domingo, 30 de mayo de 2010

Cimentando un nuevo concepto del Estado del bienestar

El debate está especialmente en boga en España, tras el decreto aprobado la semana pasada en las Cortes de Madrid, que da luz verde al recorte en el déficit público (entre otras cosas mediante la congelación de las pensiones de jubilación), aunque trasciende fronteras, en un momento en el que confluye la decadencia económica de nuestras naciones, con el envejecimiento de la población. Todo apunta a que el Estado benefactor no puede sobrevivir tal como lo hemos conocido hasta ahora. No es casual que en este mes de junio la Comisión europea vaya a lanzar una nueva ofensiva, sugiriendo a los Estados miembros que incrementen la edad de jubilación, tal como hizo Alemania hace unos meses, donde pasó de los 65 a los 67.

El debate en el país germano fue más allá, y algunos expertos sugirieron que para mantener el sistema del bienestar debía aumentar la productividad o el número de horas trabajadas de los contribuyentes, ya que de lo contrario se produciría un escenario en el que coincidirían una baja contribución de las personas en activo, y una alta retribución a las personas ya retiradas. Sencillamente insostenible. Más sangrante es si cabe comprobar la desigualdad de criterios en la eurozona, ya que actualmente la edad promedio de jubilación en Grecia es de 61 años, paradójicamente país que está siendo rescatado en gran parte por la contribución alemana. Sin embargo, el Estado miembro de la eurozona con una edad más temprana de jubilación es Francia, que sitúa su media en los 60 años, aunque se plantea aprobar en la Asamblea en septiembre un decreto para subir ese umbral a los 62 años. La Comisión ha realizado un estudio en que asegura que la edad real de jubilación en la UE está alrededor de los 60 años, por debajo de lo establecido legalmente, y apunta que en 2060 los europeos tendrán una esperanza de vida aproximada de siete años más, lo que tras una serie de ecuaciones lleva a la conclusión de que se necesitará ampliar la vida laboral hasta los 70 años para mantener en equilibrio las contibuciones y retribuciones que el Estado canaliza entre trabajadores y jubilados.

A pesar de este gris escenario, el Estado del bienestar no se verá amenazado si entre todos somos capaces de asegurar el equilibrio de la pirámide que sostiene las contribuciones. En el actual contexto (que según indican se prolongará unos cuantos años más) de economía depauperada y una débil capacidad de competir con otras economías, no disponemos de recursos propios para sostener el nivel de vida al que nos hemos acostumbrado. Así se abre ante nosotros otro nuevo y doloroso debate que no podemos eludir, y que indica que tenemos que empezar a crear un nuevo modelo socioeconómico, que implicará pagar un precio por los privilegios de que hasta ahora hemos disfrutado. Probablemente haya llegado el momento de tomar medidas para mejorar la calidad del trabajo, la motivación profesional y las condiciones de vida de los trabajadores, para que el trabajo deje de sentirse como una obligación y se conciba como un elemento más que aporte dignidad, realización y felicidad a la vida de las personas.

miércoles, 12 de mayo de 2010

Del euro a la nueva democracia

Esta mañana todo el mundo comenta la publicitada llamada de Obama al presidente de turno del Consejo de la UE, que por aquellas casualidades de la vida es el presidente de España, el país al que todo el mundo señala como adalid de la irresponsabilidad financiera. Admitamos que no es el nuestro el único país que ha incurrido en un alto endeudamiento, hasta el punto de que no hay una sola nación en la Eurozona que esté al día en déficit. Sin embargo, hay dos Estados europeos fuera del euro que sí cumplen las exigencias, el primero de ellos Suecia, el segundo Estonia, por cierto candidata a entrar en el euro el próximo enero de 2011 está en un esplendoroso 1,7% de déficit.

