
Son muchos los enemigos de Europa, aunque no siempre son los que pensamos. Anoche estaba tranquilamente en casa dispuesta a cumplir con el rito de ver a Jaume Barberà en el siempre interesante Singulars, del Canal 33, hasta darme cuenta a los pocos minutos de que mi tranquilidad se esfumaba vertiginosamente ante las vociferantes reflexiones de un supuesto filósofo contemporáneo italiano. Desconozco qué autoridad intelectual o moral tiene este Franco Berardi, a quien etiquetan como enemigo del conformismo, pero que más bien parece enemigo del sentido común.
No merecería que le dedicara mi tiempo, porque él mismo se descalifica a medida que avanza en sus reflexiones, pero el discurso que profirió contra la estabilidad monetaria o los criterios de disciplina fiscal está calando entre muchos ciudadanos, algo que sí supone un grave atentado de desinformación. A mi entender, es irresponsable que acuse a Europa de seguir un dogma neoliberal, para acto seguido proclamarse partidario de la inflación y de la fabricación de moneda, así tan alegremente. Creo que este tipo de personajes públicos son un peligro, y no voy a perder la oportunidad de denunciarlo, limitándome sólo al terreno que me concierne.
Cuando creíamos que el resentimiento de derechas contra izquierdas era cosa del pasado, siempre tropezamos con alguien que no sólo ha sido incapaz de superar sus prejuicios, sino que sigue dando pábulo a ideas preconcebidas. Así, a juicio de Berardi, los mandatarios europeos están "locos" (sic) y aspiran a arruinar la vida de millones de europeos. Para Berardi, y para otros de sus acólitos del dogma antiliberal (que haberlos haylos) los criterios de Maastricht son un dogma fruto de la obsesión antiinflacionaria de Alemania. Asegura que "la crisis de Alemania en los años 30 del siglo XX se debía a la humillación aplicada por Francia tras Versalles y a un resurgimiento del ultranacionalismo alemán". Salta a la vista que esto no resiste el mínimo análisis. Alemania era un país en ruinas, tras la primera guerra, y mucho más tras la derrota en la segunda, desprovisto de viviendas, sin industria y con una población sin la capacidad adquisitiva suficiente, sumada a una total ausencia de prosperidad en la mayoría de estratos sociales de los alemanes. No obstante, en 1948 se aplicó una reforma monetaria que acabó por reactivar la economía y asegurar el aprovisionamiento de la población con alimentos y todo tipo de artículos, constatando el hecho de que las fuerzas del mercado operaban y que daban salida a bienes que la gente necesitaba. A partir de ahí, Alemania se integró en la economía mundial, y acabó siendo miembro fundador de la CECA en 1951, y de la CEE en 1957.
El régimen competitivo fue un éxito, pero no olvidemos la segunda clave del éxito: la estabilidad monetaria.
Justamente en un sistema de libre competencia se asegura que la asignación de los recursos se realiza mediante el mecanismo de los precios relativos. Es decir, el consumidor europeo adquiere un producto y al pagarlo está corriendo con el coste social que su demanda ocasiona (que se traduce en el precio), mientras que el empresario sabe si debe aumentar o reducir la producción de dicho producto en función de la demanda, así la estructura de la oferta tiende a reflejar la estructura de la demanda. En el transcurso del tiempo, las preferencias de la gente cambian y se producen reajustes estructurales (a veces incómodos, cierto es). Si la economía es dinámica, surgirán nuevas empresas, se exportará y, los ciudadanos, en nuestro mundo global, se integrarán irremediablemente en la división internacional del trabajo.
El mecanismo de precio es crucial para el desarrollo de la economía y por ello es tan importante evitar los escenarios de inflación. Muchos tienden a ignorar los problemas sociales y políticos que esta acarrera, y por ello esta es una gran pata en la política económica europea. Veamos por qué. Como hemos dicho, el orden económico libre que tenemos en Europa se sostiene sobre el cálculo nominativo (sabemos que un euro es un euro), que quedaría desvirtuado en caso de depreciación. El primer problema de la inflación es que es un impuesto oculto, ya que la gente pagará más dinero por los mismos bienes. El segundo es su efecto social, ya que las personas con sueldos fijos, los jubilados, los ahorradores y acreedores verán mermados sus ingresos, que valdrán menos. Existirán solamente unos ganadores en esa situación inflacionaria, que serían los poseedores de bienes inmuebles o de reservas de oro, por ejemplo.
