miércoles, 27 de marzo de 2013

Are we ready for a transatlantic marketplace?


With the rising importance of global production chains and international firms, the logic for a transatlantic agreement seems compelling. The EU and the US enjoy the most integrated economic relationship in the world, and both account together for about half (47%) the entire world GDP and for nearly a third of world trade flows. Both countries need new sources of grow, and see the Agreement as an incentive for their economies. 
Although the EU and the US are relatively open towards each other in terms of investment and trade (as reflected in relatively low levels for tariffs), there are several forms of domestic regulations on both sides of the Atlantic that still constitute important impediments to transatlantic trade. Whereas Europe champions openness, the US and other commercial partners are increasingly passing protectionist laws at home, like the American Recovery and Reinvestment Act of 2009,  which generates a protectionist-like outcome. 



martes, 26 de marzo de 2013

Chipre: la última crisis del euro


La intervención en Chipre era inevitable, ya que el sistema bancario de la isla aunaba una falta de liquidez con una crisis de solvencia. Chipre había sufrido las consecuencias de la reestructuración de los bancos griegos, aunque se intentó evitar la intervención europea hasta pasadas las elecciones chipriotas en febrero. El acuerdo de la madrugada del 16 de marzo contemplaba un rescate, amparado por la troika (EU, FMI y BCE), que imponía una tasa sobre todos los depositantes en bancos chipriotas. La noche del 17 de marzo se rectificó. Alguien presionó para que los depositantes pequeños quedaran exentos, no así los grandes depositantes, considerados objeto clave del acuerdo, y con conexiones rusas, para más señas.

El presidente chipriota estaba incómodo con la idea de penalizar a los inversores extranjeros y, paradojas, pidió castigar a todo depositante, también a los pequeños.
Esa postura evidenció lo que sospechábamos, que el modelo económico de Chipre se basa en un sistema bancario sobredimensionado, algo parecido a lo que sucede en Luxemburgo.

La posición de Anastasiadis fue avalada incluso por Merkel, tal vez minusvalorando el riesgo que supondría amenazar la seguridad de los depósitos, aplicando tasas confiscatorias, por ejemplo sobre las clases medias, no sólo en Chipre, sino en toda la periferia.

Había antecedentes similares, ya que en noviembre de 2010 se intentó lo mismo en Irlanda, donde la troika intentó penalizar a los depositantes de los bancos fallidos. Finalmente, igual que en Chipre, no se aplicó la medida. Es pertinente recordar que en España el FROB garantiza hasta 100.000 euros por depósito, cifra calcada en los otros Estados miembros del euro, y que por tanto está armonizada. Hasta este mandamiento llegó a ponerse en cuestión durante el tenso fin de semana del 16 de marzo…

Sea como fuere, la presión mediática hacía casi inviable el plan acordado en el Eurogrupo el sábado, y no sorprendió demasiado que el parlamento chipriota lo rechazara el domingo.

La imagen del parlamento chipriota votando era un dardo envenenado, tanto hacia el sistema decisorio en la Eurozona, como hacia Alemania, acrecentando esa percepción de la brecha entre países acreedores y deudores.

Finalmente, el 24 de marzo se alcanza el acuerdo final, que contempla una solución mixta, que incluye la intervención de la troika, se liberan 10.000 millones de euros para que Chipre pueda financiarse en los mercados y se penaliza hasta el 30% para los grandes depositantes.

Ante estos hechos, cabe preguntarse qué fue del compromiso sobre la unión bancaria y el acuerdo para crear el Mecanismo Único de Supervisión (SSM, por sus siglas en inglés), llamado a garantizar el sistema bancario de la zona euro, evitando los riesgos de fuga de capitales y los tan temidos “corralitos”.

Ahora bien, hemos de ser conscientes de que probablemente los países acreedores todavía no están lo suficientemente maduros como para comprometerse con esa unión bancaria, en tanto en cuanto ésta implicaría la recapitalización de bancos “dudosos”, como algunos de los bancos chipriotas sin ir más lejos. 

Se trata de la presión mediática y de esa brecha psicológica entre cumplidores e incumplidores que ha ido calando en el imaginario colectivo europeo.