La realidad es que el desequilibrio en el euro permanece tras varios meses, y de seguir así, afrontamos una amenaza muy fácil de comprender (hasta para los no duchos en materia financiera), la amenaza es el riesgo de inanición de la moneda, es decir que si los que tienen activos en euros deciden deshacerse de ellos, si todos vendemos nuestros euros, obviamente el euro puede acabar desapareciendo. Suena duro, pero ese escenario no es imposible. Por eso creo que este debate va más allá de la idea general de que los alemanes han sido ahorradores, mientras los mediterráneos se han dedicado a derrochar, endeudarse y vivir creyéndose ricos, cuando lo que hacían era contraer deudas a pasos acelerados. Es cierto que los griegos o españoles de a pie nos endeudábamos poniendo alegremente en riesgo a nuestros bancos, como también lo es que existe una responsabilidad de las entidades bancarias, e incluso los gobiernos, que durante años han adoptado una postura de "dejar que el tiempo ponga las cosas en su sitio".

Las buenas intenciones no bastan. Hoy, los gobiernos endeudados del sur tienen dos opciones, o aumentar la productividad de sus economías o reducir costes, ambas estrategias dolorosas y complicadas. Claro que existe la opción de la quiebra, alternativa que significaría sin ambages la destrucción del euro. Por suerte vemos señales muy positivas, básicamente que los países del norte no desean renunciar al euro, porque es una divisa que durante estos años en circulación ha brindado mucha solidez y credibilidad a la economía europea. El euro es una divisa de referencia en el planeta, y su supervivencia es tan vital que hasta Alemania ha sido capaz de aceptar transferencias de dinero hacia el sur. Es normal que lo haga a cambio de exigencias que tienen que ver no sólo con contención del gasto, sino con una reforma de la gestión pública, con la desaparición de ese clientelismo recalcitrante de la administración autonómica (sea del color político que sea) y con la flexibilización del mercado laboral.

¿Quién supervisa estas reformas desde Bruselas? Hay un vacío legal. No se contempla una intromisión sobre las economías nacionales, aunque hoy mismo la Comisión ha propuesto directamente que la UE supervise los presupuestos nacionales antes de que éstos se sometan al control parlamentario en los Estados respectivos.

Sea o no un globo sonda, desde mi punto de vista esa propuesta de la Comisión consagraría a la UE como actor y no como coordinador, que es lo que viene siendo. Otra cuestión es ver quién realizaría esa supervisión. Posiblemente el Parlamento europeo sería el órgano más legitimado para realizar semejante intromisión en la soberanía nacional. Como señalaba estos días Strauss-Kahn, el presidente del FMI, la receta para Europa es mayor supervisión y herramientas para sistematizar las transferencias entre las distintas partes del territorio. No deja de ser chocante que una entidad financiera internacional sugiera a Europa la creación de un gobierno económico con capacidad redistributiva, porque eso es lo que viene a decir el FMI, aunque sea eufemísticamente.

En estos momentos el euro afronta un gran dilema: o muere o crece. Por el bien de su salud, todos debemos estar dispuestos a importantes renuncias. Si el euro acabara hundiéndose y pereciendo, es innegable que detrás de ese fracaso habría claras responsabilidades políticas. El euro fue una apuesta europea para mejorar nuestra competitividad en el mundo, y ahora mismo se ha convertido en un arma de doble filo para la construcción europea.

Su desaparición debilitaría para siempre la unión económica de los Estados, y nos situaría en un escenario superado y muy incierto. En cambio, su supervivencia no sólo aumentará la confianza en las economías europeas, sino que podría ser un acicate para que más Estados miembros tomen las medidas pertinentes para adherirse a la moneda única. Ello exige la creación de buenas instituciones que preserven su salud y permitan que este pequeño euro de ocho años de vida crezca y se consolide. Las instituciones son sinónimo de democracia, por ello creo que la gran oportunidad que nos brinda esta crisis es la de caminar hacia una más profunda democratización de la Unión Europea.

