Ayer se llegó a decir que el status quo no se contempla. Tal es la gravedad de la amenaza sobre el euro. La insistencia del eje franco-alemán en hacerse notar este verano no es banal, y tiene más enjundia que la resolución del problema de la deuda y la desconfianza de los mercados financieros. Tampoco son casuales ni temporales las tensiones entre dos visiones distintas sobre lo que ha de ser la gobernanza económica en la Unión Europea. No han variado ostensiblemente las posiciones de ambos gobiernos en estos últimos dos años. Hace un año Merkel ya presentó su seria propuesta para la creación del Fondo Monetario Europeo, como organismo eficaz y visible para la mutualización de riesgos. Reacio fue Sarkozy y lo sigue siendo, más partidario de la figura de los eurobonos, con la implicación política del Banco Central Europeo, al que Alemania ha tratado inútilmente de mantener "limpio" de toda sospecha e intervención. Los bonos de carácter europeo son una realidad factual desde que Frankfurt empezó a comprar deuda soberana española, italiana... a pesar de que se haga mediante fondos de rescate y no mediante la emisión de eurobonos per se, que tanto molesta a Alemania, Holanda y Finlandia, temerosos de pagar la factura de la indisciplina fiscal ajena. Dicho temor es perceptible y se traduce en rumorología diversa en torno al posible recorte de fondos europeos para aquellos Estados miembros que incumplan los límites de endeudamiento, por no mencionar la exigencia de "cheques" a la británica para todos los Estados miembros que lo reclamen... Volveremos un día a ese surrealista debate que trae de cabeza a los que desarrollan la actual negociación presupuestaria en el apartado recursos propios.
Justamente esos debates estériles entre creadores de opinión y analistas variopintos explican el malestar de observadores. Los de los países con problemas de déficit quejosos por las exigencias de disciplina que impone el dueto franco-alemán; los de los países en situación holgada desconfiando del concepto de solidaridad en el riesgo. He ahí el malestar y el resurgimiento de las tensiones entre intergubernamentalistas y federalistas. Bien. Centrémonos en la moneda común... Tal es la obsesión por las cuentas públicas saneadas que desde ayer se piden (se pedirán oficialmente tras los complejos trámites intergubernamentales) reformas constitucionales a los Estados miembros para limitar el endeudamiento. Tras toda la controversia generada, la gran pregunta de calado es si viviremos un nuevo giro de carácter constitucional en la Unión Europea. De hecho, ayer lo que hicieron estos dos Estados miembros -que han sido y son el motor integrador- es proponer formalmente a la Comisión europea la implementación de la unión fiscal, que se concretaría a partir de 2013 en un impuesto común sobre sociedades y en la creación de una tasa sobre las transacciones financieras, medida que contaría con el respaldo del Parlamento europeo. No menos relevante es la preponderancia que se le pide al presidente del Consejo, actualmente el belga Van Rompuy -en lo que algunos ven como gesto desesperado por consolidar un liderazgo inconfundible- en la gestión política de la eurozona. La unión fiscal de facto y el carácter presidencialista exigido al presidente del Consejo tiene consecuencias directas sobre el núcleo de los tratados de la Unión. A mediados de septiembre volveremos con el análisis de la respuesta de las instituciones en Bruselas y las posibilidades de esta revolución institucional latente que se está gestando sobre el tablero de Europa.
