martes, 24 de julio de 2012

El euro y la ausencia de paz perpetua



Algunos analistas se cuestionan la agenda reformista europea y la presión deflacionaria a la que está sometiendo la crisis del euro a países, como los ya rescatados, y en estas últimas semanas, de forma virulenta, a España e Italia. 

Alemania ve hoy cómo una agencia de calificación amenaza con reducir su nota. El gobierno alemán no ha cejado en su prioridad, que ha sido y es reducir al máximo sus costes de financiación, de ahí su rechazo frontal a la puesta en común de la deuda, cuyo máximo exponente serían los Eurobonos.

El miedo alemán es la base sobre la que se construyó el euro, algo que también tiene que ver con su preferencia por crear instituciones de carácter informal, como el propio MEDE, cuyo funcionamiento es básicamente intergubernamental, lo que le permite dominar la agenda, junto con Francia, reforzando el eje franco-alemán.

En este contexto, se sigue dando día tras otro la paradoja de que los países más endeudados son justamente los que están financiándose a un precio más alto, por lo que entran en una espiral de deuda creciente. El gran reto es por tanto que se establezca una rendición de cuentas política por las restricciones que impone la pertenencia a la Eurozona, en la línea del fondo de redención común que supondría la creación de una unión bancaria, con un supervisor común, un fondo de garantía de depósitos común y un prestamista de última instancia. Parece que de poco ha servido instaurar el MEDE (aglutinador de los recursos comunes) como un mecanismo permanente de asistencia a los Estados miembros, con una capacidad de 500.000 millones de euros a largo plazo.

Si todo esto se antoja demasiado complejo y farragoso por el diseño de toma de decisiones en la Unión Europea, donde cada uno de los Estados miembros tiene capacidad de decisión, siempre se podría recurrir a los Eurobonos o a algún mecanismo que otorgue mayores facilidades al BCE para mejorar el crédito de los países sumidos en las profecías autocumplidas. Es decir, aquellos en que existe una excesiva dependencia entre bancos y Estados, ya que los bancos prestan dinero a los gobiernos y compran su deuda cuando éstos no pueden financiarse en los mercados de capitales, espiral que podría corregirse mediante el uso de recursos comunes, de modo que el compromiso común de la unión monetaria fuera evidente para los inversores.

Sea como fuere, a partir de ahora, más que nunca, la propia Eurozona debe dar respuestas para poder justificar su existencia. En primer lugar, siendo capaz de dar una respuesta económica para la supervivencia del euro, algo que se lograría mediante un gobierno económico dotado de legitimidad. Por otro lado, la crisis de competitividad europea y los desequilibrios en el seno de la Eurozona han de transformarse en un modelo competitivo y sostenible, no basado ni en un centralismo tecnocrático, que corre el riesgo de regular en exceso, lastrando el posible crecimiento económico, ni en el reforzamiento de las líneas fronterizas estatales, que entraña el peligro del nacionalismo económico. Mientras esperamos respuestas institucionales, diariamente se dirimen simultáneas batallas en los mercados de capitales europeos, metáforas ellas de las antiguas guerras entre Estados que tendían a destruirse irremediablemente los unos a los otros, como vaticinaba Kant en su reflexión Sobre la paz perpetua, en 1795.


domingo, 22 de julio de 2012

El derrumbe como oportunidad





En el transcurso de este fin de semana, dos Comunidades Autónomas españolas han pedido oficialmente un rescate, señal inequívoca, no solo de que éstas están en quiebra, sino de que el propio sistema también hace aguas. Este verano, el cuarto ya desde el estallido de la crisis financiera, algunos detectamos una aceleración en la imparable carrera hacia lo desconocido. Claro está y se ha escrito hasta la saciedad que los sistemas caducan, que los que dirigen la política en el mundo ya están amortizados y que las muchas regulaciones han sido inapropiadas. Mientras se alaba el impresionante crecimiento del capitalismo estatal chino, Occidente presenta una ristra de dirigentes con evidentes síntomas de incapacidad e impotencia


Ahora bien, el distanciamiento entre ciudadanía y casta política deriva de los abusos, de esa forma perversa de concebir el capitalismo, que es el de los amigotes y de la ficticia burbuja de riqueza derivada de la especulación financiera como puro negocio, sin riesgos, estando al amparo de la propia legislación y el colchón, en el caso estadounidense evidentemente al amparo de la Reserva Federal. La intervención estatal y la perpetua inyección de dinero de los contribuyentes a las entidades financieras ponen en riesgo todo el sistema.

Las principales corrientes del pensamiento económico, tanto keynesianas como liberales, coincidieron en 2008 al afirmar que la crisis financiera que nos ocupa hubiera sido imposible sin la laxa estrategia monetaria aplicada por la Reserva Federal entre 2001 y 2004.

