domingo, 15 de enero de 2012

De la "desglobalización" a la "federalización"




Hace poco más de un mes del Consejo de diciembre donde se acordó la revisión del tratado (el bautizado como "fiscal compact") y ya vamos por el cuarto borrador. Es decir, el pacto inicial a 26 (todos menos Reino Unido) se ha traducido en una infernal negociación con algunos Estados en perenne indefinición (como Chequia), mientras los británicos se muestran favorables a dar mayor capacidad a la Comisión. Ya advertí sobre la batalla interinstitucional que se avecinaba, pero todo ello se nos antoja ya claramente superfluo.

El pacto fiscal que, con más o menos restricciones (en el tercer borrador se aceptaba una desviación de hasta el 1% del PIB sobre las limitaciones de déficit del 3% en caso de grave necesidad de actuación anticiclíca), entrará en vigor en el primer trimestre de 2012 y si algo es seguro es que introducirá reglas constitucionales para contener la deuda. Veremos hasta qué punto esta reforma está alejada del necesario federalismo fiscal.
Este tratado no mejora el desarrollo del mercado interior, pues apenas se centra en la disciplina fiscal y la coordinación económica, conceptos bastante vagos. La austeridad no es una herramienta adecuada. Sin duda, contener la deuda por ley es un freno más, pero no se puede evitar por ley la quiebra, ni siquiera la de un Estado soberano. No se trata de convencer a los mercados, sino de ser realista. Si miramos el caso estadounidense, veremos por ejemplo que, paradójicamente, dentro de los Estados Unidos, los estados son soberanos en cuanto a su deuda y voluntariamente, no por imposición federal, aunque desde el siglo XIX estos estados optaron mayoritariamente (seguramente por una presión electoral más reacia a los impuestos) por un presupuesto equilibrado.
En la eurozona, la contención de deuda viene dada por imposición supranacional, y ante los temores que esto pudiera generar (resistencias de los gobiernos nacionales, también desde el punto de vista del desgaste electoral y de los costes en prestaciones o económicos sobre la población), se contempla que los Estados preserven cierta capacidad contracíclica para la estabilización macroeconómica. Es decir, se impone austeridad, pero con excepciones. No hace falta si quiera promulgar ley para hacer la trampa. Directamente y sin disimulo.

La clave es entender que la regla del presupuesto equilibrado en los Estados Unidos ha funcionado porque el gobierno federal tenía muchos poderes fiscales y capacidad anticíclica. La contención no es tan dura, por tanto, y la Reserva Federal actúa sobre los distintos territorios. El BCE carece de dicho poder, y no sólo eso, en la eurozona se ha producido un fenómeno incontrolado e incoherente en cuanto a las entidades financieras.

Es decir, se vienen produciendo numerosos rescates bancarios por parte de los gobiernos (incluida Alemania), que se vienen realizando a nivel nacional, a pesar de que los bancos tengan actividad transnacional. Es decir, el gobierno alemán rescata con impuestos del ciudadano alemán a un banco que sí tiene sede en Alemania, pero que tiene actividades en otros Estados miembros. Esto no lo puede asumir el contribuyente ni parece el funcionamiento más adecuado a una unión monetaria. Creo que esta situación tan extendida de rescates cruzados en la eurozona requiere una regulación bancaria única, así como un tesoro único que permita esa intervención pública sobre ciertas entidades bancarias o la reestructuracion del sistema bancario en la eurozona.

Nunca lograremos pasar página de ese recurrente mantra de que el euro desaparecerá y la Unión Europea se fragmentará, convocando nuevas reuniones del Consejo. Debe existir un gobierno federal como único acreedor de la moneda única, a medio plazo, una fiscalidad supranacional, y a corto plazo los, ya tantas veces evocados, eurobonos.

Ante un contexto cambiante e inestable, cuando algunas voces alertan de los peligros de la "desglobalización" (que precisamente empieza por las propias entidades bancarias), y de la tendencia a la "renacionalización" económica (la fuerte crisis de confianza se ha traducido en que los bancos desconfían de los datos y de las solvencias más allá de sus fronteras y tienden a concentrarse en clientes nacionales), es urgente que la eurozona no navegue en aguas turbulentas, siguiendo en ese terreno de nadie de la indefinición.

Aunque parezca estar amenazado, el proceso de globalización no tiene freno, la división internacional del trabajo jamás retrocederá, sino más bien se reinventará espontáneamente, pero nadie va a levantar nuevas fronteras (al menos no duraderas), a pesar de que esa es una de las grandes amenazas que lleva inherente la crisis. El temor a la inseguridad empuja a los gobiernos a sentir tentaciones como construir fronteras de todo tipo, físicas, mentales, económicas... Todas ellas arbitrarias e injustas, altamente perjudiciales para los intereses del ciudadano.

Uno de los rasgos identitarios de la moneda es precisamente su valor confianza, su valor como depósito a futuro. La moneda única no tiene vida propia, ni siquiera voz, pero los que con sus acciones la dotan de valor (los inversores) piden a gritos que se refuerce su capacidad política, dotándose de instituciones federales plenamente responsables que respalden al euro, que es lo único que hará recuperar la confianza a los inversores y permitirá oferecer seguridad a los ciudadanos europeos. Un tratado de carácter intergubernamental limitando el endeudamiento no deja de ser más de lo mismo.