Esta mañana escuchaba la única tertulia del desolador panorama
que me resulta tolerable y hasta saludable. La tertulia
económica de los martes en
Catalunya Radio, dirigida por Manel Fuentes, donde una mañana tras otra hablan
con rigor sobre Europa, la crisis del euro y las clásicas verdades del
barquero. Uno de los contertulios de los martes es el economista catalán Niño
Becerra (el que inventó eso de los Men in Black para definir a los inspectores
de la troika), quien, en su línea, vislumbra un oscuro futuro donde todos
seremos más pobres, el estado del bienestar será definitivamente insostenible y
en el que el modelo económico dominante será enterrado sine die. La nota la
positiva la sustenta Niño sobre su convencimiento de que ningún banco caerá, lo
cual es ya motivo de alivio.
En un contexto así nos podemos preguntar si la Unión Europea
puede mejorar el curso de las cosas. Legítimamente mucha gente (desinformados o
no, malintencionadamente o no) puede culpar al euro de haberse cargado el
estado del bienestar. Esas sospechas no resisten el mínimo análisis, pero
políticamente se utiliza la demagogia a raudales y más que nunca.
La mayoría de la gente se alegra del rescate bancario (los
100.000 millones) y me atrevo a aventurar que muchos están deseando que vengan
los hombres de negro y España sea intervenida de una vez. Si como consecuencia
de la intervención van a producirse situaciones como que el FROB denuncie a los
dirigentes de Banco de Valencia ante la Audiencia Nacional, bienvenida sea la
intervención de Bruselas. Si algo pide la sociedad española es que los
responsables del despilfarro bancario paguen por sus pecados.
He ahí el catastrófico error de la banca española, politizar a
las cajas de ahorro, metiendo en sus consejos directivos a los peores gestores:
políticos y sindicatos, que se han dedicado a perdonar créditos a partidos
políticos, situar en puestos de mando a familiares y a amigos sin ningún mérito
conocido, y taparse mutuamente los abusos y la pésima gestión. Esto ha sido así
y todos han mirado a otro lado. Y mirar a otro lado, en este caso, es un
delito. Ni debe quedar impune ni salir gratis.
Dicen que a la troika se sumará la EBA (European Banking
Authority), dotada de capacidad para imponer estrictas condiciones y
transparencia en la gestión de los bancos. Perfecto. Es más, como si hay que
pedir permiso hasta para comprar un lápiz. La necesidad debe superar al orgullo
en este caso.
La prueba del nueve de que esta supervisión de los hombres de
negro es buena es que los banqueros europeos se resisten con todas sus fuerzas
a la recapitalización con fondos del FEEF, simplemente porque esto les privaría
de su control directo sobre los bancos y ya no podrían hacer y deshacer a sus
anchas (creo que algún analista europeo ha definido esto como la
“Bankruptocracy”).
Está claro que las distintas reformas financieras (aprobadas
tanto por el PSOE como por el PP) no han logrado capitalizar a los bancos
españoles con éxito. Muchos bancos españoles deberán reducir su tamaño, vender
activos como sea, y tratar de evitar un mayor coste sobre el contribuyente, que
pagará tarde o temprano vía FROB, a no ser que con el tiempo los activos
lleguen a revalorizarse, hoy en día algo descartable a juzgar por las
perspectivas económicas.
El rescate del sábado, además, tiene por fin garantizar que los
acreedores de los bancos españoles cobrarán (muchos de ellos son bancos
franceses, alemanes, etc.).
Si el mal procede de la mala salud de los bancos europeos, y si
estos están corrompidos (como parece ser el caso de algunas entidades españolas
y también de las bancas regionales alemanas), tiene mucho sentido que sea un
organismo europeo supranacional el que recapitalice a esos bancos y los
supervise, libre de intereses políticos locales.
La banca europea en general, y la española en particular, ha
generado beneficios mediante el aumento del consumo y del crédito, cuya enorme
deuda ha acabado por generar la crisis sistémica. Ahora los recursos se deben
generar mediante productividad pura y dura. Esta realidad se produce en el
entorno de la eurocrisis, con el objetivo político claro de que el euro no
colapse.
La salud de la banca es crucial para que el crédito fluya a las
empresas y la economía pueda empezar a ponerse en marcha. El rescate aprobado
el sábado debería reducir la presión. Pensemos que España ve como su prima de
riesgo no para de crecer desde el verano de 2011, en que alcanzó los 400
puntos, recibiendo una inyección del BCE mediante LTRO a bajo interés.
