Algunos analistas se cuestionan la agenda reformista europea y
la presión deflacionaria a la que está sometiendo la crisis del euro a países,
como los ya rescatados, y en estas últimas semanas, de forma virulenta, a España e Italia.
Alemania ve hoy cómo una agencia de calificación amenaza con reducir su nota. El gobierno alemán no ha cejado en su prioridad, que ha sido y es reducir al máximo sus costes de financiación, de ahí su
rechazo frontal a la puesta en común de la deuda, cuyo máximo exponente serían
los Eurobonos.
El miedo alemán es la base sobre la que se construyó el euro, algo que también tiene que ver con su preferencia por crear
instituciones de carácter informal, como el propio MEDE, cuyo funcionamiento es
básicamente intergubernamental, lo que le permite dominar la agenda, junto con
Francia, reforzando el eje franco-alemán.
En este contexto, se sigue dando día tras otro la paradoja
de que los países más endeudados son justamente los que están financiándose a
un precio más alto, por lo que entran en una espiral de deuda creciente. El
gran reto es por tanto que se establezca una rendición de cuentas política por
las restricciones que impone la pertenencia a la Eurozona, en la línea del
fondo de redención común que supondría la creación de una unión bancaria, con
un supervisor común, un fondo de garantía de depósitos común y un prestamista
de última instancia. Parece que de poco ha servido instaurar el MEDE (aglutinador de los recursos comunes) como un mecanismo permanente de asistencia a los Estados miembros, con una capacidad de 500.000 millones de euros a largo plazo.
Si todo esto se antoja demasiado complejo y farragoso por el diseño de toma de decisiones en la Unión Europea, donde cada uno de los Estados miembros tiene capacidad de decisión, siempre se podría recurrir a los Eurobonos o a algún mecanismo que otorgue mayores facilidades al BCE para mejorar el crédito de los países sumidos en las profecías autocumplidas. Es decir, aquellos en que existe una excesiva dependencia entre bancos y Estados, ya que los bancos prestan dinero a los gobiernos y compran su deuda cuando éstos no pueden financiarse en los mercados de capitales, espiral que podría corregirse mediante el uso de
recursos comunes, de modo que el compromiso común de la unión monetaria fuera
evidente para los inversores.
Sea como fuere, a partir de ahora,
más que nunca, la propia Eurozona debe dar respuestas para poder justificar su
existencia. En primer lugar, siendo capaz de dar una respuesta económica para
la supervivencia del euro, algo que se lograría mediante un gobierno económico
dotado de legitimidad. Por otro lado, la crisis de competitividad europea y los
desequilibrios en el seno de la Eurozona han de transformarse en un modelo
competitivo y sostenible, no basado ni en un centralismo tecnocrático, que
corre el riesgo de regular en exceso, lastrando el posible crecimiento
económico, ni en el reforzamiento de las líneas
fronterizas estatales, que entraña el peligro del nacionalismo económico. Mientras esperamos respuestas institucionales, diariamente se dirimen simultáneas batallas en los mercados de capitales europeos, metáforas ellas de las antiguas guerras entre Estados que tendían a destruirse irremediablemente los unos a los otros, como vaticinaba Kant en su reflexión Sobre la paz perpetua, en 1795.