jueves, 22 de diciembre de 2011

Happy 2012! A challenging year for all the EUropeans

Christmas is here. Time for joy. Although these are difficult times for many Europeans, a new year is about to begin while we wonder whether the end of the crisis is getting closer. In the last four years Europe has been able to cope with one of the worst threat of its history: the collapse of the euro and the risk of a long-term paralysis. Particularly in 2011 we have witnessed two contradictory trends. On the one hand, a growth in national egotism, and on the other, the political and social will to get involved in a stronger EU paving the way for a political federation. It was about time to acknowledge what the master builders of the euro knew too well, that a common currency would only make sense if accompanied by political union.

Finally it seems the EU has found the way towards a deeper integration. The sovereign debt crisis in fact was just a symptom of a much larger crisis affecting all Western democracies. It also has stressed the link between economy and politics. The euro has been at the core of the debate. During these years political leaders have designed a number of plans for saving the euro. Many of them have been pressing for the introduction of Eurobonds. It seems we will still have to wait, though probably we cannot go much further away without common debt issuance by the ECB. Shall we see the Eurobonds in 2012? My bet is that we will.

As we know, any form of communitization of debt (Eurobonds are) will only be possible at the end of the restructuring process which is underway now, after the Treaty revision, which will be probably signed next March. As for the mechanism for automatic sanctions over deficit, once approved, the implementation into national legislation would be supervised by the European Court. In the meantime the ECB and the IMF are expected to work together in ensuring healthy public budgets in Member States.

In the last years in the Eurozone, the foundations of our political union have been under threat due to the lack of trust in the euro, which has not been just a peripheral one. Certainly in 2011 we have witnessed the fall of governments from Greece, Italy, Slovenia, Slovakia, Denmark and Spain, but the most relevant fact of the year is that political leaders have finally decided to strengthen economic governance like never before.

To a certain extent, in the last Council, 26 out of 27 Member states laid the foundations of a closer union, for the proposed Treaty revision is a step forward in a context of economic uncertainty. Sadly, national egotism remains the biggest threat. David Cameron went to Brussels with the only intention  "to defend British interests" and there have also been national debates in Sweden, Hungary, the Czech Republic, revealing the anti-EU fears or prejudices remaining in some nations, unable to admit the main lesson to draw from this crisis, which is that governments can no longer act independently.

It’s undeniable that States need the money from the banking system and the markets to finance public policies, but governments have also realized that markets need tighter discipline and warranties. A deeper Eurozone integration acts as a safeguard for investors, and this is why the EU needs to step up its economic governance if it is to guarantee fiscal discipline in each Member State.

From 2012 on, the agreed reform package together with the legislative six-pack, will be implemented, ensuring a better coordination of economic and national budget policies. These political actions are a reflection of the idea of More Europe, which means Europe acting as a single voice, for national governments are no longer able to cope with the pressures of their creditors and private rating agencies. What remains to be seen is how we can manage to ensure accountability for the institutional framework so that to overcome current lack of confidence felt by its citizens, not just the markets.

Only a united Europe can be a dynamic economical and prosperous power in a globalized world. We bet for a long-term EU project, with requires not just budget balancing or fiscal discipline, but also policies for growth and competitiveness. We need institutions that give financial and political support to SMEs and entrepreneurs across Europe.
The challenge we face is not only about the transfer of economic or currency decisions, not even about a tax union. We are currently in a stage where national identities are losing their significance. Up to now the risk of euro-breakup has led to institutional reform which has de facto deepened integration.

These changes should be the basis for a wider civil involvement, in which citizens would lay claim to a higher level of freedom and shared values. We must ensure the free movement and achieve the full internal market development in order to increase opportunities for all the European people.

