domingo, 25 de marzo de 2012

Momentos de nuestra historia

Buen día este para reivindicar que la Unión Europea no se nutre del status quo. Hoy, más allá de las discrepancias manifiestas y del recelo inadvertido, la tozuda realidad es que, sin haberse disipado el ímpetu integrador, se cumplen ya 55 años de la firma del Tratado de Roma, por el que se fundaban la Comunidad Económica Europea -germen de la actual Unión Europea-, la CECA y la Euratom. Todos los tratados se han basado en modificaciones de las provisiones de aquel primer documento legal, que establecía una cooperación económica sin precedentes en la historia, reflejo de la ambición política de amplio espectro de derribar las fronteras entre los europeos.

En Roma, la firma del Tratado culminó once años de negociación tras el fin de la II Guerra Mundial, y materializó el desideratum expresado por Schuman en su declaración de 1950. El texto de Roma abría y fusionaba irreversiblemente los mercados del acero y el carbón, además de recoger políticas comunes y una tendencia a la armonización legislativa en áreas como la agricultura, sin obviar medidas más controvertidas y políticamente espinosas, como la prohibición de los monopolios. Estos pactos entre los Seis fundadores: Francia, Alemania, Benelux e Italia, marcaban una apuesta realista y gradual por la integración de distintos sectores económicos. Fue un momento decisivo que rompió con la propensión al cierre de fronteras comerciales y empresariales que se había impuesto en Europa desde 1929. Entretanto, los británicos se resistieron a formar parte de la nueva unión aduanera (no se integrarían hasta 1973), insistiendo en mantener la soberanía sobre los aranceles, a pesar de que en 1946 Sir Winston Churchill hubiera abogado por unos Estados Unidos de Europa.

La posición británica revela aquello que en ocasiones no es tan visible a los ojos del cronista, y es que los Tratados supusieron un enorme, prolongado y complejo reto diplomático. El artífice intelectual de todo aquello fue Jean Monnet, el primer gran federalista europeo que diseñó el modelo supranacional de integración, desde una óptica funcionalista y que se concretó en las cuatro instituciones que siguen siendo el eje del sistema político europeo, se sustentan sobre la democracia representativa, y ejercitan una soberanía, ya exclusiva, ya compartida, con los Estados: la Comisión, el Consejo, el Parlamento y el Tribunal.

A pesar de la tendencia de los críticos con el proyecto de integración europea a enfatizar la artificialidad de estas instituciones, el exceso de aparato político, e incluso la poca transparencia o legitimidad en la toma de decisiones democráticas, hoy es incontrovertible que la apuesta por integrar políticamente a las naciones europeas fue todo un acierto, vista la capacidad de suma de un concepto político que ha transitado de Seis a Veintisiete -y pronto Veintiocho- naciones en medio siglo.

Los Tratados de Roma (y los sucesivos tratados), más que un símbolo, son la constatación y el reflejo de la voluntad de establecer una estrecha colaboración entre naciones. Representaron el germen de la plena libertad de circulación entre los europeos, que no quedaría consagrada hasta el Acta Única Europea en 1987 (30 años después del momento fundacional), libertad que con el tiempo se iría extendiendo por el continente, sin vuelta atrás, amparada además por el acuerdo de Schengen desde 1985.

Nadie podía presuponer entonces que en 2012 la libre circulación sería tristemente moneda de cambio en la contienda política, y volvería a ponerse en cuestión. Los europeos seguimos teniendo por delante el reto de unir y cohesionar el viejo continente. Hoy con más amenazas, pero también con más capacidad institucional. Con más exigencias, pero con menos conformismo. Audentes fortuna iuvat.