Ahora bien, el mal ya está hecho y debe seguirse con la estrategia, pero no eternamente. Cierto es que para la Eurozona sería suicida que no se asegurara la liquidez en todos los Estados miembros, ya que ello implicaría la congelación de los mercados de crédito durante un largo tiempo, algo que sin duda provocaría un efecto dominó, no sólo europeo, sino mundial.

No olvidemos que muchos siguen viendo el derrumbe total como una oportunidad, la posibilidad de purgar por fin a los irresponsables, la depuración del sistema político corrompido, el anquilosamiento de un estado mastodóntico e imposible de mantener sin sangrar al ciudadano de a pie. La cuestión de los niveles de gobierno, la centralización y la descentralización adecuadas, cobra especial relevancia.

Retomemos la reflexión inicial sobre la insostenibilidad de las CC.AA. españolas. Parece indudable que el diseño administrativo español, fruto de los pactos de la transición, ha debilitado las finanzas públicas y se ha mostrado lejos de ser un modelo de eficiencia y eficacia, y baste como ejemplo la descomunal inversión pública en aeropuertos fantasma como el de Castellón. Se espera de la función pública una asignación óptima de recursos, en interés del progreso de la mayoría de ciudadanos y al menor coste posible.

Precisamente, las infraestructuras nos brindan el perfecto ejemplo de política pública que debe adecuarse a las necesidades locales y contribuir a la proyección económica e internacional. Para ello la gestión adecuada seria la conjunción de los niveles municipal y el supranacional. Es de sonrojo ver la posición de España en el asunto de los corredores transeuropeos, e insistiendo en apostar por el corredor central, cuando el eje mediterráneo es el más justificado económica, social y políticamente para el conjunto del estado. La insistencia en el corredor central refleja simplemente el deseo de unos cuantos o el peso de un excesivo centralismo estrecho de miras.

Tras varios meses en que toda la atención informativa está focalizada en la crisis del euro, tal vez hayamos aprendido que las políticas fiscales y presupuestarias no deben dejarse en manos de los gobiernos estatales, que los supervisores nacionales han fracasado y que la unión monetaria requiere de un mandato y una autonomía supranacional capaz de prevenir e imponer correcciones a tiempo.

Del mismo modo que en Europa empieza a calar el discurso federalista y se comprende que la política fiscal debe acordarse en la UE, con la debida rendición de cuentas. Del mismo modo en que se clama por una unión bancaria, por un fondo de depósitos común a la Eurozona, al mismo tiempo se reconoce la dificultad que implica una nueva articulación política en momentos de crisis de valores y de profunda desconfianza de la ciudadanía hacia el sistema.  

A Europa sólo le puede salvar reinventarse, pero dando vida a los valores básicos, que nunca se han puesto en práctica, porque hasta hoy no existe un verdadero mercado único, ni una plena y absoluta libertad de circulación y de establecimiento. Todavía pesa demasiado la tradición jurídica nacional, todavía es escasa la movilidad, todavía estamos lejos de una política energética europea que nos asegure a todos los europeos el acceso a la energía en las mismas condiciones de calidad y de precio. Estas son sólo algunas pinceladas de las carencias que sufrimos los europeos y que la política pública europea no ha podido corregir en medio siglo de existencia.

La crisis del sistema, la insostenibilidad del estado tal como lo hemos conocido, acelerará la historia a una nueva fase. La arquitectura institucional hace aguas, no podemos sostenerla, el coste está siendo evidente. Los excesos de décadas han agotado nuestros recursos presentes y futuros. No se trata sólo de acceder a los mercados de crédito, y ni siquiera de que el bueno de Draghi abra el grifo de la liquidez para España. Tal vez sea una medicina paliativa y necesaria durante un tiempo.

La dominante ecuación actual de recorte y subida de impuestos deja anémico al ciudadano. Los europeos nos empobrecemos, no podemos sostener lo que se daba por hecho y esa tozuda realidad se traduce en la presión que podría abrir una puerta a algo nuevo. 


Del mismo modo, que el ciudadano medio se reinventa para sobrevivir a la crisis, lo han de hacer los políticos, que deben pagar el debido peaje en forma de renuncias a poderes, a privilegios... 


Lo nuevo bien podría ser la reinvención del sistema, el desmantelamiento del exceso de estado, allá donde lo haya, la creación de una Europa federal, más sobria, donde se plantea como reto la gran reconciliación entre los intereses locales, regionales, estatales y europeos, en el tablero común, en que todos los europeos jugamos la misma partida, aunque nos bañemos en distintos mares. El reto parece demasiado complejo para plantearlo en el actual terremoto, pero cuando todo se despedace, será el momento y la oportunidad de reconstruir, y de una forma totalmente distinta, simple, racionalizada.



miércoles, 11 de julio de 2012

España intervenida, ¿legítimamente?



