martes, 1 de febrero de 2011

Un nuevo Consejo de invierno con el euro a velocidad de crucero

Por cierto, ayer tuve una pequeña discusión en twitter. Soy fan de Barroso, como saben. Me decía un asesor de la Comisión que es el que más se ha movido para lograr un posicionamiento común de la UE ante los sucesos de Egipto y Túnez. Yo le pedía pruebas. Creo que Barroso es el líder más comprometido con la Europa política, y siempre lo he dicho, pero le falta capacidad de imponerse. Afirmo que la Comisión Barroso II tiene un perfil más alto y ambicioso del que imaginábamos, pero le ha tocado lidiar con épocas extrañas. En fin. La vida sigue y todavía podemos encontrar motivos para la poesía. Me encanta febrero. Siempre me ha inspirado. Es cortito, vitalizante. El corazón del invierno. Este viernes día 4 llega el nuevo Consejo de invierno en Bruselas. La agenda de los 27 preveía Energía e I+D. Pero también hablarán de la eurozona, punto añadido a última hora. Se abordará el posible aumento del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF), a instancias de Barroso, que es muy persistente, como sabemos. Llevamos más de un año hablando de turbulencias, de segundas oportunidades, aterrizajes de emergencia, bla, bla, bla. Parecía que en los últimos trimestres cada reunión del Consejo en Bruselas era el relato de una tragedia griega. Como no podía ser menos, los cronistas adictos a los pasillos (a los que la moda wikileaks les ha pisoteado el terreno) siguen buscando rifirrafes y magnificando discordias en sus columnas y comentarios. Cuenta un insider que el martes pasado cenaron privada y tensamente Merkel y Barroso en un palacio barroco berlinés (adjunto foto del paraje). El cronista que entra en los detalles se recrea en el supuesto desacuerdo sobre aumentar el fondo de estabilidad, y acaba introduciendo a Van Rompuy como solución. No podría discrepar más. De hecho, parece que Barroso fue tan persuasivo que Berlín está reconsiderando incrementar los famosos 440 billones de euros del FEEF.

Ahora que estamos a punto de poner el piloto automático al mando de la moneda única, es hasta anacrónico incidir en las peleas internas entre líderes europeos, aunque entiendo que esto venda mucho entre los lectores de habla inglesa (por cierto, no se pierdan este artículo y el comentario de un lector que sitúa la mano de la CIA tras la adhesión del Reino Unido a la UE). Cierto es que el Reino Unido es el eterno rebelde sin causa, pero también lo es que no es el único que practica la táctica de “la silla vacía” para boicotear las negociaciones en los Consejos, mientras debate sobre una posible ley que condicione a referéndum los futuros avances en la integración europea. Sin duda, un escenario que aleja a los británicos de la moneda única, aunque todo es posible, porque me cuentan que Cameron se mostró muy defensor del euro en Davos el pasado fin de semana, además de que se le intuye más europeísta en los últimos tiempos. ¿Qué me dicen del comunicado común de Alemania, Francia y Reino Unido sobre la situación en Egipto que se publicó este domingo? El asunto de las reacciones cruzadas en Europa ante los conflictos egipto y tunecino merece un post especial algún día...

Quería hablar de Bruselas. Este viernes se volverá a debatir en el Consejo sobre el futuro del euro, y por ello reincido hoy en tratar de arrojar luz para todas aquellas personas que suelen preguntarme qué ventajas ha tenido para nosotros entrar en el euro, o, si tiene algún sentido mantener la moneda única europea. No me cansa el asunto, e insistiré todo lo que sea necesario en los conceptos elementales. Lamento haberme extendido demasiado en esta introducción porque la idea que quiero transmitir es sencilla, incluso sin necesidad de caer en “mis naturales prejuicios federalistas”, a pesar de que el euro sea el ejemplo más práctico de lo que es un instrumento federal concebido para solventar problemas que los Estados son incapaces de acometer por sí mismos.

Empezaremos recordando que la creación del euro ha sido el paso más trascendental en la unidad de Europa. Seguiremos por mencionar las crisis de los setenta, aquella en que los países europeos descubrieron que la inestabilidad de sus monedas era un obstáculo que penalizaba su desarrollo económico interior. Pasaremos de puntillas por la serpiente monetaria, en los ochenta, que permitió converger los tipos cambiarios de los Estados miembros. En aquella situación, los Estados peor posicionados no conseguían colocar su deuda en los mercados financieros.