lunes, 10 de mayo de 2010

Prova de confiança

Hi ha inquietuds ciutadanes que em vindria molt més de gust comentar i analitzar, com aquestes, però sembla que fins que l'euro (qüestió de supervivència) no trobi la calma, aquest debat financer ho impregna absolutament tot. Avui dilluns ens llevem amb la notícia d'un nou pla d'estabilitat financera pactat pels Estats de l'eurozona (720.000 milions €), un pas més que implica un repte a la capacitat de confiança del món econòmic vers els polítics europeus. En un moment en què l'europeisme viu hores baixes, malgrat les esperances de desenvolupament ciutadà que ens anunciava la ratificació del Tractat de Lisboa, cal admetre que no som capaços de fer ombra al debat de les finances i la suposadament instal·lada crisi en la zona euro. Aquest acord estableix un marc sostenible, que consisteix en l'emissió de bonus europeus per part de la Comissió europea, recolzats en una garantia sobre el pressupost de la Unió, amb la intervenció del Banc Central Europeu i la seva doctrina, que ens posa en antecedents sobre la compra de bonus del tresors nacionals. Es tracta d'un mecanisme supranacional, en el qual els ministres de Finances deleguen part de la seva capacitat d'actuació i autonomia. Un indicador més de què el euro no es troba en una situació erràtica, com molts volen augurar.

La novetat és que hi ha Estats membres de fora de l'eurozona que s'hi han volgut afegir, com ara Polònia. Potser aquest fet portarà a molts a plantejar-se la possibilitat de crear el Fons Monetari Europeu, ja què en aquest pla d'estabilització hi participa el FMI, un organisme alié a l'organigrama polític de la Unió. Com sabem, el Fons Monetari Europeu parteix d'una proposta alemanya, i contemplaria l'aplicació de severes mesures de control i condicionalitat per als països incomplidors. La nova eina de regularització establiria mecanismes definits i irreversibles de penalització, que fins ara han mancat.

La resposta a l'acord d'aquesta matinada l'hem tinguda avui mateix, amb una pujada general a les borses europees, on destaca l'IBEX amb un increment del 12,96 % (el més gran de la seva història en un sol dia) superant els 10.200 punts. Sense caure en un precipitat optimisme, sembla que aquest mecanisme pot resoldre els dubtes sobre la viabilitat financera dels països del sud d'Europa. És una notícia positiva que indica, per tant, que cal aprofitar aquest mecanisme estabilitzador, però també és imprescindible posar els pressupostos estatals en ordre, és a dir, estrènyer el cinturó, estalviar i estar disposats a fer sacrificis durant tot el temps que sigui necessari. Avui parlem, un cop més, de la reforma laboral, la reducció de la despesa pública, el sanejament dels comptes públics, etc. Cal que tots ens hi impliquem i ens escoltem a aquells que ens donen savis consells, encara que a vegades no agradin. Espero que no farem tard.

domingo, 9 de mayo de 2010

A Europa tenemos que creérnosla (mi llamamiento)

El día de hoy, 9 de mayo, además de ser un símbolo perfecto, me brinda una excusa para contextualizar lo que significa la unión de las naciones de Europa en la actual situación de desconcierto. El reto que afrontamos no tiene precedentes, ni la crisis monetaria de la década de los ochenta provocaba la incertidumbre generalizada que estamos viviendo, y no es tanto porque la especulación en sí sea una amenaza (porque no tiene que serlo per se), ni por admitir que los mercados financieros son impredecibles, lo que no es demasiado novedoso. Así como existe la creencia de que las finanzas se fundamentan en estados de ánimo, y debemos estar preparados para cualquier reacción histérica, también lo es que el capital humano es el sistema vertebral de la economía de las naciones, y que los europeos todavía somos capaces de mantener el tipo. Como lo hemos hecho en el pasado. Si es difícil asimilar que los estados de ánimo de los inversores son capaces de amenazar la riqueza de un país (sería iluso no admitirlo), sería inexacto no reconocer que el miedo se alimenta tendenciosamente desde ciertos foros de opinión.

