lunes, 22 de octubre de 2012

De Grexit a Brixit



Ante unos mercados más calmados, hoy es algo más fácil comprender la lógica que van siguiendo los avances políticos en la integración de la zona euro. Según fuentes de la Comisión, estamos ante el escenario “de menos urgencia” desde 2009. De aquí a final de año se cerrarán acuerdos con más libertad de acción para el Banco Central Europeo, a la espera de contar con un nuevo supervisor en 2013. En palabras de Hollande, “lo peor ya ha pasado”. El Consejo de la UE de diciembre promete, porque se negociará por fin la posibilidad de articular un presupuesto específico para la Eurozona. A España ya se le han prometido hasta 100.000 millones para recapitalizar sus bancos. Grecia tiene mejores perspectivas y según anunciaba Der Spiegel, Schäuble ya tiene preparado el programa de compra de bonos soberanos griegos en el mercado secundario a un precio del 25% de su valor nominal y se espera que Grecia reduzca su deuda de forma considerable a través del MEDE, a la espera de informe favorable de la Troika.

En este contexto, destaca la posición alemana de apostar por un súpercomisario con poderes fiscales, sin precedentes. La primera derivada de tal apuesta es dotar de legitimidad a las fuertes presiones que la sostenibilidad del euro ejerce sobre la periferia, restricciones que seguirán afectando a otros países más cercanos al núcleo, empezando por Francia, cada vez más alejada del crecimiento económico. Legitimidad que hoy es difícil de aceptar cuando el proceso decisorio depende de cada uno de los parlamentos nacionales. Dan fe de ello la dura espera a la decisión de Karlsruhe y al voto favorable del Bundestag para la articulación del MEDE. Cuesta digerir que un solo Estado miembro tenga tal poder de veto sobre los presupuestos nacionales.

Paralelamente, Reino Unido sigue siendo el miembro díscolo que nunca ha digerido su pertenencia a la UE. Thatcher consiguió el cheque británico en su momento, pero hoy los británicos ya no son socios necesarios, sino más bien se considera que su control y chantaje permanente son un incordio indeseable. El premier Cameron ha manifestado su deseo de ejercer el veto en la cumbre del próximo 22 de noviembre, en que se pactará el nuevo Marco Financiero Plurianual 2014-2020, una herramienta presupuestaria casi anecdótica (aproximadamente el 1% del PIB medio de la UE), de la que se nutren los fondos de carácter más regional, incluyendo cohesión, estructurales, agrícolas, etc.  

Reino Unido no quiere más que un reconocimiento de su “excepcionalidad” quedando fuera de las medidas de gobernanza que no se “ajusten a sus intereses nacionales”. Esto no agrada e incomoda a todos. Hasta el ministro finlandés Stubb manifestó que nadie puede hacer nada por evitar que Reino Unido diga “adiós a la UE”. Ya estamos habituados a las maniobras en clave interna británica, aunque Merkel ha tomado el guante hoy, anunciando que no se presentará al próximo Consejo Europeo de persistir Cameron en su reto.
De un modo algo jocoso, algunos en las redes sociales ya han destacado que en meses el escenario ha evolucionado de un posible Grexit a un probable Brixit.

Bromas más o menos afortunadas al margen, el gesto de Merkel también tiene una dimensión más simbólica que efectiva, ya que donde se juega la sostenibilidad del euro no es en ese presupuesto comunitario. El meollo está en el Semestre europeo, que activa la supervisión de las cuentas nacionales, la regla de oro y las condiciones draconianas que bien en conocen en Grecia, Irlanda y Portugal. Dicho procedimiento queda fuera de los ámbitos del veto, ya que las decisiones solo podrían rechazarse por mayoría cualificada en contra. La estructura incluye también al Parlamento Europeo y al Tribunal de Justicia de la UE.

Sin embargo, hoy por hoy, no se manifiesta públicamente el consenso necesario en el eje franco-alemán sobre cuál ha de ser el grado de control de las instituciones de la UE sobre los presupuestos de los Estados miembros. Francia siempre ha sido más partidaria de la mutualización de riesgos y la armonización fiscal, máxime estando ahora en una situación económica vulnerable. Merkel se alinea con la postura de Schäuble, ergo dotar de más poderes fiscalizadores a la Comisión, lo que le garantiza una Eurozona sometida a la rigidez monetaria, liberando al contribuyente alemán de presiones o responsabilidades directas sobre “errores ajenos”.

No extraña que, habiendo elecciones generales en Alemania a finales de 2013, Merkel quiera liberar al Bundestag de decisiones sobre recapitalizaciones a otros Estados miembros. Es dudoso que los alivios temporales que brinda el mercado sean sostenibles, tanto como un año, sin que haya más puesta en común de elementos como la mutualización de la deuda o la solidaridad fiscal. También indican las fuentes que Hollande y Merkel están más próximos de lo que parece en términos de integración fiscal y, sobre todo, en su posición con respecto a la periferia, habiendo ganado, en fechas recientes, el gobierno griego muchos enteros a ojos del gobierno alemán. Con todo, la cercanía del proceso electoral germano nos hace estar especialmente atentos a la inmediatez de los cambios en el gobierno económico de la zona euro.