miércoles, 9 de febrero de 2011

Tras su primer año de mandato, la Comisión a examen: ¿Ambiciosa o eficaz?

¿Qué se espera de la Comisión? ¿Consideran que se trata de un Gobierno europeo? ¿Les gustaría que se comportara como tal? ¿Desearían conocer mejor las funciones que desempeñan los comisarios? ¿Qué poder real tiene el presidente Barroso? ¿Tienen dudas sobre las competencias políticas? ¿Echan de menos una única voz en la Unión Europea? ¿Transparencia? ¿Accesibilidad? ¿Acaso coraje político? ¿Es la Comisión un organismo eficaz y útil a los ciudadanos? Temo que muchos ciudadanos, incluso los más entusiastas, desconocen en gran medida qué significa la Comisión europea.

Es momento de ir asumiendo que la Unión Europea tiende a una mayor uniformización, de un modo especial en la eurozona. Precisamente hoy -que la prensa se hace eco de las críticas que los eurodiputados expresan sobre el Pacto de Competitividad propuesto por el eje franco-alemán en el Consejo- es muy pertinente el debate sobre el reparto del poder en la Unión Europea. Sin duda, se precisa un organismo visible y dotado de autonomía, capaz de desarrollar las competencias que gradualmente los Estados van perdiendo.

Hoy se cumple un año de andadura del mandato de la segunda Comisión presidida por el portugués Barroso (más popularmente conocida como Barroso II).  Se ha trabajado duro. Se han seguido emitiendo regulaciones, se sigue en la brecha por sacar adelante la nueva Directiva sobre el mercado único de Servicios. Los Estados siguen demorándose en el cumplimiento de plazos que la Comisión prescribe siempre en sus Directivas. Algunos se eternizan en acreditar y transferir las leyes europeas, se hacen descaradamente los remolones, ignorando que está en el interés de empresas y consumidores, ergo ciudadanos, el cumplir con las prescripciones del Ejecutivo comunitario, y eso es especialmente sangrante en la consecución -fallida- del mercado único de la Energía y en el ya citado de los Servicios, gran caballo de batalla de esta Comisión. Está la lucha por la visibilidad. Barroso pelea por no quedar eclipsado por el Consejo, e incluso por Merkel y Sarkozy. Recordemos las dudas que se planteaban en el momento de la votación en Estrasburgo un año atrás. Varias observaciones al respecto. Con motivo de esta efeméride, se está desarrollando hoy y mañana en Bruselas una conferencia ("Implementar el Tratado de Lisboa") en la que participan gran número de comisarios. Precisamente los ajustes que ha implicado el Tratado de Lisboa, que lleva algo más de un año en vigor, han dificultado en gran medida el despegue de la Comisión. Ayer, también en Bruselas, hubo una reunión de alto nivel sobre el mercado interior, auspiciada por la Comisión, donde se abordó la preparación de la cumbre sobre la reducción de emisiones de carbono.

Estos y muchos otros actos similares forman parte de la agenda habitual del Ejecutivo europeo. Sus aspiraciones van mucho más allá. Es innegable que a algunos federalistas nos gustaría ver a la Comisión menos maniatada por el Consejo, más autónoma. Pero para ello, el presidente debería ser elegido en sufragio por todos los ciudadanos europeos y responder de su gestión en un proceso electoral. La irrealidad de ese escenario, deseado pero improbable, no impide que la UE avance.

Sin embargo, y a pesar de las críticas desinformadas que se suelen expresar ligeramente contra Bruselas, se da la extraña paradoja de que la opinión pública exige mayor visibilidad y contundencia a las instituciones europeas, en especial al presidente de la Comisión. Imagino que, acto seguido, se preguntarán por el papel de Van Rompuy como presidente permanente del Consejo. En mi caso, no tengo dudas. El poder de Barroso es de mucho mayor espectro que el de Van Rompuy, y no sólo por el perfil personal de cada uno de estos personajes, sino porque la Comisión tiene un mandato de cinco años, mientras que la presidencia permanente se queda en dos años y medio, y su papel tiene más que ver con la mediación entre los jefes de Gobierno en el Consejo Europeo. No debemos olvidar que la Comisión tiene iniciativa legislativa, y es el guardián de los tratados, por lo que su poder de vigilancia política es muy notable.