More Europe means more chances for the European citizens in a context of extreme global competition. This is why Federal Europe project is more compelling than ever. We will keep it alive. Merry Christmas to all the Europeans and a very happy 2012!

sábado, 17 de diciembre de 2011

El Reino Unido en su viaje a la irrelevancia europea y global

En las quinielas previas al Consejo del pasado viernes se venía asegurando que de éste surgiría una nueva Europa a dos velocidades. Lo que nadie predijo es que el Reino Unido saldría del mismo navegando en dirección contraria al resto de la Unión, a pesar de que Gran Bretaña es uno de los más antiguos socios del club, formando parte de la Unión Europea desde hace 38 años. Históricamente -pese a denodados esfuerzos diplomáticos- nunca han sido fluidas las relaciones entre la Europa continental y el Reino Unido, que se ha mantenido “convenientemente” alejado de la política europea, con algunos éxitos de acomodo, en particular en la fructífera era de Kohl y Delors.
En la línea estratégica creada por Heath, y consolidada más tarde por Thatcher y Major, el Reino Unido

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jueves, 15 de diciembre de 2011

Federalismo fiscal en la UE: valor añadido y revolución cultural

Tras la cumbre del Consejo de pasado viernes toda la opinión pública ha destacado que la eurozona es, o está llamada a ser, una unión fiscal. Esta afirmación, además de ser falsa, responde a una burda manipulación del lenguaje. Veamos por qué.
Es bastante frecuente en la literatura sobre uniones económicas o monetarias hacer referencia a los paralelismos con el nacimiento de la federación estadounidense en el siglo XVIII. La Unión Europea ofrece similitudes que merece la pena analizar más a fondo. Ante distintos grados de dificultad económica en los 17 Estados de la eurozona, una federación fiscal permitiría definir el grado de autonomía de cada uno de ellos, del mismo modo que ocurrió en Estados Unidos cuando se redactaron los Articles of Confederation. E texto consagraba, por un lado, la autonomía fiscal de los estados, al tiempo que al Congreso federal se le concedía el privilegio de la emisión de papel moneda.

Inicialmente, los estados no cedieron al Congreso el poder fiscal, y ni siquiera mediante transferencias, por lo que pronto se vio que la única vía de ingresos del Congreso era precisamente la emisión de moneda, lo que explicaría en parte el proceso de hiperinflación que se acabó generando.

Justamente esa situación inflacionaria incontrolable empujó a Hamilton a concebir un sistema estable, proponiendo para ello un gobierno central más fuerte, con capacidad para crear impuestos y emitir deuda, abriendo así la vía hacia una federación republicana, que culminó con la Constitución de 1789.
El primer paralelismo es, por tanto, que los 17 Estados de la eurozona no tienen capacidad para emitir moneda, pero sí la tienen para crear y cobrar impuestos, mientras que la autoridad central, que en este caso sería el Banco Central Europeo, sí emite moneda pero no aplica impuestos. Tras una década con la moneda única en circulación, encontramos a varios países con problemas de insolvencia, problema que no han podido superar a través de su capacidad fiscal.
No es difícil suponer que disponer de una autoridad fiscal centralizada permitiría recaudar impuestos de toda la eurozona y por tanto realizar una redistribución de carácter territorial que asegurara el equilibrio en el seno de la unión monetaria. En caso de que esto no fuera viable, siempre existiría la opción alternativa de que los Estados pudieran emitir moneda individualmente, una opción que supondría el fin del euro, y que por tanto se descarta actualmente por las autoridades europeas, básicamente con Merkel y Sarkozy al frente.

El ejemplo norteamericano nos muestra que las uniones monetarias pueden sobrevivir durante mucho tiempo, siempre que exista una unión fiscal, aunque es preciso admitir que existen algunas notables diferencias que dificultan técnicamente el paralelismo.

Aquí no hay una delegación de competencias importantes a Bruselas y por tanto no existe una herramienta presupuestaria que articule el gasto público, sino que cada Estado miembro financia sus actividades. Por tanto, no hay necesidad de dinero para financiar políticas públicas a escala europea, sino una herramienta presupuestaria muy pequeña (alrededor del 1% del PIB) destinada a financiar algunas políticas de cohesión, la PAC y ciertos partenariados para desarrollo regional. En el caso estadounidense, existía un Tesoro y un poder fiscal centralizado, que en algunas etapas se ha traducido en un aumento de los impuestos federales o de la inflación, para superar situaciones de endeudamiento público o déficit excesivo.
La pregunta -debido a los fuertes problemas de solvencia que padece la eurozona y la dificultad para financiarse de los países- es si una agencia fiscal centralizada sería capaz de evitar la situación de insolvencia ofreciendo financiación directa a los Estados de la eurozona.