Está por ver si los bancos serán capaces de recapitalizarse a través de los mercados (incluyendo pérdidas y reestructuración) y cuánto tiempo durará ese proceso.

Se entiende que para poder llegar al seguro de depósitos común y a la unión bancaria, primero hay que sanear los bancos y corregir su sobredimensionamiento. En principio, esto es lo que afrontan ahora las entidades chipriotas y, por ende, podemos arriesgarnos a afirmar que Chipre será el último episodio de la eurocrisis, dado que (y gracias al episodio chipriota) el seguro de depósitos europeo pasará a ser el primer punto en la agenda de la unión bancaria (posiblemente incluya control de capitales).

El objeto definitivo de la unión bancaria será separar ese estrecho y peligroso vínculo entre bancos y gobiernos. Sólo cuando se rompa ese círculo vicioso, podrá superarse la crisis de deuda y normalizarse el mercado de la deuda soberana en la zona euro. En este sentido, Chipre marca un inicio y podría ser el último episodio de la eurocrisis.


miércoles, 20 de marzo de 2013

La troika vista desde la periferia



En el desarrollo de la eurocrisis, el episodio chipriota no puede decirse que fuera inesperado, pero llega en el peor momento y en la peor de las formas. En verano ya se rumoreó un rescate, pero el Eurogrupo de Juncker esperó, tal vez alentado por la calma en los mercados, tal vez esperando los comicios en la isla. Este 2013 empezaba con la promesa de una Unión Bancaria y unos mercados tranquilizados, aflojando el ataque especulativo a que nos tenían acostumbrados en la periferia, especialmente encarnizado contra España e Italia desde el verano pasado. Ni España ni Italia están intervenidas oficialmente, aunque sufren las consecuencias de las políticas de austeridad que se dictan desde el entorno de Bruselas.

Chipre se unió a la Eurozona en 2008, representa apenas el 0,2 % de la economía de la UE, y tiene algo más de 800.000 habitantes (como una capital de provincia mediana), sin contar la República Turca del Norte de Chipre, solo reconocida por Turquía, y que está fuera del euro. Su adhesión se produjo tras la aprobación por parte del FMI de sus cuentas y su sistema bancario. Evidentemente, no hay responsables directos de ello, y respondería más bien a la obsesión expansionista de los decisores. 

Desde 2008 el deterioro de la solvencia bancaria chipriota ha sido creciente, y el del empleo, que ha pasado del 4% al 12% actual. Estos desequilibrios económicos son similares a los observados en la periferia de la zona euro. Mientras Grecia, Portugal e Irlanda se han sometido al mando de la troika (Comisión, FMI y BCE), en el caso chipriota se optó inicialmente por inyectar 10.000 millones de euros para salvar a la ahogada banca (expuesta en depósitos griegos entre otros) y poder evitar la quiebra de bancos y la incapacidad financiera del propio Estado. 

Así, dada las reducidas dimensiones de la economía chipriota, en lugar del rescate estándar, el Eurogrupo, la noche del viernes pasado, propuso la penalización del ahorro privado como mal menor, estableciendo entonces una tasa única del 9,9% para los depósitos de más de 100.000 euros, afectando a unos depositantes con poder adquisitivo elevado (y con dudas y rumores sobre la dimensión del blanqueo de dinero) especialmente rusos. También se proponía una tasa del 6,5% a los ahorradores con menos de 100.000 euros. Se trata de un impuesto y no de un rescate, o de un rescate interno a la banca (bail-in), pero en caso alguno de una intervención como las que se han producido en Grecia, Portugal e Irlanda.

Los críticos apuntan a que, medidas así, condenan al euro a ser una moneda deflacionaria, al confiscar parte de sus fondos a los ahorradores. Ello por no hablar del riesgo de que se acelere la fuga de depósitos en otros países de la periferia. Sin embargo, la medida podría ser un mal menor. En la reunión del lunes se retiró la tasa para los depósitos de menos de 100.000 euros, según rumores sin confirmar, a instancias de algunos Estados miembros (como España) e incluso de la propia Comisión.