Que un gobierno de corte liberal (algo que se le presupone al PP) incremente los impuestos directos e indirectos, aun a sabiendas de que eso va a generar más paro en el corto plazo, es indicativo de la locura que atraviesa el continente europeo.

Aunque la prensa extranjera aplauda la nueva ronda de austeridad anunciada por Rajoy, lo que este paquete de recortes y subida de impuestos constata es la pérdida de toda soberanía. Que la guía política y económica de nuestro país no es otra que la traducción literal con puntos y comas de las disposiciones que la Comisión Europea nos ha impuesto a cambio del rescate. Baste recordar lo que dijo Rehn en el Eurogrupo de anteayer, subrayando los compromisos que España adquiría a cambio del paquete de rescate bancario.

Entre nosotros, nadie creyó aquel fin de semana de la famosa comparecencia de De Guindos -tras videoconferencia del Eurogrupo- que el rescate bancario fuera a cambio de nada.  Sea legítimo o no, importe o no, no había alternativa.

Desde el punto de vista de la legitimidad, en una unión monetaria parece deseable que la transferencia de soberanía sea la mínima necesaria, pero sí suficiente para permitir la estabilización macroeconómica, asegurar la disciplina fiscal, y hacer la Eurozona inmune a las profecías autocumplidas, tres problemas que afectan a España de lleno.


La prima de riesgo sigue sin dar tregua al bono español, y es natural que los mercados no acaben de creerse nuestra solvencia, desmentido tras desmentido, escándalo tras escándalo, fusión tras fusión en la banca... Llega un día en que al alcohólico alguien deja de servirle una copa.

Cierto es que el euro nació con carencias, que no se previó un diseño constitucional sobre la toma de decisiones, las responsabilidades, las transferencias de fondos, ni los mecanismos que se conocen para corregir o mitigar divergencias estructurales o cíclicas. 


Se incurrió en el error de dejar el mercado interior a medias, impidiendo que se realizaran los ajustes de precios y salarios (mediante la competitividad interna) para que el canal del tipo de cambio real funcionase eficazmente. Un mercado interior sin barreras hubiera corregido más fácilmente las divergencias cíclicas endógenas en la Eurozona.

Algunos se preguntaban si la alegría de los primeros años del euro, el dinero fácil hacia la periferia, alentó la irresponsabilidad de los gobiernos de aquí y de allá, que aprovechando las inyecciones de dinero dejaron de tomar las medidas políticas necesarias para conseguir la convergencia estructural en la Eurozona. 


Los hechos de los últimos meses confirman sospechas. Los gobiernos en España, de uno y otro color, han sido incapaces no sólo de administrar adecuadamente, sino de supervisar y corregir las alertas que hace tiempo vienen sonando, de forma primordial los niveles de endeudamiento privado y el despilfarro omnipresente.

No cabe duda de que el coste de estas medidas lo pagaremos todos, los que no hemos pinchado ni cortado en las causas del desaguisado múltiple. No me extenderé en detallar medidas que ya maneja la opinión pública a estas horas (subida del IVA, control de las Comunidades Autónomas, eliminación de la exención por hipoteca, supresión de pagas extras para funcionarios…)


Medidas feas, incluso injustas, que serán supervisadas por la troika, o sea los hombres de negro del BCE, la Comisión y el FMI, aunque “atención” no lo harán formalmente, como en Portugal, Irlanda y Grecia, sino informalmente ¿debe entenderse que con bermudas y hawaiana en vez de traje y corbata negros? No sé si el control que éstos ejerzan funcionará mejor que la jerarquía que definía el Tratado de Maastricht, la disciplina fiscal y todo aquello que se han ido saltando los gobiernos a la torera.

domingo, 1 de julio de 2012

La trascendencia política de la última cumbre europea




La cumbre de la UE de 28 de junio, seguida de la cumbre del Eurogrupo del día 29, ha sido la más trascendente políticamente de cuantas se han realizado desde la crisis de 2008. Por primera vez, Italia y España se oponen a la firma del acuerdo si no existe una contrapartida en forma de medidas a corto plazo para aplacar las presiones de los mercados sobre estos países. Tras negociaciones hasta altas horas de la madrugada, tomando como punto de partida el Informe del Consejo sobre la UEM, se produjo el comunicado con las conclusiones, en que se revelaron acuerdos muy superiores a los esperados. Inicialmente se desencadenó una euforia en los mercados el viernes, aunque está por ver hasta dónde llega la ola de optimismo.