Asimismo es pertinente y esencial preguntarse si fiscalidades tan diversas pueden en la práctica ponerse bajo un sistema común. Tengamos en cuenta que una unión fiscal implica los mismos niveles impositivos y análogos niveles de servicio público, cuando hasta la fecha no se han podido homogeneizar ni siquiera los sistemas de Sanidad o las prestaciones sociales.
¿Es imaginable que un europeo del sur o un escandinavo, acostumbrado a ciertos estándares de prestación social o una Sanidad de alto nivel, pueda acoplarse a los menos exigentes niveles anglosajones de servicios públicos? Aunque no sea una obviedad, no parece muy osado afirmar que gradualmente nos dirigimos hacia la convergencia en ese campo. Baste dar cuenta del proceso de privatización progresiva que se está empezando a intuir en la Sanidad en España, o la introducción del copago (o repago, dado que la Sanidad pública queda cubierta por las cotizaciones sociales que financian los ciudadanos vía impuestos). Probablemente al viaje hacia esa unión fiscal con presión fiscal y servicios públicos homogéneos le falte maduración, un trayecto que conlleva además, una revolución en los estilos de vida y cosmovisiones de los europeos.

Se trata de un doble cambio cultural. Una primera fase que implica esperar menos de la administración y los poderes públicos, recuperando el espíritu de innovación y la confianza en uno mismo como individuo que tiene un potencial que aportar a la sociedad. Y una segunda fase que supone el compromiso de los líderes europeos, la puesta en valor de la cooperación en forma de cesión de soberanía y de una nueva forma de compartir el poder en la Unión.
Aunque hoy el debate no está centrado en ese aspecto del federalismo fiscal, sino que prima la urgencia de salvar al euro. La Unión Europea está hoy sumida en la batalla contra el déficit estructural y el acceso al crédito. Justamente el contexto y la presión de las mercados está debilitando las estructuras políticas nacionales y tensando las cuerdas de las cuentas estatales, el tiempo que desde los órganos de gobierno de la UE no se va más allá de la amenaza de la sanción para imponer la contención presupuestaria, que es la premisa sobre la que se diseñó la creación del euro en Maastricht. De hecho, es la misma estrategia que ha aplicado siempre el FMI en sus ayudas a los países en desarrollo, con la amenaza de retirar sus fondos en caso de superación de los límites de gasto.

A lo largo de estos tres años, es el propio mercado financiero el que presiona a los Estados de la eurozona para disciplinar sus cuentas. Si bien es cierto que esa disciplina es necesaria y constituye un paso hacia una unión más intensa entre los Estados, se trata de una unión en la austeridad, pero en caso alguno de una unión fiscal. Además, no es posible garantizar que la revisión del Tratado que penaliza el incumplimiento de la deuda sea suficiente; es probable que los mercados pidan más compromiso y una mutualización visible de riesgos (por ejemplo vía Eurobonos emitidos por el BCE, superando las salvedades al respecto que indica la Constitución de Alemania).

Ahora bien, entroncando con la teoría sobre el federalismo fiscal –suponiendo que algún día se alcanzara el grado de armonización económica y social suficiente para ser viable- cabe preguntarse si ese sistema permitiría que las economías europeas fueran más competitivas y ofrecieran un horizonte de alto empleo, o pleno empleo idealmente.
Aun existiendo una fiscalidad supranacional con su herramienta presupuestaria, no es raro suponer que se seguirá estableciendo un techo de deuda. Por tanto la clave del éxito no será tanto una política expansiva del gasto, sino más bien dotar al gobierno federal de un sistema de utilización idónea de los recursos públicos.