No es nada grato ver cómo se confisca parte de los ahorros de la gente, pero, como dijo Schäuble anoche en un medio alemán: “hay dos grandes bancos chipriotas en quiebra”, para acto seguido confirmar que Chipre no puede financiarse en los mercados, que su sistema bancario está totalmente expuesto y que o bien se las apañan ellos, o tendrán que someterse a los ajustes estructurales que marca la troika. Dicho en Román paladino, alguien tiene que pagar.

La noche de ayer martes, el Parlamento chipriota vota en contra de la decisión, probablemente presionado por el escándalo público y el cierre de los bancos durante dos días consecutivos. No me cabe duda de que los parlamentarios son conscientes de lo que supondría un rescate y la dolorosa intervención de la troika, pero no es descartable que jueguen a forzar la situación. 

No sé hasta qué punto es entendible que prefieran una intervención, que penaliza el crecimiento, a un impuesto bancario, que sí, es negativo pues tiene impacto sobre el ahorro, pero no sobre el trabajo. Cierto que es la medida no es la deseable, ya que la penalización sobre el ahorrador tiene un efecto psicológico pernicioso sobre la demanda y el consumo, pero sorprende que olviden que todas las economías de la Eurozona han de someterse a ajustes para corregir sus posiciones fiscales, y que esto produce devaluaciones internas y empobrecimiento generalizado.

Otra cuestión es si los ciudadanos están dispuestos a asumir la ideología que hay tras esos ajustes. Si algo es cierto es que en la Unión Económica y Monetaria ha habido una obsesión por la norma del déficit público, pero las medidas de austeridad draconianas que supervisa la troika van mucho más allá, y se han venido justificando en el pánico irracional que se produjo en los mercados de deuda. Por ahora, no se han justificado con éxitos económicos.

Con estos sustos, la asimetría se reaviva, y lo vemos al observar los datos de la Bolsa, la prima de riesgo española e italiana al alza desde que se tomó la medida de Chipre. Sigue el oscurantismo de las reuniones de los Ministros de Economía, y la sensación de improvisar sobre la marcha, sin entendimiento entre los Estados miembros, y con la Comisión y el BCE de comparsas en una toma de decisiones del todo punto inflexible. El resultado es la ausencia de credibilidad institucional, en un contexto de austeridad fiscal que no termina de dar resultados, cuando cada mes se supera el record de desempleo del mes precedente, creando un escenario socialmente insostenible, en el que los costes se pagan vía contribuyente, incluidos pensionistas y empleados públicos, mientras el crecimiento se está resistiendo. No sé hasta cuándo la opinión pública aceptará la austeridad “orientada al crecimiento” que proclama la troika, cuando toda la carga del ajuste recae justamente sobre una parte de la Eurozona, que es justamente la periferia.

Este viernes volverá a reunirse el Eurogrupo, y Chipre tendrá que acabar sometiéndose al régimen draconiano a la griega, aunque tímidamente amague con la carta rusa, para librarse del efecto troika. Entretanto, y no por casualidad, ayer se selló un acuerdo trilateral con las normas de funcionamiento del Mecanismo Único de Supervisión, destinado a la resolución de crisis bancarias (ojo, que lo deben aprobar todos los Estados miembros) y que se aplicará vía Directiva de la Comisión este verano y tendrá que incluirse en los tratados. Sabemos que las cosas de palacio van despacio. El gobierno chipriota, a las pocas semanas de llegar al poder, se entrega a los dictados de Bruselas, austeridad a granel, descontento social y paciencia infinita. Posiblemente se salve a la periferia de la temida fuga de depósitos, pero el proyecto del euro tendrá una herida de guerra más. 

viernes, 8 de marzo de 2013

Nuevos dilemas de la política exterior europea

Casi nadie niega la evidencia de una necesidad de alcanzar un grado de integración en seguridad y defensa que supere la actual cooperación. Sin embargo, en la UE no existe una articulación política capaz de implementar esa unidad en la voz exterior, en el supuesto de que la ciudadanía estuviera dispuesta a aceptarlo. Los intereses nacionales debilitan un escenario decisorio, en que vale la pena invertir tendencias. El fracaso de las operaciones militares en Libia en 2011 es sólo un ejemplo de tensión política, sin que exista una aparente o evidente tensión ante la opinión pública, del mismo modo que las intervenciones conjuntas de Francia y Reino Unido en África podrían dar carta de naturaleza al valor añadido de la integración en materia militar. Europa ha de ser audaz en política exterior.