El grueso de los acuerdos tiene que ver con la inyección de capital a los bancos españoles -y ojo- bajo la condición de que el BCE se convierta en el supervisor bancario para toda la Eurozona a partir de enero de 2013. En el próximo semestre los préstamos del MEDE se canalizarán a través de los gobiernos nacionales, y en el caso español se permite que el ajuste de las cuentas empiece justamente en enero de 2013, si bien en paralelo, los créditos a los bancos españoles no tendrán categoría de acreedor preferente en el marco del MEDE.

El caso irlandés merece mención al margen, pues se rumorea que Alemania solo autorizará inyecciones directas de capital a aquellos países que instauren el impuesto sobre transacciones financieras (FTT), y justamente el Ejecutivo irlandés ha manifestado su oposición al mismo, adalid los intereses de su importante sector de servicios financieros. Sin embargo, se afirmó en el comunicado del Consejo del viernes que las buenas condiciones de capitalización aprobadas para España se aplicarían retrospectivamente a Irlanda, anuncio que causó una inmediata caída en la prima de riesgo irlandesa.

En este caso, no se entra en el detalle de cómo se remodelaría el rescate irlandés, toda vez que los bancos irlandeses se fusionaron con la reserva de pensiones estatales hasta el punto de que técnicamente es hoy complicado discernir lo que es deuda bancaria y deuda soberana en Irlanda, algo que todavía puede evitarse en España. En cuanto a Italia, se concreta un compromiso para usar los fondos del MEDE de forma flexible en el mercado de bonos para reducir sus costes de financiación.

Pero nunca debemos olvidar que la economía es mucho más que la política monetaria. La UE se sustenta en gran medida en la economía social de mercado que plasmaron algunos gobernantes alemanes, como Ludwig Erhard, quien ya anticipó los beneficios que reportaría a la industria alemana un mercado único y perfectamente integrado en Europa. Es un hecho que Alemania sigue exhibiendo el dominio económico en la UE. No menos importante es que por primera vez en mucho tiempo se aprueban en una cumbre del Eurogrupo medidas concretas de crecimiento. En concreto se destinan 130.000 millones de euros para inversión en creación de empleo. A falta de detalles y más allá de la vaguedad del loable fin, pertinente es que nos preguntemos una vez más si estos fondos se emplearán en aliviar los efectos de la recesión más que en medidas concretas para la creación de empleo.

Se ha vendido en la prensa el resultado de esta cumbre como un triunfo de España e Italia y una cesión de Alemania. No es del todo cierto, ya que básicamente la doctrina monetaria alemana conjuga el combate a la inflación con la disciplina fiscal. Si las medidas suavizan la primera condición, en el segundo ámbito no ha habido cesiones. La periferia deberá seguir ajustando sus cuentas.

Es preciso recordar que ni Italia, ni España han dispuesto de la ventaja competitividad de poder devaluar sus monedas desde el inicio de la crisis. Justo es que exista una suerte de compensación. A mi juicio, en esta cumbre se han tomado medidas inmediatas para aliviar los problemas de financiación de la periferia, pero lo más relevante es que el BCE se nos presente como nuevo supervisor bancario, curiosamente el pacto más fácil de concretar en la cumbre y el que cimienta la futura unión bancaria. Se apunta como segundo paso a discutir en cumbres venideras la creación de un plan común de garantía de depósitos.

Si nos fijamos bien, este planteamiento parece poner fin a una unión monetaria dominada por la visión alemana en cuanto a la aversión a la inflación (aunque, insisto no renuncia a la disciplina monetaria, que sigue siendo la marca política dominante en la Eurozona), ya que desde ahora, los bancos dejarán de estar compartimentados en fronteras nacionales (el Sistema Europeo de Bancos Centrales consistía en que cada banco central supervisaba a los bancos nacionales), algo absurdo en una unión de países que comparten moneda y donde los capitales pueden circular libremente y compartiendo además un sistema de pago (TARGET2). El acuerdo de la cumbre, en resumen, rompe el circulo vicioso que hemos vivido en los últimos cuatro años, en cuya virtud las deudas soberanas estaban atrapadas en las redes de un sistema bancario en precario, por no decir en virtual bancarrota, susceptible de ser utilizado a discreción por el poder político nacional de turno, una práctica que el sistema institucional de supervisión europea, que acaba de nacer, está llamado a superar de una vez por todas. Bienvenida sea, pues, esta nueva cesión de soberanía, que apunta beneficios no sólo en términos de sostenibilidad del euro, sino de transparencia y supervisión de las irregularidades políticas perpetradas al amparo del poder de los gobiernos estatales y regionales sobre las entidades bancarias.