Dicho de otro modo, alguien se ha percatado de que el euro ahora es un enemigo fácil, y ha puesto su empeño en el acoso y derribo. El sistema económico es competitivo por naturaleza, como lo es la naturaleza humana, que tiende a pelear por imponerse a un rival. Esa carrera también fue la base del sistema internacional sustentado sobre Estados en la era de la realpolitik. Lo preocupante no es que podamos regresar a esa era del recelo en las relaciones internacionales. Para mí lo peligroso no es tanto la incertidumbre de los movimientos especulativos en el planeta, sino el rebrote de viejos prejuicios nacionalistas en Europa.

El prejuicio nacionalista es el gran enemigo de Europa, aquel que por razones políticas cortoplacistas se empeña en ignorar la interdependencia que ha forzado la integración europea. La Comunidad Económica Europea ha cumplido 53 años, España lleva ya 24 años integrada en un mercado sin barreras, el más grande del mundo, compartiendo además un euro que ya circula en 16 Estados. Sin insistir sobre la desgastada palabra solidaridad, que es eje y motor de la Unión, y que aparece en tantos y tantos artículos del Tratado, parece que muchos olvidan que la cooperación es el sustento de las asociaciones económicas y políticas, y dando por válido que esta Europa no ha finalizado su recorrido político, la unión económica no permite una vuelta atrás.

No por pereza, no por la incomodidad de reconstruir aduanas, sino porque a mayor dimensión en un mercado, más facilidad para la división del trabajo, la especialización, la reducción de costes, el aumento de productividad, más capacidad para definir un alto estándar de garantías para el consumidor, mayores garantías para las condiciones de los trabajadores y, en fin, para establecer las economías de escala de forma óptima. Esto no es teoría, sino constatación histórica. El mercado europeo mueve alrededor del 30% de la economía mundial, aunque su potencial se puede ver muy afectado por la pérdida de competitividad que venimos sufriendo en la última década. Si reivindicamos la cohesión social como gran principio europeo, la competitividad más que un principio es un fin. Es cuestión de supervivencia.

Si el modelo de partida de la construcción europea era el funcionalista, también lo era el de la unión que acoge en su seno a los perdedores en igualdad de condiciones, porque esa es la esencia de toda unión, desde la matrimonial hasta la empresarial, el “hoy por ti, mañana por mí” que rige los sistemas de cooperación. Y aún así, siempre hay alguien dispuesto a romper la armonía, de hecho la agitación política es un arma muy útil, básicamente para obtener rédito electoral, y además la opinión pública es el caldo de cultivo idóneo cuando tiene que apretarse el cinturón y está ansiosa o simplemente dispuesta a buscar culpables de la crisis que apremia y fastidia, cuando ve directamente amenazado su bienestar, ya en forma de presente realidad.

Este es el caso. Todo ciudadano europeo ve hoy con preocupación un futuro incierto, mientras nadie da respuestas, porque nadie se atreve a decir hacia dónde vamos. Es extremadamente sencillo agitar las pasiones en una situación así, y puede resultar mucho más peligroso de lo que algunos inconscientes prevén. La emoción se excita ante la amenaza, y esa excitación puede ser terriblemente caótica y dañina cuando se identifica a un causante. Encender una llama es muy sencillo, cuando se apaga el fuego siempre es demasiado tarde.

Admito la perfecta legitimidad de aquellos que expresan una opinión contraria a la Unión Europea, porque incluso los que no creen en el proyecto europeo tienen sus motivos racionales. No diré nunca que un euroescéptico es un ser irracional, pero considero que sembrar la duda desde el foro político no puede en caso alguno conducir a resultados positivos, salvo a una posible desintegración europea, lo que devolvería a los Estados la debilidad del pasado, quedando sujetos a un escenario mundial globalizado y altamente competitivo, donde las naciones europeas conformarían un subconjunto de pequeñas embarcaciones en situación de deriva en plena tormenta.