¿Se puede definir institucionalmente la relevancia de la UE como actor global? 

La dimensión normativa es crucial, pero el potencial de realización en términos de gobernanza y espacio público europeo en las áreas de defensa y seguridad es cuestionable, en tanto en cuanto existe un déficit de transparencia. La reforma empieza por dotarse de capacidad e instrumentos. En la Unión Económica y Monetaria se están resolviendo las carencias institucionales. Pero no existe un desarrollo paralelo en el pilar de la política exterior. Tampoco en los asuntos de interior, donde resurge con fuerza el debate del cierre de fronteras, con el Tratado de Schengen puesto en cuestión. Por si fuera poco, de puertas adentro, no podemos ignorar los posibles riesgos por el surgimiento de las polaridades, a través de las subuniones dentro de la UE, como el grupo de Visegrado (hoy noticia por la incorporación de Merkel y Hollande), o las alianzas Mediterránea y Báltica.

No obstante, no debemos minusvalorar la importancia y el éxito de las ampliaciones que viviremos en esta década, empezando por la de Croacia el año que viene, concretando el triunfo de la política de vecindad y la consecución de los valores europeos en las sociedades del Este del continente.

Políticas multidimensionales

El éxito en las sucesivas ampliaciones revaloriza el proyecto, pero la mastodóntica dimensión de la UE, hace más patente el fracaso de puertas al exterior, y en ello tiene que ver también la propia crisis y la cuestión presupuestaria, donde el valor añadido que ofrecería una capacidad política europea se hace evidente en un escenario de drásticos recortes en materia de defensa en prácticamente todos los Estados miembros de la Unión.

Y el eterno y gran dilema de la dependencia energética. Rusia y Turquía son los países clave, junto con la cuenca sur del Mediterráneo, y en cambio, qué decepcionantes son los avances en la Unión por el Mediterráneo. Hasta que no haya un compromiso europeo para eliminar las barreras energéticas internas, atajar el proteccionismo estatal y abrir el mercado único en ese sector, la dependencia energética seguirá siendo el talón de aquiles para Europa, mientras los europeos seguirán pagando cada vez más cara la factura. Este artículo daba en la diana al resaltar la ventaja estratégica que tienen los Estados Unidos con respecto a Europa, al haber resuelto satisfactoriamente su gestión de la energía.

Así que, además de esa revolución energética interna, hay que sellar los acuerdos exteriores. No sólo el coste económico es relevante. El coste de los no acuerdos estratégicos y las disparidades de criterio sobre las intervenciones en países terceros se acaba haciendo evidente, incluso en las relaciones comerciales, y en todo tipo de toma de decisiones colectivas europeas.

La historia de un fracaso

Robert Kagan definió a la política de defensa y seguridad de la UE como "el más anémico de los productos de la integración europea". Es la famosa alusión a que Europa es de Venus, mientras que América sería de Marte, metáfora que alude a que la UE era percibida como una especie de paraíso posmoderno, particularmente durante los años noventa, tras la creación de la Unión Europea como tal, con la consagración de la ciudadanía europea en el Tratado de Maastricht.


Ahora bien, si a finales del siglo XX, las aspiraciones de relevancia global europeas estaban en su apogeo, ese nivel de aspiración, con todos los fracasos manifiestos en el haber, recayó en el ostracismo en los últimos años, pero vuelve a estar en boga. La actual coyuntura de superación de la crisis y cambio de gobernanza mundial, junto con una crisis del modelo, y las carencias presupuestarias, llevan a la necesidad de redefinir el modelo europeo en todas sus vertientes.

Los Estados miembros son más conscientes que nunca de su propia debilidad, mientras la capacidad diplomática de éstos se ve totalmente puesta en cuestión. Esa falta de credibilidad en el ámbito diplomático, del mismo modo que ocurre con las operaciones militares, reduce la posibilidad de acuerdos políticos óptimos. Existe, por ello, un desajuste entre las aspiraciones de las grandes naciones de la vieja Europa y si capacidad real de influencia.

