lunes, 14 de febrero de 2011

Europa y las mujeres

La semana pasada tuvo lugar en Madrid un evento organizado por la European Professional Women's Network. Se debatió sobre cómo las mujeres marcan nuevas tendencias en la gestión empresarial, cómo maximizan su potencial para dirigir, cómo encajan el sistema de recompensas o cómo diseñan el empowerment. Es decir, la mujer trae consigo una nueva cultura empresarial, marcada por la idiosincrasia femenina de la responsabilidad y la eficacia.

Europa y las instituciones comunitarias diseñan y contribuyen de forma constructiva, mediante acciones blandas, a rectificar la ausencia, injustificada y crónica, de mujeres al frente de grandes corporaciones e instituciones. Según una encuesta de Russell Reynolds y la EPWN, entre las principales empresas europeas, la presencia de mujeres en los consejos directivos se sitúa en un 12% en 2010, lo que marca un crecimiento en la paridad de un 21% bianual (teniendo en cuenta que en 2004 ese porcentaje era del 8%). Esta pauta marca 2016 como fecha para alcanzar la paridad. Aunque sólo una regulación adaptada a la realidad puede garantizar ese objetivo.

¿Europa como aliada de los intereses femeninos? No exactamente. Todo el mundo tiene una idea aproximada de lo que espera de Europa. En los últimos tiempos, los ciudadanos experimentan sentimientos encontrados, a caballo entre la desesperación por mejorar su situación personal y la esperanza de que la crisis estructural pasará a mejor vida, sea o no de la mano de las instituciones de Europa. La mayoría carecen de elementos para valorar la dimensión europea de los hechos, más allá de las -más bien breves y poco contextualizadas- noticias relacionadas con las decisiones de los esporádicos Consejos. Incluso el comentado "Discurso del estado de la Unión", pronunciado por Barroso, pasó de puntillas entre algunos titulares nacionales.

Parece claro que esta ausencia y su continuidad en el tiempo, acabarán por delatar que la Unión Europea es incapaz de definir una hoja de ruta o un destino hacia el que caminar. Las cuestiones fundamentales no aparecen ni se visibilizan. No se da relevancia a la conexión tan profunda que existe entre la política nacional y la política europea. Sigue sin existir ese enlace en la opinión pública. He ahí la clave: el enlace informativo.

En Italia, este pasado domingo, miles de ciudadanos se manifestaban contra el sexismo manifiesto del máximo dirigente italiano. Ya casi nadie pone en duda que Berlusconi es una deshonra y un insulto a los valores europeos. Indigno de formar parte del partido mayoritario en la Eurocámara, el Partido Popular Europeo (por cierto, incapaz de asestarle un puntapié, llegando incluso a apoyar en 2010 una ley de medios italiana de tintes claramente monopolistas, que atentaba contra la pluralidad informativa en Italia). La permanencia de Berlusconi en el poder insulta, desde mi punto de vista, la dignidad femenina. Debo decir, no obstante, que una de las batallas mejor lidiadas por la Unión Europea es la política de género.

Al margen de comportamientos personales rechazables, se ha valorado la incidencia de la legislación en el incremento de la presencia femenina en los ámbitos directivos. El estudio toma como referencia la legislación noruega (aunque no es Estado miembro de la UE) por ser la más exigente en cuotas, lo que se ha traducido en la presencia de un 37,9% de mujeres en los consejos directivos este pasado 2010, línea que se predice ascendente. De hecho, la severidad de la ley de Noruega (que introdujo una cuota de 40% en 2008) se traduce en la disolución de las empresas no cumplidoras de la cuota. La legislación incide, claro está.

Ahora bien, es lícito preguntarnos si la legislación es el camino idóneo para incrementar la presencia femenina en los puestos de mando. Justamente, la semana pasada, Angela Merkel invitaba a los empresarios alemanes a ser creativos en ese campo, para evitar una "imposición" gubernamental de esa "creatividad". La comisaria de Justicia, Viviane Reding, se muestra partidaria de las cuotas, tema que además fue abiertamente planteado en el foro de Davos. Reding afirma que las cuotas podrían ser necesarias si las empresas no incorporan a mujeres de forma voluntaria. Por ello, el próximo mes de marzo, habrá una reunión entre la comisaria y algunos líderes empresariales europeos para tratar de llegar a algún acuerdo que concrete medidas autorregulatorias.

Es decir, la Comisión, por lo pronto, se aleja de la imposición de cuotas y opta por situar la igualdad en el terreno de los objetivos políticos generales, con ambición pero sin imponer. Siguiendo las pautas comentadas en la encuesta citada supra, Reding estima que en 2015 debería aumentar en un 30% la presencia de mujeres en órganos directivos, simplemente mediante la autorregulación de las empresas. Sólo si estos objetivos se incumplen, empezaría a plantearse la imposición legal de cuotas, sostenidas sobre posibles sanciones.

Invito a un debate riguroso para valorar qué razones de fondo hay para imponer una mayor presencia de mujeres en los ámbitos de poder. Dilucidar si la justificación es económica, política o incluso moral. En el terreno de la estadística hay estudios para todos los gustos. Como suele ocurrir, siempre hay cierto sesgo en función de qué organismo encargue el estudio. De los muchos que hay, se suele citar el de McKinsey (Women Matter), el último de octubre de 2010, en que se afirma que en aquellas empresas con mayor presencia de mujeres los rendimientos económicos son un 56% más altos que en las empresas eminentemente masculinas.

Como decía, los estudios de tinte estadístico deben ponerse en cuarentena, pero un informe de características similares realizado por Goldman Sachs ya apuntaba a que la reducción del salto de género en la eurozona podría incrementar el crecimiento del PIB hasta en un 13%. Hasta el punto de que la firma sugiere a las empresas multinacionales invertir en países donde el salto de género sea menor y donde la presencia de mujeres en la vida económica sea más alta. No cabe incidir en tópicos sobre la supuesta aversión al riesgo de las mujeres, la rapidez en el trabajo o el grado de responsabilidad, porque entraríamos en el terreno de las valoraciones subjetivas, y correríamos el riesgo de trivializar el debate, a pesar de que Reding no se muerde la lengua cuando afirma que "The financial crisis may have turned out differently if there had been more Lehman sisters instead of brothers".

Chanzas aparte, cuando uno de los problemas es el envejecimiento de la población, tampoco parece razonable marginar al 50 % del capital humano en la economía productiva. En este sentido, la integración de la mujer sí ejerce un efecto cohesionador, además de aportar un potencial competitivo notable, al margen de apreciaciones de carácter sexista. Con todo lo dicho, sigo apostando por una cultura meritocrática, y por ello necesitamos mujeres dispuestas a luchar por sus convicciones y transformar los conceptos de eficacia y gestión en el mundo empresarial. En un contexto de poder que sigue modelos masculinos, no está de más que la legislación ayude en ese tránsito, porque las leyes son facilitadoras del cambio. Incluso del cambio de mentalidad. Una legislación europea ofrece un marco de seguridad a las mujeres que desean participar en la gestión empresarial con ambición, y premia a las empresas que desean innovar, apostando por nuevos modelos de dirección. El apoyo institucional es clave. Y ahí la Unión Europea está de nuestro lado.