Ese es el quid de la cuestión (a qué se destina el dinero invertido) cuando la ciudadanía reclama que se reconcilie la contención en el gasto con el fomento de políticas que faciliten el crecimiento, es decir inversiones con retorno, como lo son las infraestructuras, la eliminación de trabas existentes en el mercado interior, o una verdadera política de estrategia compartida que permita la puesta en común de recursos para investigadores, con el consiguiente ahorro económico y con el incremento del intercambio de conocimiento y, una política educativa común, como instrumento para promover la igualdad de oportunidades para los europeos y fomente la movilidad laboral. Estas condiciones, que deben impulsar los líderes europeos a través de las instituciones supranacionales, junto con una mentalidad de mutualización de esfuerzos, cooperación y optimización de recursos compartidos, son imprescindibles para crear una unión federal en Europa, hoy todavía un horizonte lejano.

jueves, 8 de diciembre de 2011

De la cumbre del siglo o del tiempo al tiempo

Esta tarde afrontamos una cumbre en Bruselas a vida o muerte para los Diecisiete. La calificada como cumbre del siglo prometía a principios de semana, y a mí se me antojaba como la del posible sorpasso definitivo del Consejo a la Comisión, sobre todo tras leer la carta de Van Rompuy a Merkozy, dando cuenta de algunos interesantes vericuetos legales para soslayar la reforma del Tratado y su consiguiente proceso de ratificación.


Reformas legales al margen, parece que hoy sí, los 17 se la juegan, mientras los otros 10, encabezados por un histriónico Cameron, temen lo peor y rehúsan, acrobáticamente, tanto formar parte de un nuevo Tratado más vinculante como quedar descolgados del mismo, lo cual no deja de ser paradójico para el presidente del grupo euroescéptico The Conservatives en la Eurocámara.


Cameron, cual émulo de Thatcher, no duda en ser explícito: “Cuanto más nos pida la eurozona, más pediremos nosotros a cambio”. El británico apuesta por una unión comercial y se va a oponer hasta el final al impuesto sobre transacciones financieras, al menos hasta que éste no se imponga a nivel global. Algo de razón le asiste en este punto, aunque por algo hay que empezar, y la Unión se siente en el deber moral de introducir esa tasa sobre ese mundo financiero que tanto se ha cebado con el euro.

Esta semana, el protagonismo de Merkel y Sarkozy ha sido compartido por Van Rompuy, y el intercambio de misivas entre estos tres. Por decirlo brevemente, Merkozy quieren aplicar sanciones automáticas a los Estados miembros de la eurozona, e introducir impuestos comunes para la eurozona y para todos aquellos Estados miembros que quieran subirse al carro.

¿No falta alguien en la sala? A pesar de su hiperactividad y de los grandilocuentes discursos sobre el Estado de la Unión, no corren buenos tiempos para nuestro presidente de la Comisión. Barroso insistía esta misma mañana desde Marsella (reunión anual del PPE) en que la UE va a ofrecer soluciones europeas, y que las soluciones nacionales son cosa ya del pasado. Conocemos las dotes oratorias del portugués, pero estos días no está siendo capaz ni de darnos un buen titular.

A todo esto. No sé si repararon en la rueda de prensa del eje franco-alemán el pasado lunes cómo, renunciando a todo pudor, sus respectivas banderas nacionales eclipsaron a la estrellada europea. No es una imagen casual, y no ha dejado indiferente, por ejemplo, al Comisario Laszlo Andor, quien asegura que para los Estados miembros de la Unión no es plato de buen gusto ver cómo todo se decide entre dos. Cada vez tengo más claro que Andor es el Comisario díscolo de esta legislatura.

Regresando a las misivas, Van Rompuy se ha descolgado con una propuesta de enmienda de los Tratados que no requiera unanimidad en el Consejo. Merkel y Sarkozy quieren incluir nuevas provisiones. A saber: a) la Comisión podrá multar a las naciones que incurran en déficit excesivo (pero, ojo, previa votación del Eurogrupo); b) los países de la eurozona tendrán que modificar sus leyes estatales para garantizar el equilibrio presupuestario (es decir, introducir la Regla de Oro  en sus Constituciones, como hizo España este verano); c) se introducirá una base común para el impuesto de sociedades y el impuesto de transacciones financieras en la eurozona, y, d) los rescates futuros no precisarán de inversores privados (a diferencia de lo ocurrido con Grecia).

