precisamente capital humano). La periferia está sometida desde hace años a políticas anti-crisis destinadas a preservar el euro. Ello implica un juego de malabares que combina el bajo tipo de interés (medida que estimula la economía), con una contención del gasto público (para que los Estados puedan financiarse en los mercados a mejor precio). Pero al margen de la política monetaria, ante la que los gobiernos poco pueden hacer, lo cierto es que el bien público compartido por los europeos está en juego, mientras va creciendo la sensación de que el estado del bienestar está condenado a reducirse a la mínima expresión.

Las instituciones de la UE pasan por un mal momento. La Comisión se visibiliza como un simple guardián que debe asegurarse de que los Estados miembros hacen los deberes solitos. Los movimientos antieuropeístas han pasado del viejo mantra de culpar a la UE por su excesiva burocratización, a cuestionar su verdadera autoridad política. Curiosa contradicción.

Los mandatos del Tratado abogan por la economía social de mercado, pero parecen haber salido de la agenda de prioridades, cuando en realidad ese sistema de bienestar da carta de naturaleza y ha de ser protegido por un gobierno común de la UE. Ese es el debate real de fondo en la dicotomía ideológica entre la austeridad y el estímulo. 

¿Cuáles son las preferencias reales del ciudadano de a pie? Probablemente no hay unanimidad, pero tantos años de crisis, de empobrecimiento, de contención... cada vez encuentran peor justificación. Se hace más difícil justificar políticamente la ausencia del estímulo. El proyecto de la unión monetaria corre el riesgo de convertirse en un proyecto político al servicio de unos intereses totalmente opacos para el ciudadano. Siendo así, no tendría ningún sentido apostar por mantenernos en él. El poder del euro como símbolo está muy dañado y muchos no estarán dispuestos a mostrar una fe ciega en la moneda común.

Algún día sabremos si la excesiva influencia de Alemania es más percibida que real, pero las élites europeas no están siendo capaces de corregir esa creciente percepción entre la ciudadanía de que el empobrecimiento y la austeridad son el precio a pagar por el euro. La ausencia de estímulo se relaciona directamente con la parálisis económica y ese es un precio tan caro que se convierte, paradójicamente, en la principal amenaza para el proyecto de integración europea.