Vemos por tanto, que es impuesto oculto que es la inflación perjudica sobre todo a las rentas más bajas. Es esencial comprender que en una situación de inflación los precios pierden su eficacia para transmitir la información que el empresario y el consumidor necesitan para producir y consumir, lo que distorsiona la asignación de recursos. Además, la inflación dificulta la evolución de las empresas productivas, ya que la incapacidad de valorar los inventarios lleva a las empresas a contraerse. De forma predecible, cuanto mayor sea la inflación, mayor será el empeño ciudadano en descontarla, lo que llevará a una nueva espiral de subida de precios, hasta que una vez alcanzada la hiperinflación (de 3 dígitos o más) las empresas quedan descapitalizadas y podría llegarse al escenario de que la moneda valiera tan poco que sólo se aceptara la moneda extranjera (como en los casos de la dolarización de Argentina). Es decir, buena parte del capital que exista finalmente se destinará a protegerse de esa inflación, es decir, a construir inmuebles o comprar reservas de oro (beneficiando a los países exportadores de ese metal), con lo cual aumentaría la inversión especulativa, que precisamente es lo que queremos evitar.
En todo caso, la experiencia empírica disponible en concreto en Alemania, en este caso en la década de 1920, y también entre 1945 y 1948, acabó por demostrar que la inflación no estimulaba la actividad económica y que la "ilusión monetaria" que creaba la presencia de más dinero físico acababa en una recesión económica, ya que las autoridades monetarias acabarían optando por frenar la expansión fiduciaria para romper esa infinita espiral de las expectativas inflacionarias.
En la actual crisis financiera encontramos un origen claro en el endeudamiento excesivo, es decir en las hipotecas basura y la liquidez en exceso que ocasionó la quiebra de Lehman Brothers, desencadenando toda la crisis de desconfianza en las finanzas mundiales.
Creo que cuestionar los beneficios de la estabilidad monetaria es una total irresponsabilidad, y manda un mensaje equivocado a la población. Si los políticos europeos se empeñan en mantener la estabilidad y asegurar la continuidad del euro bajo los criterios de deuda y déficit definidos en Maastricht no es por un capricho de "locos", sino bajo un criterio de responsabilidad y eficacia para crear un marco económico próspero capaz de crear empleo y también de atraer capital exterior.
La obligación de los líderes políticos europeos es definir un marco duradero que garantice la formación de capital económico y humano (e insisto) que asegure el empleo al mayor número de personas posible. Se requiere contener el gasto público, fomentar la competencia interior y exterior, propiciar la igualdad de oportunidades y desburocratizar para que los individuos puedan progresar y se vean motivados a realizar sus deseos, asegurar la movilidad total y sin barreras de las personas, sin discriminación de ninguna clase y, por último, controlar la inflación.
En 1948 hubo en Alemania una huelga contra la economía de mercado libre, el Ministro Erhard declararía: "La evolución de las circunstancias me dará la razón, que si ahora el péndulo de los precios, bajo la presión unilateral de factores propicios al incremento de los gastos y bajo la presión psicológica de este delirio dinerario, ha sobrepasado los límites de lo lícito y lo moral por doquiera, muy pronto estaremos en la fase en que, a través de la competencia, retrocedan nuevamente los precios a su justa proporción, a la proporción que asegura y garantiza una relación óptima entre salarios y precios, entre los ingresos nominales y el nivel de los precios". Cierto es que esta declaración se consideró desacorde con las circunstancias y fue muy cirticada, pero meses después esta tesis fue confirmada, hasta el punto de que con la contención de precios, los salarios reales de los obreros industriales alemanes aumentaron hasta un 20 %. Se dio una curva contrapuesta de salarios y precios que cumplía con los postulados de la economía social de mercado, bajo el lema "ingresos crecientes con precios decrecientes", creando una época dorada de la economía alemana. Es cierto que después se vería alterada por la presión de la competencia internacional en los sesenta y setenta, aunque ese tránsito se superaría, aceptando el incremento de las importaciones, pero aumentando las exportaciones, lo que permitió asegurar el crecimiento de la economía alemana.
Por ello, no me cansaré de reprochar a los que acusan infundadamente a las directrices económicas definidas por el Tratado de la Unión Europea, que sintetizan solamente la voluntad de no atomizar las economías europeas, de evitar la disolución del mercado único y de propiciar un orden de estabilidad económica que permita generar confianza y sobre todo crear empleo. Se estableció como árbitro supremo en materia monetaria al BCE, libre de presiones de ningún grupo ni financiero ni político, cierto es que maniatada por el gran objetivo de la estabilidad de precios. Una responsabilidad limitada y decisiva que le priva de tomar decisiones políticas, pero que compromete a los Estados a compartir responsabilidad con los otros Estados de la Unión y en las mismas condiciones.
El objetivo de mantener la capacidad adquisitiva real de nuestros euros (y por tanto la seguridad) es la principal razón para oponerse a la deriva inflacionista. Ese es el marco político de la democracia europea. Admitiendo que se puede mejorar la legitimidad del sistema institucional. Y desde luego, mostrándome favorable a una unión fiscal plena en la UE y a la creación de los Eurobonos como garantes de estabilidad y de acceso a liquidez para los Estados miembros, sigo considerando que la estabilidad de precios es un fundamento que posibilita con mayor garantía de pervivencia la economía social de mercado que está en el ADN de la Unión Europea.