La respuesta política deseable es la de buscar mecanismos que nos devuelvan la estabilización económica, no el desmembramiento de un mercado que acoge ya a 500 millones de ciudadanos, que anhelan ante todo seguridad. Por ello, mi llamamiento va para todos aquellos incapaces de comprender que el futuro de Europa sólo lo construiremos entre todos, con la implicación de cada ciudadano, con la capacidad de esfuerzo y la generosidad, en los momentos difíciles; también con la capacidad de exigencia con uno mismo y con el otro, en los momentos de éxito. Sólo así construiremos Europa, seremos más fuertes y nos lo creeremos. Porque Europa ante todo tenemos que creérnosla. La Unión Europea es un espacio compartido por todos, no es una ilusión, ni una ficción, ni un monstruo frío y burocrático. Destruir los fundamentos ideológicos de Europa es una irresponsabilidad imperdonable.

viernes, 7 de mayo de 2010

Pendents del Regne Unit, quan s'apropa el 9 de maig


Ahir al vespre vaig participar en un debat al voltant d'Europa. Ens vam engrescar transmetent la nostra percepció sobre el que la Unió Europea significa i de quina manera s'articula la crisi i la recuperació en temps incerts, en què molts Estats membres es veuen fortament amenaçats. Grècia va ocupar gairebé mitja hora del debat, que va concloure recordant aquell esperit conciliador i per sobre de les ideologies del projecte de'n Monnet i Schuman. Després de l'agradable estona en companyia de fervents (i més escèptics) europeistes, vaig estar ben pendent d'una nit electoral emocionant, però un punt decebedora. Enganxada al fantàstic programa de BBC News vaig poder seguir en directe per internet com des que es van tancar els col·legis electorals les exit polls anunciaven un hung parliament (tal com va passar el 1974) sense majories absolutes. Sorprenentment, es constatava una davallada dels Liberal Democrats respecte a 2005, es parlava d'una pèrdua de 3 escons, fet totalment imprevisible pels sondejos.

La tònica no es va alterar massa a mida que avançava la nit, i així no sobta que de matinada en Clegg reconegués la seva decepció, tot senyalant que gràcies a una excel•lent i intensa campanya sí havien aconseguit aglutinar moltíssima gent que s'hi sumava al missatge positiu i constructiu, però admetent que en alguns casos no s'havia acabat traduint en el vot a les urnes. Indubtablement, un gran gest de Clegg, que convidava a una reflexió serena sobre com cal conformar un govern estable.

Resulta paradoxal que en una situació d'incertesa econòmica i política internacional els votants no s'hagin decantat massivament per una opció pragmàtica, com seria en aquest cas la de'n Cameron. Crec que el votant britànic desitja un govern de pacte, i aquesta sensació era molt present en el seguiment de la nit electoral. Com sempre, va ser un plaer fer el seguiment a la BBC, amb aquella capacitat de captar l'atenció i entretenir, el dinamisme de les opinions dels diferents candidats a MPs, la ironia en què es retratava la caiguda de les llistes (expressada en atrevida metàfora) dels diputats vinculats en els escàndols de les despeses, passant per la festa a la seu dels House of Commons, o el recompte in situ en algunes circumscripcions, amb l'espectacle dels joves passant-se les urnes a tota velocitat i la proclamació a viva veu dels vots de cadascun dels diputats candidats, en la seva presència. Una nit electoral que es desenvolupa d'una forma completament diferent a les nostres. Recordem que el diputat guanyador en la circumscripció s'emporta l'escó, i que per tant la resta de vots són completament inútils, sistema que recorda al nord-americà i que afavoreix la bipolarització del vot (el conegut com a vot útil), de tota manera es constatava un swing cap als tories a totes les circumscripcions, fins i tot en aquelles on hi guanyaven els laboristes. Són 650 circumscripcions en total, i a hores d'ara en Clegg es queda amb 51 escons, quan falten 48 per decidir.

Precisament s'espera que el candidat LibDem sigui decisiu en la propera legislatura, però també cal veure si Cameron es queda suficientment a prop dels 326 que atorguen una overall majority, per considerar altres opcions de pacte, com per exemple amb partits radicals com el UKIP, que en tot cas no serien una bona notícia, des del punt de vista dels que volem un Regne Unit implicat a Europa.