No sé a ustedes, pero a mí la música me suena mucho, es el Pacto de Estabilidad reeditado con una pizca de pimienta añadida al gusto de Francia y Alemania, que, eso sí, quieren que el Tribunal de Justicia de la Unión Europea sea el último garante del cumplimiento de estos compromisos de deuda y contención presupuestaria de los Estados.

Entretanto, la Comisión es fiel a su papel de Ejecutivo, representando a los 27 sin representar a ninguno. Naturalmente distintas voces, orquestadas o no, se apresuraron a arremeter contra las propuestas de reforma del Tratado basadas sobre todo en las sanciones. Mucha amenaza y poca puesta en común de objetivos políticos. Esta reforma sabe a poco, cierto es, y queda muy lejos de la unión fiscal y presupuestaria, por no decir que el sistema de sanciones chirría si de lo que se trata es de una toma de decisiones democrática.

En cambio, el presidente del Consejo se muestra muy predispuesto a acelerar la implementación de las reformas y a eliminar todo obstáculo (¿cómo?). Van Rompuy ha presentado su propio informe esta semana, asegurando que muchas de las propuestas franco-alemanas son innecesarias. Quiere ser el adalid de los 27 Estados miembros. Pero también quiere cosechar un éxito propio. Si bien es cierto que cree en la disciplina presupuestaria, apuesta por la preponderancia del Tribunal Europeo para vigilar la implementación a nivel nacional (enmendar el art. 48 del TFUE), aunque recuerda que ya existe un protocolo (el protocolo 12) para el proceso de déficit excesivo, que requiere la unanimidad del Consejo. Lo que está claro es que el Tratado actual no permite las sanciones automáticas por parte de las instituciones, a pesar de que se mencione ex profeso a la Comisión, como organismo más neutral del sistema. La cuestión es que hasta ahora se exigía unanimidad a 27, y ahora los 17 entrarán en cooperación reforzada para imponer la contención presupuestaria. Van Rompuy se ve beneficiado porque Merkozy le ofrecen presidir las reuniones del Eurogrupo.

Ahora bien, lo más interesante de la propuesta de Van Rompuy es su petición de que a medio o largo plazo haya una emisión de deuda común (entiendo que son los Eurobonos), que se impongan las prácticas establecidas por el FMI para futuros posibles rescates, y que se tomen las decisiones en el ESM por mayoría cualificada, y no por unanimidad. Recordemos que el ESM es el Mecanismo Europeo de Estabilidad, es decir una especie de programa de rescate permanente, que entrará en vigor a mediados de 2013 cuando venza el actual fondo de rescate, el FEEF. La cosa no queda ahí, se asegura que el ESM podría recapitalizar bancos directamente, convirtiéndose en una entidad de crédito a todos los efectos, por lo que podría a su vez obtener crédito del BCE. Y es que, aunque se eliminaran los obstáculos políticos en el seno del Consejo, lo cierto es que pululan otras dudas, primeramente si el FMI intervendrá en algunos Estados o si el BCE podrá por fin emitir los Eurobonos. Esto es algo que sigue sacando de sus cabales a Merkel.

Pero no nos olvidemos del quinto en discordia, Goldman Sachs (lean con atención y constaten su omnipresente capacidad de influencia sobre los europeos). Y qué me dicen de Standard & Poor’s, que nada más estrenar la semana lanzó sus dudas sobre la solvencia de la eurozona sin un temblor de pulso. La agencia de calificación aseguró que la presión sistémica sobre la eurozona ha crecido en las últimas semanas. O sea, aténganse a las consecuencias, venían a decir.