La única razón por la que el euro no colapsará es porque a nadie
interesa que lo haga. De hecho, tiene costes para todo el mundo, Estados
miembros, empresas, bancos. A estas alturas poco importa haber perdido
soberanía, cada vez se dictan más normas y regulaciones que incomodan a los
ciudadanos, pero que aceptan con mayor o menor resignación. En este sentido,
Bruselas adquiere un claro perfil tecnocrático.
España se ha beneficiado durante mucho tiempo de su pertenencia
al euro, gracias al crédito barato, pero justamente esa falsa burbuja al
explotar ha evidenciado nuestra paupérrima situación económica. En el otro
extremo, Alemania tiene un liderazgo económico y exportador, pero sus bancos
están expuestos en la periferia (e intervenidos por el Bundesbank) mientras
empieza a padecer las consecuencias de que los países periféricos no puedan
consumir sus productos.
En teoría, la coordinación en una unión monetaria debería dar
estabilidad y reducir los costes para financiarse. Se ha dicho ya hasta la
saciedad que esto no ocurre en la Eurozona. Donde distintos países van
sufriendo ataques especulativos contra su deuda. Esa tónica está lejos de
frenarse (vean la prima de riesgo de España estos días). España, además, ha de
reducir su déficit, y para ello debe recortar y subir impuestos a la vez, dos
medidas que ralentizarán la economía. Aun así, la limpieza de las cuentas
públicas es necesaria.
Y sin trampa ni cartón, porque los recortes anunciados por el
gobierno español hasta la fecha tienen una escasa traducción en reducción de
déficit. Está por demostrar que la austeridad en sí sea la respuesta para
salvar al euro, y sin embargo nadie puede ofrecer otra receta. En un sistema
interconectado, cada uno debe pagar la deuda que le corresponde. Por ejemplo,
si Grecia saliera del euro, ¿cómo podría pagar la deuda que tiene contraída con
sus acreedores europeos, alemanes, franceses e incluso españoles? El déficit,
por tanto, puede causar la bancarrota.
Y paradójicamente, Alemania, que tanto se juega, que tal vez es
la que más se juega, porque es la que más dinero ha puesto en los distintos
mecanismos de rescate (FEEF y futuro MEDE), está en una verdadera encrucijada.
Cierto es que ha demostrado su compromiso ya de sobras, pero la opción por la
unión política no es tan evidente. Tampoco lo es en el caso de Francia, que
claramente ha de decidir qué modelo de Unión Europea defiende.
Hasta ahora, la Eurozona ha funcionado en el terreno de la
ambigüedad. Por un lado, delega el tipo de cambio y la estabilidad de precios
al BCE, pero por otro las deudas siguen divididas claramente entre Estados
miembros, al tiempo que los bancos responden ante los bancos centrarles
nacionales. Es decir, la interconexión es relativa, y además de no existir
supervisor europeo, lo más grave es que no existe una deuda común (llámese
Eurobonos o como se quiera). Por tanto, Alemania preserva el máximo poder
decisorio y la mayor capacidad financiera en la Eurozona, pero es consciente de
que por sí misma no podrá salvar al euro.
Más aun, en el hipotético escenario del abandono de Grecia, está
por ver si el euro puede sobrevivir. Además de las consecuencias técnicas para
Grecia, como el cierre de fronteras y la devaluación interna, es posible que
incluso Alemania abandonara el euro y regresara a un nuevo marco, tratando de
sanear su economía internamente, y pasando página a esta historia de los
rescates que parece no tener fin.
Es cierto que Alemania no ha dado muestras de querer dejar caer
el euro, pero también ha aprendido la lección de que el euro no puede
sobrevivir sin un soporte político adecuado (lo dicen Soros
y Lagarde) y lo dijeron muchos académicos y arquitectos del euro en la
década de 1990. Los inversores internacionales ya no creen en el euro, mientras
que los propios inversores europeos reducen sus inversiones por miedo a que el
euro se fragmente.
Estas especulaciones van contra natura en una unión monetaria
donde se producen movimientos transfronterizos constantes. Soluciones
institucionales como la unión bancaria son solo la primera piedra para esa
solución de tipo federal europeo.
Hasta tal extremo llega la incertidumbre sobre el euro que, una
vez superado el escollo de las elecciones griegas el próximo domingo, se ha
dicho que la unión bancaria (supervisión bancaria y seguro de depósitos común a
la Eurozona), que exige el compromiso común de todos y cada uno de los Estados
miembros como garantes, está ya en la agenda del próximo Consejo Europeo de
finales de junio.