Por ello, en los noventa se animaron a delegar la política monetaria a una institución independiente, como es el Banco Central Europeo. La simple pertenencia al euro tuvo un doble efecto positivo: redujo los tipos de interés y, por ello, todos los países accedieron a créditos más baratos; y facilitó la colocación de las deudas soberanas en los mercados, confiando en la buena salud del euro, que absorbía economías sanas. No obstante, el euro eliminaba la capacidad de devaluación, instrumento usado tradicionalmente por los gobiernos para tratar de recuperar la competitividad, incrementando las exportaciones. Sin embargo, algunos olvidan que la devaluación no es tan ventajosa, porque también reduce el valor de la deuda con acreedores exteriores si está denominada en moneda local, pero la incrementa si está en moneda exterior. Esto puede provocar que el rating crediticio internacional de un país se hunda.

Justamente este argumento es el que hace que hoy resulte tan costoso salir del euro. El Estado que lo haga se verá duramente penalizado.

Durante los primeros ocho años en circulación del euro todo iba muy bien, hasta que los mercados empezaron a desconfiar. Aunque no únicos, los dos casos más sonados han sido el griego y el irlandés. Grecia entró en colapso, pues su consumo interior creció a un ritmo superior a su producción, generando un endeudamiento que, para colmo, se había ocultado mediante la manipulación de las cifras oficiales. En Irlanda, la burbuja inmobiliaria generó también un exceso de endeudamiento y un superávit de viviendas de más del 20%. También Italia, Portugal, España y Bélgica se encontraron con índices de endeudamiento inusitados y un fuerte problema en cuanto a sus deudas soberanas.

Como sabemos, desde mayo de 2010 existe un mecanismo oficial que trasluce la influencia política sobre la economía. Me refiero al Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF). Desde entonces hasta la famosa inyección china de fechas recientes, ha llovido mucho. Se sospecha de la existencia de un acuerdo intraeuropeo que dejaría fuera de juego a las agencias de rating, que en estos momentos viven horas bajas. Me explico. Por ahora, este mecanismo compra papel de deuda en el secundario a precios muy reducidos, por lo que esos países que he mencionado pueden reducir sus deudas soberanas. Cabe decir que la mayoría de los titulares de esas deudas son bancos o aseguradoras europeas, algunas de carácter semipúblico, por lo que en realidad algunos interpretan que los propios Estados miembros presionan sobre estas entidades para que no especulen exigiendo mayor interés en los bonos, aunque a cambio obtienen la garantía tácita de que esos bonos no se deteriorarán.

¿Qué tiene el euro que ver con todo esto?
Tenemos una eurozona con 16 Estados miembros, cuyos gobiernos tienen que lograr préstamos en el mercado internacional para poder pagar sus deudas. La eurozona propicia que los países se respalden mutuamente, pero el Tratado evita los rescates. Por ello tendría que modificarse el Tratado de Lisboa para incrementar la capacidad del FEEF, y esto explica que Alemania haya expresado su deseo de modificar el Tratado, precisamente, para evitar que la quiebra en un Estado miembro tenga un coste compartido por todos. Es decir, el euro, en primer lugar, significa compartir costes, y en segundo lugar, obliga a los Estados a recuperar sus economías sin recurrir a la devaluación, lo que obliga a aumentar la demanda y la productividad, contrayendo el gasto público, reduciendo salarios, y todas esas medidas duras y desagradables con gran coste político.

La unión monetaria nos empuja hacia un gobierno económico supranacional. Los líderes nacionales ya no pueden actuar libremente, sino que ha de existir coherencia. Ya no sirve la coordinación abierta a la que nos acostumbró el sistema de la ya obsoleta Agenda 2000. La perspectiva de un gobierno económico europeo despierta temores, incluso entre aparentes federalistas como Angela Merkel. Seamos claros, Merkel no se acaba de fiar y por ello prefiere acogerse a los mecanismos menos políticos, como el Fondo Monetario Europeo, donde todos los Estados miembros tendrían que poner la carne en el asador, asumiendo riesgos, sobre todo porque Alemania hasta ahora ha desempeñado el papel de salvador.

