miércoles, 16 de noviembre de 2011

La ciudadanía europea ante los enemigos del euro

En estas últimas semanas venimos leyendo una serie de reflexiones sobre la necesidad de controlar los ataques contra el euro, algo que la Comisión concretó en distintos comunicados de prensa refiriéndose a los “enemigos del euro” (sic), al tiempo que se sucedían continuos debates a puerta cerrada y la troika (BCE, FMI y Comisión) intervenía de forma evidente sobre Italia y Grecia, donde ya se ha consumado la transición de gobiernos democráticamente electos a gobiernos tecnocráticos (Monti y Papademos) sometidos a las reglas que impone la eurozona.

Todo ello ha sido caldo de cultivo para las suspicacias de los analistas, exacerbando la preocupación de los que se ven alejados de las decisiones que se toman a nivel continental. En cierta forma, el deseo de establecer un mayor control democrático en la eurozona suena a excusa para cuestionar la autoridad moral del rigor presupuestario.

Y cierto es que cabe cuestionarse si es legítimo que estos gobiernos tecnocráticos tomen medidas con fuertes costes para las sociedades, cuando estas sociedades no se pronunciaron sobre los mismos. Debe decirse que legítimos sí son, pues en caso alguno se ha atentado contra los procedimientos legalmente previstos, constitucionalmente o en los Tratados, firmados y ratificados por los Gobiernos y Parlamentos nacionales. Otra cuestión, y no baladí, es si los ciudadanos aceptarán las decisiones políticas de esas figuras tecnocráticas.

En el ámbito estrictamente comunitario, dejamos constancia de la llamativa relevancia del aspecto informal de los acuerdos en el eje franco-alemán, aunque cabe destacar el peso que adquiere el triángulo institucional propio del método comunitario, cuando el comisario Rehn se convierte en el gran supervisor de los gobiernos nacionales, algo que deja a los Estados miembros totalmente fuera de los posibles cálculos utilitaristas de los típicos intereses nacionales.

Estamos, por tanto, ante el dilema de la toma de decisiones multilaterales con dudosa transparencia, pero que tienen por objetivo reducir el riesgo del conjunto, aunque perjudiquen (temporalmente o no) a algunos miembros, y por tanto debe reconocerse que estos cambios gubernamentales en Grecia e Italia son un botón de muestra, van mucho más allá de la intención de contrarrestar o combatir la volatilidad de los mercados.

Siempre se dijo que una de las grandes ventajas que el método comunitario ofrecía a los Estados era la vertiente tecnocrática y la neutralidad de los órganos europeos a la hora de sintetizar intereses nacionales o sectoriales. Del mismo modo, la centralización en Bruselas evita que el programa legislativo quede sujeto a los procesos electorales nacionales. En España estamos en pleno proceso electoral y por tanto la intervención queda en puntos suspensivos… Lo que vemos en nuestros países vecinos del Mediterráneo supone por primera vez la escenificación de un cambio de agenda impuesto por mandato supranacional, cambio que podría llegar a ser desfavorable, en algunas circunstancias, a los intereses propios de los Estados.

La crítica de la opinión pública todavía no se hace demasiado evidente, lo que augura un voto de confianza en el espíritu funcionalista imperante. Con todo, seguimos viendo en los mercados extrema volatilidad, por lo que Alemania (como venía yo intuyendo) acabará rindiéndose a la evidencia de que el BCE no puede permanecer incólume, y cederá a la creación de los Eurobonos. Es cuestión de semanas. Ambos elementos son señal de que la Unión Europea recoge el testigo constitucional, si no de forma, sí de fondo. Los gobiernos de la eurozona se europeízan hasta el punto de perder toda soberanía sobre sus decisiones económicas. La fuerza de los hechos deja en evidencia que los rigores del mandato del BCE no eran soportables sin mutualización. Si ha habido enemigos del euro, bienaventurados ellos que nos han dejado ver nuestros errores.

[Fuente ilustración: Bloomberg]