lunes, 3 de enero de 2011

Un muro en Europa: no me gusta

¿Creen que la cuestión fronteriza o los límites a la inmigración en Europa pueden generar un conflicto sistémico? Podría. Pero ya me adelanto, no me gustan los muros. Reflexiono. En los lindes fronterizos europeos hay posibles fallas, por ejemplo Turquía es un país que despierta muchas dudas, ha sido una potencia en el pasado y tiene un gran crecimiento económico, es la decimoquinta economía del mundo, sin embargo no tiene un papel significativo en Europa, se trata de un régimen secular protegido por el ejército, y con un movimiento islamista impredecible e incluso en aumento. No parece un país agresivo, pero genera conflictos por sus problemas con Grecia y Chipre. En cuanto a la frontera más próxima al Báltico también existe un potencial riesgo de conflictividad, dependiendo del posicionamiento de Rusia y su posible deseo de controlar a los tres estados bálticos, que están en la retaguardia de Polonia, el baluarte defensivo de Alemania. Hay quien ve un posible riesgo futuro en esa área en función de la presión rusa y los temores defensivos de Polonia y Alemania.

Psicológicamente Europa no parece ni preparada ni predispuesta al conflicto, pero hay un problema con la inmigración que genera un riesgo de por sí que, según perciben algunos actores, tal vez las fronteras políticas no puedan constreñir. Me refiero a la inmigración irregular procedente de países exteriores, y no a los movimientos migratorios transfronterizos o a los que se realizan en la zona Schengen. Se trata de la inmigración que puede implicar choque cultural e inestabilidad social. Ahora bien, ese concepto también es ambiguo. Se espera que el inmigrante se convierta en ciudadano, trabaje, tribute, tenga derechos y deberes. Ante eso no cabe muro alguno. La realidad es que no todos los inmigrantes se comportan así. La realidad es que las mafias existen y se lucran a costa de la miseria ajena, aprovechando la vulnerabilidad de algunas fronteras.

Hoy se publica en la prensa europea que Grecia pretende construir una cerca a lo largo de su frontera con Turquía a fin de frenar el flujo de inmigrantes hacia la UE. Es decir, 12,5 kilómetros de cercado en la frontera terrestre con territorio turco, en la zona del delta del río Maritsa. La idea es un calco del muro existente en la frontera México-EE.UU. (1050 Km) construido en 1994 para evitar los flujos ilegales e impedir que las mafias campen a sus anchas. El levantamiento del cercado estadounidense (que tiene una altura de 4,5 m y está dotado de cámaras, radares, sensores, patrullas nocturnas...) fue muy controvertido, pero hoy dispone de mucho apoyo popular entre los norteamericanos, mientras que es criticado por los gobiernos mexicanos y de otros estados latinoamericanos.

Sin embargo, el caso griego es bien distinto, ya que aunque Turquía y la UE no se hayan definido públicamente, es más que probable que ambos sientan recelos ante el levantamiento de un muro con la frontera turca, país que está negociando su adhesión, mientras la UE se muestra contraria a otros muros, como el levantado entre Israel y Palestina. Este muro entra en conflicto con la concepción del sistema internacional y con la política de cooperación que establece la Unión Europa.

A priori podríamos vaticinar que la UE se muestre contraria, y más cuando la Comisión ha ampliado hasta marzo de 2011 la misión especial, conocida como Rabit (con un coste de 9,8 millones de €) para mejorar las condiciones de las oficinas de detención del departamento de inmigración griego, ya que ofrece asistencia técnica y práctica. Hasta ahora la intervención Rabit se ha traducido en una reducción del flujo de inmigrantes a la mitad entre los meses de octubre y noviembre pasados. La Comisión se decanta por los métodos policiales tradicionales. Aunque no es menos cierto que la Comisión ha dado en varias ocasiones la voz de alarma por lo que supone la llegada de una media de 200 inmigrantes diarios, jamás ha mencionado el asunto de la valla. En la actualidad, casi uno de cada diez personas que vive en Grecia es extracomunitario y en el país hay unos 300.000 inmigrantes en situación irregular. En su mayoría proceden de Afganistán, Irak y países del norte de África. Son cifras objetivas que no tendrían que preocupar si no se produjeran en circunstancias que, por distintas razones, no tienen que ver con el fenómeno migratorio en sí. No negaremos que los gobiernos utilizan ese recurso, caen en la tentación de ese debate en épocas de crisis, como la actual.

Crisis de valores en un país, Grecia, que no sólo puede presumir de haber manipulado los datos de sus cuentas públicas sino que además encabeza la evasión de impuestos. No cruzaré debates, porque eso es de chapuceros y demagógicos, pero estoy segura de que un muro no podrá tapar las vergüenzas griegas. Aunque ellos ya han tomado la decisión, así se expresa al respecto el ministro de Interior, Papoutsis: "En Grecia sólo se quedarán los inmigrantes que tengan derecho a protección internacional o derecho de asilo. Nadie más. Todos los demás deberán comprender el mensaje. Se irán de Grecia, sea con una repatriación voluntaria, sea expulsados obligatoriamente”.

El proyecto del muro ya ha levantado duras críticas, no sólo desde el punto de vista humanitario, sino por cuestiones de calado político con respecto a los países africanos y asiáticos de procedencia de la inmigración (se plantean cuestiones de fondo sobre cómo evitar las prácticas proteccionistas en el sector agrícola europeo, que dificultan el desarrollo de la industria agrícola en el tercer mundo). Está por ver en qué queda la controversia, pero Grecia parece decidida a optar por la vía drástica. Seguramente Turquía también tendrá que reforzar el control fronterizo y es muy posible que la UE le exija mayor implicación en controlar los flujos de irregulares.

Sea cual sea la evolución política del conflicto, tenemos una certeza, Europa debe protegerse de posibles conflictos emergentes, asegurando una convivencia pacífica en territorio europeo entre todos los ciudadanos. Recuerdo haber estudiado en Bachillerato el problema de las pirámides demográficas invertidas, y recuerdo mejor aún cómo no me preocupaba el envejecimiento de la población en Europa, porque pensaba que éste podría compensarse con inmigración procedente de países menos desarrollados.

¿Para qué sobrepoblar el planeta cuando la población se puede redistribuir de forma más sostenible e incluso espontánea? Nunca me han convencido demasiado las políticas que promueven la natalidad. Admito que el mío es un argumento simplista y digno de una alumna de bachillerato, pero en líneas generales sigo manteniendo la misma opinión. Creo en la igualdad de oportunidades. Todo ciudadano, de cualquier lugar del mundo, podría tener oportunidad de viajar, trabajar, instalarse y solicitar la ciudadanía de un país distinto al de origen, cumpliendo con la legislación del país de acogida. Tal vez no pueda negarse que la inmigración masiva en ocasiones pone en riesgo la cohesión social, ocasiona masivas violaciones de las leyes, pero la pregunta es si una barrera física es la solución. Debería pensarse en retomar la cooperación como herramienta válida de desarrollo en los países de origen, presionando a los gobiernos de turno en los foros internacionales, incluso vía sanciones. No es difícil presuponer que los gobiernos de origen tienen la mayor responsabilidad en las fugas masivas. Ese es otro debate que entronca con la relevancia global de Europa. De puertas adentro hay que ver en las próximas semanas cómo se posiciona la Unión Europea y si es capaz de incidir sobre la decisión que ha tomado el gobierno griego. Se trata de la dicotomía entre guardar las apariencias o implicarse en los valores políticos.