jueves, 20 de enero de 2011

Bélgica y la (des)vergüenza


Por sorprendente que parezca, Bélgica ha superado con éxito su semestre de Presidencia del Consejo de la Unión, a pesar de ser un país sin gobierno (bien, con un gobierno en funciones, que intenta presidir Leterme, con Vande Lanotte como mediador). Tal vez el caso belga sea el ejemplo de lo prescindibles que son los gobiernos nacionales en una Europa supranacional. La cuestión fronteriza belga es un déjà vu, es tan intemporal que podría ser perfectamente aplicable a varios momentos políticos en la última década. Hoy sumamos más de 220 días sin gobierno en Bélgica*, y aunque a principios de este mes de enero hubo una propuesta de gobierno, las negociaciones de coalición entre los siete partidos implicados siguen sin perspectivas. Una ya no sabe dónde situar a los políticos belgas entre la vergüenza y la desvergüenza. Del lado flamenco tenemos a los ultranacionalistas del N-VA (Nueva Alianza Flamenca), socialistas, democristianos y verdes, y del lado valón a socialistas, democristianos y verdes. Por cierto, los liberales de ambos lados no participan en las negociaciones. Actualmente el clásico consenso a la belga pasó a mejor vida y se enrocan los democristianos y el N-VA, tradicionales aliados.

Siguiendo mi tesis de que los niveles de gobierno inferiores gestionan de forma más idónea, en el caso belga se evidencia que, a pesar de la carencia de gobierno nacional federal, las regiones y municipios siguen su curso político normal y que lo hacen con notable eficacia. Pero el problema trasciende la política cotidiana, porque las piezas del rompecabezas se desmoronaron tras las elecciones del 13 de junio de 2010, donde venció la conservadora y secesionista N-VA, sostenida sobre la siempre subjetiva y cuestionable noción de que “los valones se quedan con nuestro dinero”.

Más allá del desbarajuste político, la inmediatez tiene que ver con la situación crediticia del estado belga. Las advertencias de los organismos internacionales apuntan a los riesgos financieros que corre Bélgica, hasta el punto de que la inseguridad política amenazaría la fiabilidad de la deuda soberana del país. La situación económica internacional puede pasar factura a la deuda belga si se extiende la impresión de que no hay un gobierno capaz de tomar decisiones con respecto al déficit. Tanto es así que en la eurozona ya están sobre aviso.  Bélgica ha sonado abiertamente como candidato a recibir fondos de rescate del FEEF, igual que Irlanda, Grecia y Portugal.

El caos político es ya una evidencia, pero nunca antes como ahora se había planteado tan abiertamente la fractura del estado. La necesidad de la reforma institucional se admite a ambos lados del conflicto, mientras Flandes sigue empecinada en seguir la ruta hacia la independencia, apoyándose sobre todo en las posiciones de los partidos más conservadores. Las malas lenguas dicen que los flamencos sólo recelan de su propia ambición secesionista por miedo a perder influencia en Bruselas y, por tanto, a que el neerlandés retroceda en la capital europea, donde curiosamente se estima que menos del 5% de la población lo habla.

De hecho el gran problema convivencial parte de la periferia de Bruselas, que es francófona y se encuentra territorialmente inserida en Flandes, donde también lo está la propia Bruselas, que es de jure bilingüe y de facto francófona, a pesar de que el neerlandés sea lengua oficial. Al margen de ese "obstáculo" llamado Bruselas (que además es capital de la Unión Europea), se plantean interrogantes sobre los supuestos destinos de Flandes -región próspera económicamente a la que algunos observadores ven como un satélite político de Alemania- y de Valonia, que abiertamente se percibe como territorio candidato a anexionarse a Francia.

Obviando especulaciones, la ciudadanía toma la palabra este fin de semana. El próximo domingo, 23 de enero, habrá una manifestación en Bruselas que expresará el hartazgo ciudadano ante la parálisis del país, una ciudadanía que exige un gobierno, tras más de seis meses de crisis permanente. La incapacidad de los mandatarios flamencos y valones para establecer un diálogo y concretar un acuerdo exaspera a la población belga, harta de surrealismo político.

Uno de los lemas de los organizadores es “No government, great country”. Se trata de una manifestación que aspira a aglutinar y superar a la famosa marcha de noviembre de 2007, que reunió a 30000 francófonos de Bruselas. Esta vez también participan movimientos cívicos y universitarios flamencos.

El problema institucional convierte a Bélgica en carne de cañón para los mercados financieros. El problema lingüístico destruye la convivencia. Los convocantes quieren acabar con la dinámica de culturas irreconciliables permanentemente enfrentadas. El caso belga expresa lo peor de la incapacidad política. Mi posición es clara: no más fronteras en Europa. La del domingo debe ser una manifestación que simbolice el deseo ciudadano de derribar, de una vez, la frontera existente entre dos comunidades lingüísticas en el seno de una Unión Europea, que nació y permanece con vocación de derribar fronteras interiores.


* Superando el récord de Holanda, que estuvo 208 días sin gobierno en 1977.