jueves 1 de diciembre de 2011

Discurso contra el tedio

Circulan conocidas y complejas teorías sobre las posibles causas de la caída del Imperio Romano. Una vez leí que la caída del Imperio Maya se debió al tedio. No estoy segura de que la civilización occidental esté en una etapa propensa al tedio, aunque tal vez cuando nos demos cuenta ya sea demasiado tarde para aplicar un remedio eficaz. Un síntoma de tedio es la inacción, o la resignación, más visible y dolorosa en una era en la que la gente no tiene acceso a un trabajo ni muchas opciones para prosperar en la vida. En Europa cada día que pasa todos somos más pobres. Todo es más incierto. Naturalmente esto contrasta con situaciones claramente injustas, ante las que nos sentimos impotentes. Siempre he reivindicado la idea de Europa como un referente de esperanza, como un marco de sostén a las aspiraciones ciudadanas. Para ello, las instituciones europeas deben representarnos y defender el interés del ciudadano de a pie. El riesgo de que esto no se perciba correctamente no es tan grande como la dejadez de algunos líderes políticos o su incapacidad. Existe un hartazgo hacia la clase política muy general y, en ocasiones, justificado. Falta responsabilidad y compromiso. Si los europeístas convencidos no somos autocríticos, jamás conseguiremos que nuestro mensaje prospere y genere afección hacia el proyecto integrador. Aunque el peso de la culpa debe caer en los políticos. Sin duda.



Tiendo a creer más en el político que rehúye del exhibicionismo, el que pasa de la foto y prefiere trabajar y dar el callo sin luces ni taquígrafos. No es mucho pedir, es la mínima vocación que se espera de un servidor público. Un honor que corresponde a unos cuantos elegidos, y de los que debemos exigir ejemplaridad.

El lunes pasado, un importante político europeo estuvo a la altura, no sólo en oratoria, sino también en compromiso personal. Un discurso aleccionador del que llevo toda la semana queriendo hacerme eco. Sin duda se trata de uno de los más grandes discursos europeístas pronunciado por un político en activo. [Aquí íntegramente en inglés.] De esos discursos que ganan fuerza con el paso del tiempo y que esta semana ha circulado por la Red y las portadas de la prensa internacional a toda velocidad. El pasado lunes, el Ministro de Exteriores polaco, Radek Sikorski, justamente en Berlín, apeló directamente a Alemania y a su crucial responsabilidad en el futuro de una Europa unida.

Muy hábil narrativamente, el polaco inicia su discurso vinculando la moneda con la unidad política, y para ello nada mejor que recurrir a un ejemplo vergonzante y reciente de la historia europea: la desmembración de Yugoslavia iniciada en 1991, entre otras cosas, por la decisión de Serbia de imprimir su propia moneda, dinamitando así la república federal. No es casual la mención a Kant para destacar el valor moral del dinero y la honestidad como imperativo categórico en el orden moral basado en la responsabilidad y la solidaridad. Dando estos valores carta de naturaleza y fundamento a la Unión Europea.
Nos recuerda en el mismo texto que los criterios de Maastricht fueron incumplidos hasta sesenta veces por todos los países de la Eurozona en momentos de dificultad, y lo hace para refrescar la memoria a los alemanes, pero también para enfatizar la fragilidad de las instituciones europeas. La lectura de esa denuncia es que los intereses nacionales y sus errores acaban resultando indemnes, a pesar de atentar contra las disposiciones de los Tratados.

Dicho en Román paladino, a la hora de la verdad, los Estados acaban haciendo de su capa un sayo, raíz de la desconfianza mutua y de la incapacidad por seguir un procedimiento político coherente y sin excepciones que asegure la viabilidad de la moneda única.

Resulta curioso que desde Polonia se exija que el BCE actúe como garante de la unión monetaria y que se refiera a cambios importantes institucionales, como las listas paneuropeas para el Parlamento, la reducción del Colegio de Comisarios e incluso la posibilidad de un presidente de la UE electo. También sorprende el ataque directo al Reino Unido, de quien denuncia el doble lenguaje y del fomento de la confusión ante una opinión pública que tiende a culpar de todos los males a la siempre “burocratizada Bruselas”, cuando las regulaciones siempre responden a decisiones tomadas democráticamente en el seno de instituciones en las que el Reino Unido participa libremente y con todas las consecuencias.

No es casual que se defienda en su discurso la última gran ampliación de la UE hacia el Este, destacando hábilmente el crecimiento económico y social producido en su país, agradeciendo la implicación de Alemania en la prosperidad de Polonia, y recordando, no obstante, que el país germano tiene una especial responsabilidad hacia el proyecto europeo, por ser el principal beneficiario del actual sistema europeo (gran mercado para exportaciones, acceso a crédito más barato, el sistema bancario alemán, etc.).
En clara alusión a la reticencia alemana a imprimir más moneda, Sikorski incide en que Alemania debería comprender que el peligro del colapso del euro es mucho mayor que el posible daño causado por la intervención de un BCE demasiado maniatado, para a continuación quejarse de la sensación de dejarse llevar que está dando Alemania en los últimos tiempos, que (a su juicio) es preocupante, hasta el punto de afirmar “temo menos al poder alemán que a la inactividad de Alemania”, reconociendo así al país vecino como verdadero motor de Europa, y confirmando el apoyo explícito de Polonia cuando Alemania decida emprender una reforma de calado en la toma de decisiones.

Se podrá discrepar en cuanto al papel institucional del BCE, incluso cuando la reflexión viende de un dirigente de fuera de la Eurozona, pero Polonia es un país estratégicamente clave dentro de la UE, muy vinculado económica e históricamente a Alemania y con una relación muy desigual que se va resolviendo con generosidad por ambas partes. Está por ver el papel de Francia en la futura reforma "constitucional" que se avecina, con una filosofía monetaria algo distinta a la alemana. Sikorski elude todo compromiso y alusión en ese sentido y pone el foco en el compromiso alemán. Recordemos que el discurso se pronunció en Berlín.
No obstante, el discurso europeísta de Sikorski adquiere un marcado carácter federal, cuando pone como ejemplo de éxito un antiguo estado federal (siglo XIV) formado por Polonia y Lituania, que logró en su tiempo un sistema participativo que ofreció seguridad regional y un mejor nivel de vida para la población; un proyecto que acabaría pereciendo debido a la parálisis política. En este sentido y a partir de ese referente propio, incide el Ministro en recordar que la Unión Europea es un proyecto común que se encuentra en una peligrosa encrucijada de la historia, lo que lo sitúa también ante la sublime posibilidad de definir los cimientos para las próximas décadas. La irresponsabilidad política tiene un coste, en cuyo caso las futuras generaciones podrán castigar la inacción de los políticos europeos. He aquí un discurso con referencia a futuro de apuesta por una Europa federal.

Hombres así lograrán que esquivemos el tedio.