viernes, 18 de marzo de 2011

Más cerca de la armonización fiscal europea

Las tensiones que ha sufrido el euro y los efectos de la crisis han reforzado la coordinación económica en la UE, y se han traducido en iniciativas como el Pacto de Competitividad impulsado por Alemania y Francia a principios de febrero, aunque fuera recibido con hostilidad por la eurocámara y algunos Estados miembros (sobre todo por la parte de las limitaciones constitucionales) y finalmente se quedara a medio camino, es decir restringiendo los límites de endeudamiento, en la línea de lo que establecía en su día Maastricht, con un umbral de exigencia algo "blando" para mi gusto.

Consciente de la oposición que presentarían los siempre perniciosos intereses nacionales o sindicales al pacto merkeliano, el hábil Barroso decidió aprovechar la mala marea para pergeñar otros pactos en bambalinas con Van Rompuy. Porque a Barroso lo del control del déficit y los recortes presupuestarios le sabe a poco y es muy consciente de que la competitividad europea pasa por mayor integración, y por la eliminación de las muchas barreras que encuentran las empresas dentro de la Unión para poder desarrollarse al máximo. Su objetivo es el gobierno económico, un entorno en que las empresas puedan funcionar sin la intervención de las administraciones nacionales y sus grupos de intereses respectivos. Cierto es que es pronto para poder confirmar todavía avances tangibles en el gobierno económico, aunque se materializan pequeños aciertos, algunos en el marco de la barrosiana Estrategia 2020, que destacaba ya en su diseño la necesidad de encaminarse hacia una armonización fiscal, típico caballo de batalla de la Comisión. Sea como fuere, esta batalla corona su primera victoria con la propuesta de Directiva presentada anteayer por la Comisión europea.

Independientemente de la cuestión de fondo sobre si es beneficioso instaurar una fiscalidad común en la eurozona, sí parece idóneo unificar trámites en las empresas con actividad en más de un Estado miembro. Aquí se nos presenta un avance y aplicable a toda la UE. Se trata de la anunciada y esperada Directiva que instaurará la base común para el impuesto de sociedades a todas las empresas que operan en territorio comunitario, articulando la base imponible consolidada (CCCTB), que implica armonizar la base tributaria en los 27, de modo que las empresas que operan en más de un Estado miembro no se vean sometidas a distintas normas de cálculo. Esta nueva Directiva implicará simplificación y descenso de litigios. No obstante, de momento las prerrogativas sobre el tipo, las deducciones y la recaudación permanecerán bajo soberanía nacional, ya que, como sabemos, la fiscalidad está blindada por los Estados.

La recaudación se realizará una sola vez, aunque el monto total de la base imponible se repartirá entre los Estados correspondientes, y se desglosará según los tres factores básicos de localización ya conocidos: activos, trabajadores y ventas.

Junto a este sistema de ventanilla única para el impuesto de sociedades, la propuesta legislativa prevé acompañarse de iniciativas para la pequeña empresa, como mejorar su financiación con un mejor acceso a los mercados de capital riesgo y propiciando que grandes o pequeños bancos puedan acceder fácilmente a los préstamos del Banco Europeo de Inversiones y a los instrumentos de la UE. Otro grupo de medidas se encamina a facilitar el cobro transfronterizo de deudas, así como la revisión del sistema europeo de normalización, para que los estándares favorezcan a las pymes. También se asesorá a las pymes en la aplicación de la normativa relativa al etiquetado de origen.

Con la nueva Directiva, en la práctica las empresas europeas dispondrán de una ventanilla única para presentar sus declaraciones fiscales en el conjunto de la UE, lo que evitará hasta 27 trámites tributarios distintos. Se ha estimado que las empresas se ahorrarán 2000 millones de euros anuales en gastos de consolidación y conformidad que tenían que asumir hasta ahora. Las empresas presentarán una sola declaración fiscal consolidada a una única administración. No es osado pensar que esta base única empuje a algunas empresas a expandirse fuera de sus fronteras nacionales.