Mientras ya hay un clamor pidiendo más Europa, más democracia, una unión federal, legitimidad política, una no puede evitar tener la sensación de que, al final, los grandes bancos de inversión y las agencias de rating tensarán la cuerda al máximo hasta que Merkel ceda y permita al BCE emitir deuda en forma de Eurobonos. Seamos conscientes de que los mercados financieros necesitan también instituciones fuertes, y la decisión concluyente es totalmente política. En este contexto, no sé si por fin podemos esperar grandes milagros de esta cumbre, sobre todo porque las propuestas suenan a déjà vu, con algunos matices. El escenario resultante siempre será el de la austeridad y la sensación de que hay que darle tiempo al tiempo.

lunes, 5 de diciembre de 2011

¿Es suficiente la doctrina Merkel?



Parece que la eurozona se encamina a ser una unión económica, pero no perdamos el horizonte; en el fondo de lo que se trata es de calmar a los mercados y devolverles su confianza en el euro. Por mucho que los federalistas veamos al alcance de la mano el escenario de la unidad fiscal en la Unión Europea, en la escena política no se contempla ni remotamente esa opción. Se está hablando de federalismo fiscal (lo ha hecho Van Rompuy), pero este concepto es claramente engañoso y no se trata más que de un guiño del lenguaje político. Lo que se plantea en el Consejo del próximo día 9 no va más allá de ser un nuevo paso en el contexto de la limitadísima gobernanza económica en la eurozona, pero no es exactamente el tipo de integración fiscal que la Unión necesita. A juzgar por la opinión publicada, en esta cumbre se prevé que tome cuerpo definitivamente la oferta alemana para la unión fiscal. Pero no se trata de una unión fiscal en sentido amplio, con un Tesoro europeo, recursos propios, armonización fiscal… lo que sería deseable y mutualizaría por fin riesgos y compromisos en la eurozona. No. Lo que se propone es apenas un pasito más en el rosario de concesiones que viene haciendo Alemania, que simplemente se compromete a garantizar la provisión de fondos más allá del FEEF (que expira en 2013, además de no haber conseguido seducir lo suficiente en el mercado financiero internacional) asegurando liquidez a la endeudada periferia, pero a cambio de que esta periferia se ciña a los criterios de austeridad.
A pesar de que a grandes rasgos el criterio alemán es el prescriptivo y el que los tiempos piden, me asombra la falta de percepción de Merkel a lo que el mercado está pidiendo como agua de mayo, y es que la obsesión de Alemania es dejar fuera de la quema al BCE, sin admitir que justamente ese empeño es lo que está dañando la solvencia del euro, ya que está impidiendo la compra masiva de deuda por parte de el Banco Central. Según Draghi, la materialización del pacto fiscal en el próximo Consejo desbloqueará las reticencias alemanas.
Se da por hecha una reforma del Tratado, pero no para crear un mecanismo de transferencias entre Estados miembros, que en principio podría compensar su incapacidad para la devaluación, sino simplemente para imponer un coste político al incumplimiento de los viejos criterios de Maastricht. Curiosamente, los Tratados sí han incluido una serie de procedimientos elaborados para penalizar a los países incumplidores del PEC (déficit máximo del 3% y endeudamiento inferior al 60% PIB), aunque la necesaria unanimidad en el Consejo hizo que estas multas jamás llegaran a imponerse (a pesar de que el PEC se haya incumplido hasta en 60 ocasiones).
Lamentablemente, para Merkel la unión fiscal se limita a eso, a una imposición de los criterios restrictivos en las cuentas estatales. La apuesta alemana se basa en una eurozona en que los recursos de las economías más fuertes se realizan mediante el refuerzo de los mecanismos fiscales o mediante el balance del BCE. Incluso los eurobonos encajarían en esta versión de una unión fiscal “light”.
La UE a dos velocidades ya existe de facto, amparada en el art. 136 del Tratado, que permite a los Estados miembros de la eurozona adoptar sus propias medidas al margen de los 27, pero la solidaridad no se ha materializado, y de ahí el problema de confianza, o más bien de desconfianza, hacia el euro. Siempre he creído que los eurobonos acabarían implementándose. Lo harán en alguna de las tres versiones que ha propuesto la Comisión, aunque sea rebautizados eufemísticamente como bonos de estabilidad. El eurobono dará carta de naturaleza al compromiso mutuo en la emisión de deuda y es lo único que el mercado aceptará como creíble.
Para mí, no obstante, una unión fiscal tiene implicaciones de mucho mayor calado, y debería incluir una herramienta presupuestaria centralizada (al menos para toda la eurozona), dotada de capacidad recaudatoria mediante una institución federal. El presupuesto federal es el único instrumento para la transferencia fiscal efectiva entre los distintos territorios de la Unión, a imagen y semejanza de lo que sucede en los Estados Unidos.
Es un escenario que Alemania no se plantea. Descartada ya esta visión federal, lo que se va a debatir en el Consejo es qué mecanismos se podrán establecer para forzar a los Estados a reducir progresivamente sus ratios de deuda en un escenario a largo plazo, así como de qué sanciones económicas se impondrán a los gobiernos que incumplan el procedimiento restrictivo.
En el diseño institucional es donde se juega todo. Y yo insisto en preguntarme, por ejemplo, cómo podrán justificarse legítimamente las decisiones tomadas en Bruselas. Cómo podrá legitimarse la autoridad del Tribunal de Justicia.

