sábado, 5 de noviembre de 2011

Dos anónimos en la capital de Europa

Ocurre en el 60 de Rue Wirtz, bajo un techo de cristal. Olor a moqueta y murmullo asfixiante. Son las once de la mañana. Lo intuyo de reojo. Me observa. Transmite la nostalgia de una mirada a la que yo resultara conocida. Se aleja de la masa arremolinada en torno a la cafetera. Sostiene un café en la mano izquierda. De pronto, cohibida por el escrutinio de sus ojos, pienso en el momento del regreso a Barcelona. Esquivo las promesas de gozo. Siempre. Ojos azules. Aquí y allí. Imagino sus ojos en todas las edades. Sus ojos de niño. Los de mi niña. Excusas para no pensar en besos que imaginariamente se tejen con un hilo de oro invisible. Lo miro con reparos cuando él me da la espalda, hipnotizada por ese dulce pelo lacio color miel con destellos plateados. Mi independencia, el viaje en sí, el contexto se hace incómodo por momentos. Al segundo, veo su brazo extendido frente a mi mano derecha y apenas reacciono a su saludo en inglés, no bruselense, más bien germánico, algo engolado. Dejo constancia de mi aplomo, a pesar de que en el fondo mi corazón se despereza. La mariposa de mi solapa salta del broche al estómago. Y ambos, la mariposa y el corazón insisten en golpearme con firmeza. Todo lo importante. Lo precoz. Lo inesperado. Te percibes codiciando lo espléndido, egoístamente. El aire parece estar repleto de olores agradables. Transitas por un mundo de emociones. Sientes el fuego en el invierno. El cansancio se esfuma. El suplicio de las reuniones eternas, informes, directivas, las pocas horas de sueño, las esperas en la terminal... De cómo una misma es testigo del raciocinio entrando en disputa con la pasión. La mesurada y correcta ve cómo los recuerdos amargos se funden en silencio. Las posibilidades de un extraño y reconocerse al segundo preguntándose cómo el destino fraguó ese escondite: el 60 de Rue Wirtz. Justamente allí. Ironías. En el aleph europeo, en la gris y burocrática Bruselas.