Parlant d'implicacions històriques, demà passat és 9 de maig, el dia que recordem aquell vespre en què Schuman va commoure el món amb la seva Declaració. Des de llavors, i en només 60 anys, hem aconseguit unificar políticament 27 Estats d'Europa. Potser molt més del que els pares fundadors havien somiat, tot i que de tant en tant valdria la pena preguntar-nos si estem a l'alçada. Sigui com sigui, cal reivindicar el 9 de maig com a símbol d'unió i reconciliació, com a expressió de superació de passat i construcció de futur, per honorar l'únic esdeveniment històric que està per sobre de connotacions ideològiques. Perquè el 9 de maig és de tots, siguin quines siguin les nostres creences. Europa som tots. Per cert, a la meva pàgina de facebook trobareu més informació actualitzada sobre les celebracions d'aquest dia d'Europa. Us hi espero. Feliç 9 de maig.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Decisivas elecciones británicas


Mañana, 6 de mayo, los británicos están convocados a las urnas, en unas de las elecciones generales más reñidas que se recuerdan. Los pronósticos son tan inciertos que marcan prácticamente un empate técnico en intención de voto a los tres candidatos. Si meses atrás el claro favorito era el líder Tory, David Cameron, desde hace apenas un par de semanas, el líder del partido LibDem, Nick Clegg, se perfila como la gran revelación, aupándose hasta unas cotas de intención de voto de alrededor del 30%, mientras que el actual primer ministro, del partido Labour, Gordon Brown, aún estando en horas bajas, resiste el tirón y mantiene un porcentaje cercano al 28%.

Si en el año 2005 Brown consiguió llegar a Downing Street con una participación baja (61,4 %), mañana se espera un incremento importante de ese índice, ya que la campaña ha sido muy intensa y parece que el efecto Clegg ha movilizado a muchos indecisos. Los analistas coinciden en augurar una legislatura complicadísima, ya que el Reino Unido tiene un déficit público del 11,6%, cercano al de Grecia, aunque con inferior endeudamiento y una estructura económica más saneada, gracias al índice de exportaciones.

Sin embargo, el primer reto del gobierno entrante es sanear el presupuesto público, lo que implica una reforma profunda del Estado. Auguran un mandato incómodo, en el que se especula con distintas rebeliones de carácter sindical. Este es el contexto que ha llevado a Cameron a insistir en la necesidad de un gobierno de mayoría, que pueda establecer un liderazgo consistente y rotundo. El mismo argumento lleva a Clegg a apostar por un cambio de sentir político, que rompa con rigideces del pasado, y que involucre a un nuevo consenso social en el Reino Unido (fíjense en un detalle significativo en la web oficial del partido). Por lo demás, Brown es el que tiene menos argumentos para defender una gestión de gobierno que, por distintas circunstancias externas e internas, ha resultado bastante gris, sobre todo en la última legislatura laborista, que suma ya 13 años gobernando. La buena noticia es que los tres líderes tienen una idea de proyecto de país (echen un vistazo) y ninguno de los tres líderes se plantea una limitación de las políticas sociales, bien al contrario, los tres asumen la necesidad de mantener y mejorar el NHS (National Health Service), lo que requerirá de verdaderos ejercicios de malabarismo, en una era de obligada contención del gasto público. Y es que la moderación presupuestaria es prescriptiva para todos los Estados, incluso para los que no pertenecen a la zona euro.

Hablando de euro, el único de los tres candidatos que se muestra partidario de conducir al Reino Unido hacia el euro es Nick Clegg, quien se compromete a realizar un referéndum al respecto. Clegg es el único líder británico europeísta sin complejos, que además ha transmitido en la campaña la idea de que solamente integrándose de pleno en el mayor mercado del mundo (la Unión Europea), el Reino Unido podrá evitar quedarse atrás en competitividad, justicia y prosperidad para sus ciudadanos.

