En el
transcurso de este fin de semana, dos Comunidades Autónomas españolas han
pedido oficialmente un rescate, señal inequívoca, no solo de que éstas están en
quiebra, sino de que el propio sistema también hace aguas. Este verano, el
cuarto ya desde el estallido de la crisis financiera, algunos detectamos una aceleración
en la imparable carrera hacia lo desconocido. Claro está y se ha escrito hasta
la saciedad que los sistemas caducan, que los que dirigen la política en el
mundo ya están amortizados y que las muchas regulaciones han sido inapropiadas.
Mientras se alaba el impresionante crecimiento del capitalismo estatal chino,
Occidente presenta una ristra de dirigentes con evidentes síntomas de
incapacidad e impotencia.
Ahora bien, el distanciamiento
entre ciudadanía y casta política deriva de los abusos, de esa forma perversa
de concebir el capitalismo, que es el de los amigotes y de la ficticia burbuja
de riqueza derivada de la especulación financiera como puro negocio, sin
riesgos, estando al amparo de la propia legislación y el colchón, en el caso
estadounidense evidentemente al amparo de la Reserva Federal. La intervención estatal
y la perpetua inyección de dinero de los contribuyentes a las entidades
financieras ponen en riesgo todo el sistema.
Las principales
corrientes del pensamiento económico, tanto keynesianas como liberales,
coincidieron en 2008 al afirmar que la crisis financiera que nos ocupa hubiera
sido imposible sin la laxa estrategia monetaria aplicada por la Reserva Federal
entre 2001 y 2004.
Ahora bien, el mal ya
está hecho y debe seguirse con la estrategia, pero no eternamente. Cierto es que para la Eurozona sería suicida que no se asegurara la liquidez en
todos los Estados miembros, ya que ello implicaría la congelación de los
mercados de crédito durante un largo tiempo, algo que sin duda provocaría un
efecto dominó, no sólo europeo, sino mundial.
No olvidemos que
muchos siguen viendo el derrumbe total como una oportunidad, la posibilidad de
purgar por fin a los irresponsables, la depuración del sistema político
corrompido, el anquilosamiento de un estado mastodóntico e imposible de
mantener sin sangrar al ciudadano de a pie. La cuestión de los niveles de gobierno,
la centralización y la descentralización adecuadas, cobra especial relevancia.
Retomemos la reflexión
inicial sobre la insostenibilidad de las CC.AA. españolas. Parece indudable que
el diseño administrativo español, fruto de los pactos de la transición, ha
debilitado las finanzas públicas y se ha mostrado lejos de ser un modelo de
eficiencia y eficacia, y baste como ejemplo la descomunal inversión pública en
aeropuertos fantasma como el de Castellón. Se espera de la función pública una asignación
óptima de recursos, en interés del progreso de la mayoría de ciudadanos y al
menor coste posible.
Precisamente, las infraestructuras
nos brindan el perfecto ejemplo de política pública que debe adecuarse a las
necesidades locales y contribuir a la proyección económica e internacional. Para
ello la gestión adecuada seria la conjunción de los niveles municipal y el
supranacional. Es de sonrojo ver la posición de España en el asunto de los
corredores transeuropeos, e insistiendo en apostar por el corredor central,
cuando el eje mediterráneo es el más justificado económica, social y
políticamente para el conjunto del estado. La insistencia en el corredor
central refleja simplemente el deseo de unos cuantos o el peso de un excesivo
centralismo estrecho de miras.
Tras varios meses en
que toda la atención informativa está focalizada en la crisis del euro, tal vez
hayamos aprendido que las políticas fiscales y presupuestarias no deben dejarse
en manos de los gobiernos estatales, que los supervisores nacionales han fracasado y que
la unión monetaria requiere de un mandato y una autonomía supranacional capaz
de prevenir e imponer correcciones a tiempo.
Del mismo modo que en
Europa empieza a calar el discurso federalista y se comprende que la política fiscal
debe acordarse en la UE, con la debida rendición de cuentas. Del mismo modo en
que se clama por una unión bancaria, por un fondo de depósitos común a la
Eurozona, al mismo tiempo se reconoce la dificultad que implica una nueva articulación
política en momentos de crisis de valores y de profunda desconfianza de la ciudadanía
hacia el sistema.
A Europa sólo le puede
salvar reinventarse, pero dando vida a los valores básicos, que nunca se han
puesto en práctica, porque hasta hoy no existe un verdadero mercado único, ni
una plena y absoluta libertad de circulación y de establecimiento. Todavía pesa
demasiado la tradición jurídica nacional, todavía es escasa la movilidad, todavía
estamos lejos de una política energética europea que nos asegure a todos los
europeos el acceso a la energía en las mismas condiciones de calidad y de
precio. Estas son sólo algunas pinceladas de las carencias que sufrimos los
europeos y que la política pública europea no ha podido corregir en medio siglo
de existencia.
La crisis del sistema,
la insostenibilidad del estado tal como lo hemos conocido, acelerará la
historia a una nueva fase. La arquitectura institucional hace aguas, no podemos
sostenerla, el coste está siendo evidente. Los excesos de décadas han agotado
nuestros recursos presentes y futuros. No se trata sólo de acceder a los
mercados de crédito, y ni siquiera de que el bueno de Draghi abra el grifo de
la liquidez para España. Tal vez sea una medicina paliativa y necesaria durante
un tiempo.
La dominante ecuación
actual de recorte y subida de impuestos deja anémico al ciudadano. Los europeos
nos empobrecemos, no podemos sostener lo que se daba por hecho y esa tozuda
realidad se traduce en la presión que podría abrir una puerta a algo nuevo.
Del mismo modo, que el ciudadano medio se reinventa para sobrevivir a la crisis, lo han de hacer los políticos, que deben pagar el debido peaje en forma de renuncias a poderes, a privilegios...
Lo nuevo bien podría ser la reinvención del sistema, el desmantelamiento del exceso de estado, allá donde lo haya, la creación de una Europa federal, más sobria, donde se plantea como reto la gran reconciliación entre los intereses locales, regionales, estatales y europeos, en el tablero común, en que todos los europeos jugamos la misma partida, aunque nos bañemos en distintos mares. El reto parece demasiado complejo para plantearlo en el actual terremoto, pero cuando todo se despedace, será el momento y la oportunidad de reconstruir, y de una forma totalmente distinta, simple, racionalizada.
Del mismo modo, que el ciudadano medio se reinventa para sobrevivir a la crisis, lo han de hacer los políticos, que deben pagar el debido peaje en forma de renuncias a poderes, a privilegios...
Lo nuevo bien podría ser la reinvención del sistema, el desmantelamiento del exceso de estado, allá donde lo haya, la creación de una Europa federal, más sobria, donde se plantea como reto la gran reconciliación entre los intereses locales, regionales, estatales y europeos, en el tablero común, en que todos los europeos jugamos la misma partida, aunque nos bañemos en distintos mares. El reto parece demasiado complejo para plantearlo en el actual terremoto, pero cuando todo se despedace, será el momento y la oportunidad de reconstruir, y de una forma totalmente distinta, simple, racionalizada.