Quiero darles a conocer una valoración de esta Barroso II y su equipo. Con algunas salvedades. Se trata de un estudio que, no obstante, debe ponerse en cuarentena porque no se ha realizado entre ciudadanos de la calle, sino que es selectivo. Me explico. Exhibe ciertos sesgos, principalmente que se ha desarrollado entre actores políticos, interlocutores y funcionarios de todos los países de la UE. Con todo, tiene interés y por ello les invito a leer los resultados de esta encuesta que es rigurosa y pormenorizada, a pesar del, también presente, sesgo de género, ya que -"atención"- el 64% de los encuestados fueron hombres, si bien es de justicia reconocer que ese porcentaje refleja la palmaria realidad. A las mujeres nos queda mucho trecho por recorrer para alcanzar la relevancia y la presencia correspondiente, incluso en la política europea.

Selecciono algunos detalles llamativos. Por ejemplo, sólo un 5% de los encuestados considera que las relaciones con terceros países son relevantes... mi reflexión inmediata me lleva a plantearme dónde quedan los continuos lamentos contra la lentitud de Ashton, por no hablar del complejo entramado del Servicio Europeo de Acción Exterior, en que tantas energías se han volcado, y que tantas ilusiones rotas ha dejado entre los funcionarios de la antigua Relex. Misterios insondables. Como también lo es que precisamente Ashton salga bastante bien parada en el examen, y es que algunos excusan su desdibujado perfil por el doble mandato, el famoso double-hatting (ya que es vicepresidenta de la Comisión, pero también representa los intereses de los Estados).

Del mismo modo, muchas opiniones demandan mayor coraje político a Barroso, al que acusan de ser demasiado precavido y gris, le critican por abusar en exceso del lucimiento de su don de lenguas, mientras que -en extraña esquizofrenia- le valoran mejor que a sus propios gobiernos nacionales. No sorprende que los muy activos (y en ocasiones polémicos) Rehn, Reding y Kroes aparezcan bien puntuados, mientras que el desdibujado Tajani se ubica en la cola... preocupante, teniendo en cuenta que gestiona empleo y crecimiento, si bien en su descargo debemos reconocer que se trata de una cartera un tanto vacía de competencias reales.

La sensación general entre los encuestados es que Barroso está protagonizando el mandato más presidencial de la historia, incluso por encima de Delors. Es una afirmación que tiene interpretaciones perniciosas. ¿Hasta qué punto el perfil presidencialista es criticable? Si algo está claro es que Delors ha sido una pieza clave para la construcción europea, y su relevancia le sitúa al nivel de los "padres de Europa". No sé si Barroso podrá alcanzar ese grado de importancia histórica, pero no es descartable que el mandato presidencialista sea una consecuencia directa de tener que lidiar con un gobierno demasiado grande. Se trata de liderar y coordinar un Ejecutivo de 27 ministros/comisarios, algo meritorio que no aplaca la intensidad de la labor diaria de este europeísta y trabajador inasequible al desaliento.

A mitad de mandato (en verano de 2012) se realizará una nueva encuesta. Espero que tenga mayor alcance y que implique también a los ciudadanos de la calle.

Creo que este tipo de iniciativas concretas (más allá del frío Eurobarómetro) contribuirían también a crear conciencia ciudadana de la política europea. Si queremos una Europa con un presidente visible y que responda electoralmente, previamente debemos crear ese espacio público europeo donde germine el interés político de los europeos por sus líderes. Tenemos que conocer para poder ser críticos. Se trata de un espacio donde todos tenemos cierto margen de presión y actuación como sociedad civil.

Hasta entonces, mucho tiene que llover sobre una Unión Europea que debe superar la confusión en su estructura de poder, además de fraguar una colaboración más estrecha entre sus instituciones con mayor ambición y claridad. No albergo la menor duda de que la Comisión tiene que ejercer ese liderazgo, reforzando su capacidad de influir y supervisar (y en lo posible ampliar) la consecución de los objetivos comunes que nuestros tratados consagran.