No suelo decantarme demasiado políticamente, aunque sí lo hago en favor de aquellos políticos integradores, aquellos con capacidad y voluntad de unir y no de dividir, por ello creo que esta vez no hace falta que exprese cuál es mi preferido, resulta obvio que me sale de dentro animar a mis amigos británicos a votar por Nick Clegg, sobre todo porque por primera vez existe la posibilidad de romper con un bipartidismo dominante, que no refleja la realidad plural del país, hasta el punto de que la ley electoral distorsiona el nivel de apoyo real de los partidos.

El votante se enfrenta mañana al apasionante reto de cambiar la política británica para siempre. Incluso por la salud democrática. Este vídeo ilustra perfectamente esta idea (los Libdems con el mismo apoyo que los Labour obtienen 188 escaños menos, ¿sorprende?). Es imprescindible que en esta legislatura se aplique esta reforma, algo que sería un gesto para hacer sentir a la ciudadanía que sus votos son tenidos en cuenta, y que tienen una incidencia política que va más allá del simple criterio de la gobernabilidad. La cultura pactista es saludable y haría mucho bien en la tradición política anglosajona, y por ello el aire refrescante que aporta el proyecto equilibrado de Clegg merece un gran respaldo. Como europeísta convencida apuesto por una plena integración del Reino Unido en la Unión Europea, integración política, económica y, por supuesto, también en el euro. Me alegraría enormemente tener a un Premier que quisiera poner a los británicos en el corazón de Europa, que es donde históricamente debieron y deben estar. It's never too late!

lunes, 3 de mayo de 2010

Rescate a Grecia y sigue la partida

Tras semanas de especulación, y acuerdos varios de los que nos hemos ido haciendo eco, no fue hasta ayer domingo cuando los 16 ministros de Economía de la eurozona resolvieron poner una cantidad al servicio del gobierno griego, se trata de 80.000 millones de euros, que correrán por cuenta de Estados miembros de la eurozona, a un 5% de interés, más 30.000 millones aportado por el FMI. El rescate se venía planteando desde finales de 2009, aunque se ha visto dificultado por los condicionantes del Tratado de Lisboa, que impide que la UE asuma la deuda de otro Estado miembro. No se trata por tanto de un rescate de la Unión estrictamente, y la novedad del nuevo plan de ajuste es que se le da a Grecia un año más (hasta 2014) de margen para cumplir el objetivo del déficit del 3% del PIB.

En mi opinión, el acuerdo es una muestra de la solidez de la moneda única, que se nos aparece como un mecanismo fiable para mitigar crisis actuales. Está por ver si dicho mecanismo sirve además para prevenir crisis futuras, una de las funciones naturales en una unión monetaria óptima. Ahora bien, la crisis también ha evidenciado las enormes diferencias estructurales de estos 16 países, y las dificultades que comporta la ausencia de armonización política. Con todo, hay una buena noticia, y es que hasta ahora la cooperación multinacional nos ha permitido sobrevivir durante casi una década de circulación del euro, que por cierto aún se mantiene por encima del dólar, a pesar de las turbulencias.

Las voces críticas con el acuerdo de ayer ponen el acento en la escasa o nula pertinencia de que el contribuyente europeo pague los excesos de los incumplidores, mientras se empieza a poner en entredicho el liderazgo europeo de Merkel. Es innegable que el rescate griego supone el inicio de una nueva espiral de endeudamiento, no sólo por la deuda que contrae Grecia, sino también por las que asumen los donantes, como España, quien ya solicita crédito con intereses, para aportar los 9.800 millones de euros pactados ayer, para ayudar a los griegos. Vaya por delante mi total respaldo a la decisión española de contribuir, porque nosotros también somos eurozona y porque tal vez en otra ocasión nos toque a nosotros recibir. Ahora es demasiado tarde para rectificar el pasado, y debemos asumir que vivimos la resaca del exceso de complacencia.