En los últimos tiempos se ha cuestionado, incluso, la fiabilidad de la UE como aliado en las acciones exteriores por parte de Estados Unidos. Ahora la UE afronta un largo año de negociaciones para definir un nuevo acuerdo comercial con los Estados Unidos, donde las exigencias del otro lado del Atlántico son elevadísimas, especialmente en relación con la apertura a sus productos agrícolas, algo a lo que ciertos Estados de la UE no están dispuestos. Las negociaciones no serán sencillas, y es una gran paradoja que los dos grandes bloques comerciales del planeta sean incapaces de alcanzar un acuerdo comercial que satisfaga a ambos. Estas negociaciones se inician en un momento de deterioro en la imagen de la Unión Europea como bloque, que siempre acarrea consecuencias políticas, ya que debilita la credibilidad del proyecto en todos los foros de negociación internacionales. 

La naturaleza de la política exterior europea

He argumentado aquí la necesidad de articular los instrumentos políticos. Cierto es que no está demostrado que para articular una política exterior común y creíble, deban existir metanormas que gobiernen las instituciones. La realidad es que hay pocas constituciones en el mundo que entren a detallar la política exterior y de defensa. Como he apuntado al principio de este artículo, habitualmente no hay transparencia en este ámbito político. Ahora bien, en el caso peculiar de la Unión Europea, los tratados de la Unión se han convertido en el tejido del sistema político. Las disposiciones de los tratados en materia de defensa solamente sugieren que debe existir una conexión entre los valores propios de la UE, y la posición común en los foros internacionales. Creemos que debe darse un paso más.

Por ejemplo, Javier Solana realizó una tarea muy relevante en este ámbito, cuando ostentaba el cargo de "Mr PESC" (alto representante de la política exterior). Lo que no impide que se hayan obstruido muchas de las acciones más audaces, demostrando las carencias de la naturaleza híbrida de la política exterior. Sin embargo, el liderazgo poco influye sobre la operativa. Actualmente, el Servicio Europeo de Acción Exterior está llamado a subsanar parte de esas carencias, pero su diseño institucional es imperfecto, y sobre todo no tiene capacidad decisoria, sino más bien un perfil administrativo.

La política exterior, de un modo especial, debe dotarse de coherencia y consistencia para poder tener capacidad de impacto. La irrelevancia de la UE en este campo, debilita el reconocimiento de la UE en todos los demás ámbitos.  Por tanto, la UE debe empezar por definir una estrategia exterior común, con una política de alianzas que fije un mínimo común denominador. Se le exige mucho al gigante económico europeo en términos de capacidad política exterior, máxime cuando se pone como modelo de integración (la ASEAN se está basando en la experiencia europea), donde el éxito es innegable, mientras que en materia exterior la fragmentación ha sido obvia y este será posiblemente uno de los focos informativos en meses y años venideros, toda vez la crisis del euro pase a un feliz segundo término. Debemos estar atentos al nuevo proceso constitucional que se emprenderá en la Unión, posiblemente tras las elecciones al Parlamento Europeo de 2014, para corregir ese desajuste entre la importancia estratégica y la capacidad de influencia real de la Unión y de cada uno de los Estados miembros.


viernes, 1 de marzo de 2013

Two Europes in one?


The direction of the European system seems pretty clear towards closer integration, but there is a flaw. For critics, the political project is going too far, while some governments want to have a bigger say. Some fear, the idea of More Europe is a threat to their national interest, hence, they want to get more involved in the process. Precisely, this was one of the principles in Cameron’s speech, who hopes to find allies for his claims of exceptionalism. 
The British challenge has a lot to do with the idea that it may be easier to negotiate the repatriation of some powers if the negotiations have impact on other Member States as well.
While most members were able to agree, one year ago, a roadmap for moving towards a deeper Economic and Monetary Union, critics point to the issue of legitimacy of political integration, which created a new dilemma. To what extent the citizens like the EU intrusions into the important national issues?
But how and for how long can the EU deal with sub-unions?
On Cameron's paradoxes:
What if Cameron gets concessions from Brussels?