¿Gobierno económico o Eurobonos?
La troika que forman la UE, el BCE y el FMI diseñó el mecanismo de apoyo que ha facilitado la colocación de las deudas soberanas en el mercado. Así, el mercado absorbió con pasmosa rapidez y facilidad la primera emisión de deuda del FEEF (5 millones de euros en bonos a 5 años) a un moderado interés del 2,5%.

En virtud de este mecanismo lo que se visibiliza es que los Estados miembros con superávit están financiando la credibilidad crediticia de toda la eurozona. Como es de biennacidos ser agradecidos, vamos a poner cara a esos generosos países: Alemania, Francia, Luxemburgo, Finlandia, Holanda y Austria, aunque no sería necesario porque la concepción de la eurozona se sustenta sobre un confederalismo que, en este caso, impone sobre los Estados miembros que se benefician del FEEF una fuerte disciplina fiscal y el cumplimiento -por fin- de las restricciones que imponía el ya caduco Pacto de Estabilidad y Crecimiento.

De modo que la gobernanza económica que se presuponía implícita a la creación de la unión monetaria, se ha concretado por la vía expeditiva.

Por ejemplo, se acaba de introducir ese invento de Van Rompuy y su task force, el “Semestre europeo”, práctica consistente en que los gobiernos nacionales presenten en el primer semestre de cada año, el presupuesto del Estado y las políticas estructurales anuales. La UE detectará posibles desequilibros y el Consejo Europeo determinará cada mes de marzo los principales retos económicos que afronta la UE, y proporcionará orientaciones estratégicas a los Estados miembros, a partir de las cuales los gobiernos presentarán sus estrategias presupuestarias a medio plazo, para la estabilidad y convergencia. Cada mes de julio, basándose en los programas presentados en abril, el Consejo Europeo y el Consejo presentarán sus indicaciones a los Estados miembros.

De consolidarse este método, se superará el viejo Pacto de Estabilidad y Crecimiento, que todo el mundo se saltó a la torera, y presumiblemente se obtendrá un doble beneficio: aumentará la credibilidad (cuanto menos económica) de los Estados, y se consolidará la recuperación tras 2013, cuando expira el mecanismo del Fondo de Estabilidad, que lleva de cabeza a Barroso.

Este tipo de movimientos que hacen referencia a una homogeneización de los estándares macroeconómicos y fiscales en la eurozona, en cierta medida, son evocadores de la Europa federal, aunque de un modo inmediato parece que podrían tener su traducción en la emisión de eurobonos.

El escenario de la federalización es el más alentador. De hecho, los eurobonos serían emitidos por una agencia de deuda europea a instancias de distintos Estados miembros. Estos bonos estarían garantizados por la UE en su conjunto. Bien es cierto que Alemania se opone, ya que es partidaria de evitar una unión en la que los fuertes ayuden a los débiles de forma sistemática. Sin embargo, pensemos en Estados Unidos, una gran federación con muchas asimetrías que es sostenible porque funciona sobre ese precepto, es decir el de las transferencias entre estados de la unión. Una de las opciones que apuntó Alemania, en cambio, fue la creación del Fondo Monetario Europeo, mediante el que los gobiernos que no pueden conseguir dinero en los mercados privados podrían conseguirlos de otros estados europeos, bajo estrictas condiciones. En todos los escenarios, la realidad de la devaluación interna (austeridad) para los países afectados por la crisis económica parece inevitable, aunque podría verse mitigada si se institucionalizara un gobierno económico en la UE. De momento, sabemos que China ha apuntalado a algunos Estados miembros, adquiriendo deuda soberana (seis billones de euros de bonos españoles), lo que nos dice que China no está en absoluto interesada en que el euro desaparezca, que tiene a un gran socio comercial en una Unión Europea, cuanto más fuerte y estable mejor. No hagamos segundas lecturas de momento. Los gobiernos tendrán que imponer las restricciones necesarias, pero la supervivencia del euro parece asegurada. Así lo dicen los mercados, y en cuanto a las agencias de rating, bien podrían ir echando el cierre. Ahora falta ver si Barroso se sale con la suya. Depende de qué tendencia se vaya imponiendo en el Consejo de este viernes. En marzo se espera reunión decisiva del Eurogrupo. Disfrutemos de la calma mientras dure.


Imagen: Scholss Meseberg, donde cenaron Merkel y Barroso el martes pasado.