Hasta la fecha, los mecanismos preventivos -que van desde los criterios de convergencia (con maquillaje de datos gubernamental incluido) hasta el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1997- no han sido eficaces para evitar el descalabro, aunque hoy la activación de las ayudas multilaterales incluye mecanismos de prevención cara a futuro. El problema no es que el mencionado PEC no permitiera controlar el endeudamiento público, es que los mecanismos de sanción cayeron en saco roto. Por ello, el lanzamiento de la ayuda acordado ayer va acompañado de durísimas medidas de austeridad impuestas al gobierno griego a cambio de recibir los fondos. Condiciones que supondrán que los griegos perderán poder adquisitivo, calidad de vida y muchas renuncias. No extraña que el pueblo griego se haya echado a la calle, pero su presidente Papandreau no les da alternativa al sacrificio. El mensaje ha calado en los mercados financieros, que a fin de cuentas son los que acaban por dar credibilidad a la eurozona con sus actuaciones.

¿Cómo conseguirán los griegos reducir en 11 puntos su déficit actual en plena crisis económica? El desembolso de fondos europeos y del FMI se efectuará trimestralmente y se condicionará al estricto cumplimiento de los indicadores económicos. Como compensación, el Banco Central Europeo suspende los requisitos mínimos de rating de los colaterales que acepta a descuento, es decir que aceptará papel griego sin limitación de rating, decisión que se explica porque son los bancos franceses y alemanes los que disponen de más activos del Estado griego. Sin embargo, la contracción de la política fiscal griega (impuesta por la UE) acabará afectando a la creación de empleo, y su evolución es prácticamente impredecible. 

Aunque una vez que se ha concretado el rescate, hay dos debates que debemos plantearnos, el primero tiene que ver con la "excesiva" incidencia del mundo financiero sobre las actuaciones políticas y las decisiones económicas de los gobiernos dentro de la eurozona, y el segundo invita a una reflexión colectiva sobre la pertinencia de crear el Fondo Monetario Europeo (como cinturón de seguridad) o, si por el contrario, la disciplina fiscal y presupuestaria debería imponerse desde un gobierno europeo independiente de los gobiernos nacionales, pero con todas las garantías de legitimidad democrática. Me refiero, claro está, al gobierno económico.

Si bien es cierto que existen obstáculos de tipo jurídico o político a la reforma institucional, también lo es que la realidad de la crisis económica aporta una coyuntura favorable a la reforma. Dicho en el sentido de que muchas voces demandan un gobierno económico que asegure la estabilidad. En mi opinión, sólo el gobierno económico supranacional sería percibido como un actor global llamado Europa. No desvelo un gran misterio si constato que lo de ayer no deja de percibirse como un parche por aquellos observadores externos que miran a Europa con escepticismo, aunque tal vez en privado no me quede más que confesar que, si no un parche, lo de ayer se parece mucho a un remiendo. Es más, si el remiendo nos permite resistir hasta alcanzar la meta, sólo lo dirá el tiempo.

Concluyo apuntando que esta incertidumbre sobre el futuro no es tanto achacable a los líderes europeos como a problemas circunstanciales e institucionales. El encaje de la solidaridad dentro de la Unión se complica cuando hay una asimetría tan evidente entre 16 Estados que comparten moneda, y 11 que no lo hacen. Esta desigualdad dentro del mercado único lastra la capacidad de acción en la unión monetaria, además de las salvaguardas sobre las soberanías en materia fiscal que preservan los Estados miembros. Pero no me resisto a ver señales positivas en el rescate griego, por un lado se constata la necesidad de la convergencia de las economías europeas para seguir el mismo destino, y por otro se da carta de naturaleza a uno de los principios esenciales de la Unión, la solidaridad, cuya consecución garantiza una mejor resolución de conflictos de toda naturaleza y permite afrontar las crisis con más garantías de éxito. Se ha tomado una decisión solidaria y ello no puede más que acabar reforzando la solidez del euro y, con ello, del proyecto europeo.