La legitimidad indirecta se produce en el Consejo, allí los Estados acordarán someterse a incorporar prácticas comunes en los presupuestos nacionales, con lo que las decisiones del Eurogrupo van a incidir directamente sobre la política fiscal estatal. De hecho, España ya incorporó haces pocos meses la obligatoriedad constitucional de no incurrir en déficit excesivo. ¿Qué ocurrirá en escenarios de fuerte recesión en algunos Estados miembros? ¿Se aliviará o perdonará la penalización? ¿O se impondrá estrictamente el régimen fiscal de la eurozona, al margen de toda circunstancia?

Cabe preguntarse si este refuerzo de los criterios comunes en la eurozona implicará a la postre un nuevo diseño de estructuras políticas.  Por ello, concluyo preguntándome hasta qué punto los contribuyentes europeos estarán dispuestos a aceptar este tipo de restricciones y el coste que implican. Visualizo dos problemas, por un lado la propia casta política que debe acreditar una conducta ejemplarizante, transparente y austera; y por otro, la inminente amenaza nacionalista, cuando la opinión pública empiece a resentirse de las restricciones que impondrá Bruselas, aun a costa de las decisiones tomadas en los parlamentos nacionales. Recordemos que con la desaparición de la unanimidad desaparece la amenaza de los vetos estatales en el seno del Consejo.

Los jefes de Gobierno perderán poder, lo que en la práctica es una cesión de soberanía. Probablemente estas concesiones sólo podrán justificarse si Europa ofrece una valor añadido, si está mutualización política se traduce en una mayor prosperidad, en una recuperación de la relevancia global de Europa, cuya economía viene perdiendo peso en el escenario mundial. ¿Podremos revertir ese efecto?
Admitamos, por fin, que parte de la opinión pública culpa al euro, que está adquiriendo tintes de malévolo ingenio causante de la recesión generalizada en Europa. Existe cierto riesgo de que el mecanismo de penalizaciones que pergeña Merkel sea visto como una amenaza, como el causante de un empeoramiento de la crisis, o de la percepción de crisis, entre los europeos.
Creo que es un riesgo que no podemos permitirnos, y tenemos todo el derecho a exigir mayor compromiso a los políticos europeos. Las restricciones no son suficientes. Tenemos derecho a reclamar una hoja de ruta clara hacia unos Estados Unidos de Europa, una comunidad de Estados más que amigos, solidarios, porque para ello hemos aceptado mayoritariamente las parcelas de soberanía que se han ido delegando hacia las instituciones europeas. La doctrina Merkel, no nos engañemos, se limita a un régimen de supervisión presupuestaria. Puede ser una medicina necesaria, pero queda sin duda muy lejos de lo que la Unión Europea necesita para recuperar su dignidad y la de los europeos.