lunes, 21 de noviembre de 2011

Larga vida al euro, sin romanticismos

I. Futuro del euro
Tiene la osadía Krugman (en su columna de ayer en NY Times) de acusar a los decisores de la Eurozona de tecnócratas aburridos y románticos. Contradictio in terminis al margen, incide en la vaga noción de que los creadores del euro infravaloraron el factor humano. En el trasfondo de su crítica, el cuestionamiento sobre la austeridad impuesta tecnocráticamente, obviando intencionadamente que desde el Tratado de Maastricht en 1992 se establecieron unos límites claros al endeudamiento, no como fin político en sí (lo que podría inferirse de la interpretación de Krugman), sino como paso previo a una armonización económica. Algunos yerran el tiro al culpar a la austeridad de la crisis, porque su ausencia fue precisamente el desencadenante de la crisis de la Eurozona -entiéndase, el endeudamiento excesivo y el encarecimiento de la deuda soberana-, al borde del colapso de no ser por las discretas intervenciones del BCE y la articulación del FEEF en 2010, mientras se espera del BCE algo más que aferrarse al mandato de la contención inflacionaria.

Ahora viene la autocrítica. El mecanismo de rescate y el BCE han resultado hasta hoy poco convincentes, cuando el desempleo alcanza el 9% de media en la Eurozona. Sin olvidar la dolorosa imagen de la asimetría: los PIIGS se llevan la peor parte alcanzando cifras mareantes en torno al 20%. Mientras la periferia mediterránea afronta una etapa de duros ajustes, en el Este surgen nuevos candidatos a unirse a la moneda única, en concreto Letonia y Lituania, pequeños Estados que reciben inversiones alemanas tal como lo hicieron los mediterráneos en la prometedora etapa de la cohesión en la década de 1980.

El hecho de que nuevos Estados quieran entrar en la Eurozona es sintomático de que el euro no es tan mal negocio como algunos nos quieren dar a entender. No se puede culpar alegremente al euro de la austeridad, de la caída de gobiernos en la Unión o del resurgimiento de ciertos partidos populistas o nacionalistas extremos, como ocurrió en Holanda y Finlandia (más anécdota que categoría desde mi punto de vista).

Mas no nos llevemos a engaño, las restricciones del momento y las dudas existenciales no significan que alguien esté dispuesto a regresar a las viejas divisas, y a los episodios inflacionarios o escenarios de devaluación. Tampoco se contemplan modelos de reinicio, quiebra e incluso renovación constitucional, como ha ocurrido en Islandia, pequeño país no extrapolable a los países mediterráneos. Con la que ha caído, nadie se atreve a apostar por la desmembración de la Eurozona, porque nadie cree en los beneficios de la autonomía económica de los Estados miembros.

Probablemente fuera del euro, muchos Estados no podrían acceder al crédito, quedando en un debilitado escenario de aislamiento y sin financiación, con las entidades bancarias en el ojo del huracán, porque en el fondo se sabe que el contribuyente europeo está rescatando a los bancos, y esa parecería ser la justificación de que, no sólo Merkel, sino el contribuyente alemán en su caso, acabara aceptando la creación de los Eurobonos. A falta de concretar su diseño, y de superar la resistencia alemana, sólo esa figura puede hoy por hoy calmar a los mercados y restaurar la confianza en el euro, y también la recuperación del BCE como institución financiera autónoma y políticamente capacitada.

Para ello, debe destruirse el instalado mantra de que Alemania paga la factura del endeudamiento del Sur. Urge superar este escollo (labor encomendada por el destino a Merkel, aunque deba pagar, o no, un precio electoral a futuro) y articular el Eurobono, aunque para ello deberá existir un acuerdo sobre su diseño. Me explico.

El Eurobono sería eficaz sólo si implicara que se dejan de emitir bonos nacionales, de manera que se emitirían bonos en principio garantizados por los 17 Estados miembros de la Eurozona. Entendamos que esto se aplicaría para los bonos del Estado ya existentes en cada país, que se convertirían a Eurobonos, y también para los nuevos bonos que se crearían, que (¡atención!) estarían limitados, precisamente porque entre los inconvenientes que indica el Informe que emitió la Comisión la semana pasada está el del riesgo moral, en el sentido de que el Eurobono podría llevar a la tentación de que algunos Estados miembros relajaran su disciplina presupuestaria.

De ahí la necesidad de una reforma del Tratado de Lisboa (que prohíbe los rescates entre Estados miembros) que asegure el mandato de la disciplina, estableciendo techos de gasto y endeudamiento. Una posible alternativa es que los Estados tengan que regresar a los bonos nacionales cuando superen ciertos límites de deuda pública. Esta opción podría evitar la reforma del Tratado, en el sentido de que los gobiernos serían responsables últimos de la emisión de bonos en determinadas situaciones.

Ahora bien, es obvio que esta posibilidad debilitaría la credibilidad del Eurobono y se percibiría como un parche más. Es decir, facilitaría la creación rápida del Eurobono, pero no sería la solución definitiva que, a nuestro juicio, el euro necesita, ya que los mercados no acaban de percibir con claridad el compromiso común, y como prueba el fracaso de las expectaciones que creó en su momento la ampliación del FEEF hasta el billón de euros, en el último Consejo de octubre, que no se ha traducido en la obtención real de esos recursos en el mercado, no se sabe si por desconfianza de los mercados en los propios avaladores del fondo, incluidas Francia y Alemania.

Precisamente esa desconfianza, que amenaza al corazón de sus intereses y al de sus entidades bancarias, es la que llevará a ese eje franco-alemán a dar el paso definitivo a favor del Eurobono (en cualquiera de las variaciones comentadas supra), el único mecanismo para dar coherencia a la apuesta de ambos Estados por la unión monetaria, y en cierta forma el compromiso con la superación de sus problemas de solvencia, cuando no puede ocultarse la afectación de la propia deuda nacional de estos dos países. Nada de romanticismos. Por coherencia y realismo, el euro sobrevivirá, y, de su mano, llegará la unión política. 

II. Hacia la Europa federal
Sólo superada la amenaza sobre el euro, cobrará protagonismo el debate nuclear sobre el federalismo europeo, que incluso llega desde el CDU, partido al que pertenece Merkel. Subrayaba Hegel, en su teoría del Estado, que el carácter autoafirmativo de la soberanía y la justificación de las particularidades históricas creaban la comunidad política, significando que la esfera de la sociedad civil se trasladaba al Estado. Hoy, en Europa, el Estado-nación se desdibuja, y el ciudadano europeo, si lo interpretamos en sentido lockeano, se encuentra con la necesidad de maximizar sus intereses, pero con el dilema de que esos intereses se han convertido en intereses particulares comunes, es decir, la esfera de lo común trasciende lo nacional y se establece en una esfera europea. Esos intereses se definen hoy en otro ámbito de soberanía, y no tienen otra vía de realización que la autoafirmación, en este caso de Europa hacia fuera, en su relación con el mundo exterior, pero también de Europa hacia sus ciudadanos. Sólo es justificación interna mantendría la cohesión y la justificación de la autoridad de las esferas de poder. Ello procede de la legitimación de los decisores, de la acreditación de ese poder soberano para imponer leyes. La voluntad general del ciudadano europeo, una vez superado el Estado-nación, que reuncia gradualmente a su soberanía (y el Eurobono es perfecto símbolo de ello), sólo puede establecerse en un proceso deliberativo respaldado por instituciones representativas de carácter federal. En 2012 será momento de afrontar una nueva etapa, ya más política que netamente económica, en la comunidad de destino que, nos espera, al final del proceso de integración, mal que le pese a Krugman.