miércoles, 12 de diciembre de 2012

Razones por las que la UE merece el Nobel


Ya se han convertido en un clásico las críticas al Nobel de la Paz. Este año muchos han visto un claro componente político en el galardonado. Este lunes 10 de diciembre nos deja la inédita imagen de los máximos representantes de las tres instituciones de la UE recogiendo un premio, flanqueados por la mayoría de jefes Gobierno europeos, en un acto en que la gran ovación de la audiencia fue para el apretón de manos de Merkel y Hollande, testimonio de los dos viejos enemigos devenidos en eje franco-alemán. El acto estuvo cargado de simbolismo y emotividad, pero merece un análisis mucho más profundo.

¿Por qué?

El premio se podía haber otorgado años atrás, cierto es. Por primera vez se otorga a esa expresión tan desacertada de “una entidad política en construcción”, pero este proyecto inacabado lleva 65 años con nosotros. Sin pretender aburrir con una historia que todos conocéis, la reconciliación de los europeos (enfrentados mediante sus estados-nación desde mediados del XIX hasta casi mediados del XX), ha sido posible gracias a la Comunidad Europea.

Esta afirmación no es nada gratuita. Creo que la primera razón para conceder el Nobel a la UE es la preservación de la paz, aunque los conflictos nos parezcan lejanos en el tiempo. Recordemos que en 1990, Mearsheimer, prestigioso analista de la escuela realista internacional auguró en su documento “Back to the future” que Europa recaería en una guerra interna.

Sin voluntad política, la paz en Europa no hubiera estado garantizada. No solamente por Monnet, Schuman y Adenauer, y su acertada decisión de unir las producciones de carbón y acero, junto con la puesta en común de los intereses comerciales de Francia y Alemania. Sino también porque el elemento funcionalista y el elemento político ganaron impulso mutuo hasta consagrar la Comunidad Europea, que ha sido un motor de integración entre los pueblos, dada la tendencia continuada de los Estados a sumarse al proyecto.

La voluntad de suma de los países queda plasmada en los acuerdos intergubernamentales y, especialmente, en los tratados, de manera que se ha asegurado la supervivencia de la comunidad permitiendo que jamás haya quedado supeditada a los intereses particulares de un Estado en detrimento de los otros. Ese decir, institucionalmente, la Comunidad se ha dotado de la capacidad política y una legitimidad moral para garantizar la paz entre los europeos.

Compartir instituciones, el Consejo que agrupa a los jefes de Gobierno y de Estado, la Comisión como brazo ejecutivo, y, sobre todo un Parlamento Europeo, elegido por sufragio desde 1979, enriquece los compromisos escritos y el acervo comunitario, que han sido el riego sanguíneo que ha permitido que los acuerdos comerciales, la unión aduanera, la lucha contra el proteccionismo o incluso las políticas de cohesión territorial hayan labrado ese camino hacia la concordia entre ciudadanos. El reto es preservar estos logros en momentos de riesgo de fragmentación, como el actual.

En segundo lugar, el premio está vinculadísimo al activismo en pro de los derechos humanos que practica la Unión Europea a través de sus leyes e instituciones. No es asunto menor que la Carta de Derechos se haya incluido al Derecho de la Unión desde el Tratado de Lisboa. Son valores nada baladíes en este momento en que se están llevando a cabo levantamientos temporales de fronteras en países como Francia, Italia o Dinamarca, acogiéndose de manera muy dudosa a excepcionalidades en el Tratado de Schengen. De forma complementaria, la UE promueve activamente los derechos humanos  en el mundo, ya que los criterios democráticos son el condicionante que la UE aplica en sus negociaciones con países terceros, favoreciendo la tolerancia, la libertad y la igualdad de derechos y deberes en lugares en los que estos valores no son, ni de lejos, evidentes (bueno es mencionar en este punto que la UE destinará los 930.000 euros del premio a apoyar proyectos de colaboración con niños afectados por guerras y conflictos). Existe, por tanto, una labor de difusión activa de los derechos humanos en todos los acuerdos internacionales que la UE firma.

En tercer lugar, el contexto es fundamental. La crisis de la Eurozona deja entrever el surgimiento de unas fronteras mucho más sutiles y, por ello tal vez más peligrosas, entre ciudadanos. Son las líneas divisorias que se establecen entre países acreedores y deudores, con el fantasma del riesgo moral y el implícito conflicto que encarna. Con todo, no puedo menoscabarse el gran logro que ha supuesto la Comunidad para la prosperidad. El economista Barry Eichengreen maneja estudios que demuestran que el PIB per cápita de los europeos sería una quinta parte del que es actualmente sin la existencia de la Unión Europea, factor de prosperidad económica, gracias al desarrollo del mercado interior.