Sin embargo, este sistema consolidado será optativo, por lo que no se obligará a todas las empresas a su aplicación, al menos inicialmente. Está por ver qué incidencia tiene sobre el empresariado europeo, aunque posiblemente esta base consolidada hará más atractivo el territorio de la Unión Europea para las inversiones exteriores. De momento, se espera que el Parlamento europeo dé luz verde a esta propuesta de la Comisión, y finalmente deberá aprobarse en el Consejo, donde se podría evitar el veto irlandés (recordemos que tiene una condicionalidad particular en el Tratado de Lisboa que le permite quedar fuera de los acuerdos fiscales), y que en todo caso no impedirá que esta norma sea vinculante para los 27, ya que recordemos que las Directivas son de aplicación obligada en todo el territorio de la Unión, aunque insisto en que esta norma será de uso opcional por parte de las empresas.

Como es sabido, las empresas siempre agradecen las facilidades, y esta nueva norma elimina un obstáculo y reduce costes, por lo que recibirá una buena acogida en el mundo empresarial. No dudo de que la medida será un éxito desde el punto de vista de la eficacia y la competitividad, y por supuesto de la creación de empleo, ya que la base armonizada en el impuesto de sociedades es una vieja reclamación de las empresas con actividad transnacional.

No obstante, debería abrirse el debate sobre la conveniencia de ir hacia la armonización fiscal, cuanto menos en la eurozona, donde se producen graves desajustes, como aquellos que penalizan al contribuyente en función de su nacionalidad y no de su renta, algo que carece de sentido en una Unión, precisamente porque la movilidad sigue siendo escasísima. Eso me lleva a pensar que ha llegado el momento de tomar decisiones políticas que incentiven la movilidad en las sociedades europeas, ya que no hay coraje para ceder prerrogativas estatales.

La eliminación de obstáculos y la flexibilización en paralelo con una armonización europea de las normas legales serían un adecuado punto de partida para fomentar una ciudadanía móvil, algo que a medio plazo se convertirá en pieza clave para dinamizar la economía del conjunto de la Unión Europea, si es que verdaderamente todos creemos en este proyecto común y no aceptamos que otras economías más abiertas, como las asiáticas, acaben por relegarnos.

Como se preguntaba Alesina en uno de sus libros, ¿está un parisino preparado para ver cómo los turistas asiáticos compran productos de lujo en les Champs Élysées que él no puede adquirir? Supongo que eso es ser pobre, e imagino que a nadie le atrae la idea. ¿Es una hipótesis exagerada? Probablemente, aunque parece que los europeos estamos perdiendo poder adquisitivo en los últimos tiempos, disponemos de más ocio pero de menos recursos. Las empresas no encuentran incentivos para crecer y contratar a nuevos empleados. La respuesta a la crisis es que nuestras empresas han de ser más competitivas y ofrecer algo distinto y valioso.

Muchos temen a la armonización fiscal porque interpretan que incrementará la presión fiscal en muchos Estados, cuando lo cierto es que podría hasta reducirse tanto en términos individuales como estatales, los primeros al aumentar la cifra de contribuyentes, y lo segundo al crear una caja común europea muchos Estados miembros dejarían de poder justificar sus fuertes presiones fiscales. Por lo pronto, la armonización fiscal elimina distorsiones en el mercado interior y favorece la transnacionalidad. No sé si acaba de tener sentido que se aplique desde ahora la base única, mientras se siga tributando según criterios distintos en cada Estado miembro, algo que distorsiona la propia actividad empresarial, claramente en el caso de empresas transnacionales. El mercado interior sería más eficaz si las normas y leyes fueran uniformes en todo el territorio, lo que eliminaría las actuales distorsiones. Creo honestamente que la Directiva en cuestión es un buen principio, pero insuficiente.