Tenemos cumbre informal hoy en Bruselas, todavía fresca la cumbre del G-20 en Chicago, donde por cierto se dio un espaldarazo moral a las posiciones más europeístas, entiéndase por ello la unión fiscal en la UE. El gobierno de Francia, con el recién electo Hollande, y también otros, como el italiano, se suman a la postura defendida por la Comisión desde la publicación su Libro Blanco sobre los Bonos de Estabilidad el pasado otoño. Una vez más, se habla con claridad de Eurobonos.
Aun admitiendo que tras infinitas
cumbres no se ha ido más allá de un pacto fiscal que consolida la unión en la
austeridad, sobre el tapete pide paso la carta de los Eurobonos (títulos de
deuda pública comunes, amparados por una institución supranacional, por ejemplo
el BCE) que aun siendo terreno vedado por Merkel, por fortuna dejaron de ser
tabú. Existe la percepción de que la palabra está desnaturalizada por exceso de
uso, y aunque deberíamos buscar otro término gráfico, el objetivo es dar carta
de naturaleza definitiva a una unión monetaria incompleta, cuya indefinición es
precisamente la causa y origen de la crisis del euro.
Hace demasiado que el mercado
financiero “sufre” la incertidumbre y duda, no ya de la sostenibilidad, sino de
la supervivencia del euro. Hemos visto muchos gobiernos caer en la UE desde que
estalló la crisis en 2008, y hasta la fecha nadie ha sido capaz de encontrar la
vía para compartir riesgo y solvencia. Si bien es cierto que Alemania aporta el
27 % a los fondos de rescate, también lo es que se beneficia en gran medida de
la financiación barata que le propicia ser el miembro rico del euro, mientras
que la periferia es cada vez más castigada por la incertidumbre que sienten los
inversores.
De algún modo, ha calado en la opinión
pública alemana la idea de que los Eurobonos infligirían sobre el contribuyente
alemán el coste de la irresponsabilidad fiscal de la periferia (curiosa opinión
viniendo de un estado federal), soslayando precisamente los acuerdos de
austeridad y las fuertes medidas de convergencia fiscal que ya se han impuesto
para la Eurozona y los Estados que ratifiquen el Pacto fiscal de diciembre de
2011.
Gracias a
los Eurobonos, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (que sustituirá a los actuales
fondos de rescate desde julio de 2013) sería un factor estabilizador en la
gestión de bonos estatales a largo plazo, dificultando la especulación y, por
otro, se obtendría un mercado unificado de bonos a gran escala, permitiendo
financiarse a un interés más bajo, a diferencia de lo que ocurre ahora con los
bonos nacionales de cada uno de los Estados miembros de la Eurozona. De hecho,
los tipos de interés se igualarían, acabando para con esa cesta de 17 divisas
que existe virtualmente dentro del euro en estos momentos.
Por otra parte, el propio Banco Central Europeo o el Mecanismo Europeo de Estabilidad podrían destinar los
fondos obtenidos mediante la emisión de Eurobonos a mejorar el ratio deuda-PIB
de la Eurozona. Por tanto, el propio Eurobono estimularía la estabilidad financiera y evitaría
la necesidad de las transferencias entre Estados, ya que los tipos de interés
estarían armonizados y por tanto la solvencia de todos los Estados miembros de
la Eurozona estaría garantizada.
Esa es la historia de éxito institucional y político que tranquilizaría a los mercados definitivamente, superando la espiral de las profecías autocumplidas de quiebra o ruptura del
euro. Recibida ayer la noticia positiva de la consecución de los Bonos
Proyecto, que fortalecen la capacidad financiera del Bando Europeo de
Inversiones, bien estaría empezarnos a acostumbrar a recibir noticias halagüeñas.