La crisis actual, a riesgo de degenerar en crisis moral, marca un momento de oportunidad para conceder el premio, entendiendo que los valores de la Unión Europea encarnan un referente. Porque además, Europa necesita alimentar su autoestima. La ciudadanía europea atraviesa extraños momentos de indefinición, y los líderes han de estar a la altura, siendo baluarte de esa unidad para la prevención de conflictos entre territorios.


Críticas y fracasos

Para algunos observadores, las carencias de la UE se han evidenciado de forma ostensible en estos últimos cuatro años, sobre todo en la gestión de la crisis del euro. Cierto es que los valores esencialmente europeos que encarna el estado del bienestar están siendo fuertemente cuestionados. Sin embargo, y justamente porque los líderes europeos todavía creen que ese bienestar merece ser preservado, como gran conquista ciudadana, considero que no son nada desdeñables las decisiones e instrumentos que se han adoptado en el marco del gobierno económica y que suponen una cesión de soberanía sin precedentes por parte de los gobiernos.

Es indudable que la Eurozona en particular ha tomado la senda de la federalización política, con todos sus interrogantes, pero también es necesario que exijamos acciones mucho más drásticas y mayor celeridad en esas medidas integradoras que nos permitan asegurar un presente a los millones de europeos que hoy viven en riesgo de exclusión y las crecientes bolsas de pobreza. Ya no podemos permitirnos creer que sólo el futuro nos dará respuestas.

Ahora bien, muchos de las críticas a la concesión de este premio inciden en la ausencia de política exterior común y en la disonancia de voces ante conflictos internacionales. En este sentido, podemos admitir que no existen instrumentos jurídicos para garantizar una única voz en política exterior, aunque el Servicio Europeo de Acción Exterior ha logrado establecer una red diplomática única con notable éxito. La política exterior sigue dominada por el criterio de la cooperación reforzada, sobre todo en Defensa.

Los críticos hacen hincapié en fracasos del pasado reciente, como el conflicto balcánico y la tristemente célebre matanza étnica de Srebrenica. Para ello, podemos decir que la UE es un actor internacionalmente relevante desde que se articulara el pilar de la Política Exterior y de Seguridad Común, sobre todo en la era Solana.

Ahora bien, las tragedias vividas en los Balcanes están directamente relacionadas con el desmantelamiento de la vieja Yugoslavia, en un conflicto con derivadas religiosas, étnicas y políticas de gran calado. La terrible matanza de Srebrenica en 1995, estuvo envuelta en una serie de circunstancias que nadie pudo controlar. Se puede argumentar que la UE no estuvo a la altura, pero cabe recordar que la UE había reconocido al estado de Bosnia en 1992, y que en 1993 el Consejo de Seguridad de la ONU declaró Srebrenica zona segura, desmilitarizando las fuerzas locales, mientras Serbia se militarizaba, incumpliendo los acuerdos de la ONU.

La misión de la UE era pacificar, y, en caso último, negociar. Esta tarea fue del todo imposible, porque la UE no disponía ni de medios militares para intervenir ni del poder otorgado por los Estados miembros para intervenir, porque los gobiernos nacionales no querían tomar partido por ningún bando. No es una excusa honrosa, pero hay que ser justo admitiendo que las circunstancias no eran propicias.

En descargo de la UE, solo podemos admitir que, una vez finalizado el conflicto, la Unión ha acogido a los nuevos Estados en su seno y ha colaborado en su democratización y la creación de estructuras de estado de derecho para acoplarlos al derecho comunitario, tarea que se extiende a todos los nuevos Estados surgidos tras la caída del Muro de Berlín en 1989.

Llamamientos

Vistos los argumentos, la UE vive un nuevo momento de inflexión histórica. O se federaliza o muere.  Este Nobel debe servir como acicate para aquellos gobiernos, o aquellos ciudadanos, que sienten la carencia de respuestas de Europa, que no comprenden los mecanismos de solidaridad entre Estados y que, por distintas razones, sienten que la integración europea no tiene ningún sentido. Un acicate que sirva precisamente para superar las imperfecciones y los problemas intrínsecos a esta situación histórica.

El galardón no es una varita mágica que garantizará la concordia ni evitará las disquisiciones entre políticos, ni los desconcertantes ataques de los mercados sobre el euro. El premio en sí no soluciona los problemas, pero sí debe invitar a reflexionar a los líderes, a todos y cada uno de los que lo recogieron el lunes en Oslo para pasar de la inspiración a la acción. Ayer leía un informe técnico que advertía en conclusiones de que la Unión Europea debe dar ya "el salto federal", para evitar su destrucción. Ello requiere un compromiso pleno, tanto político como personal.