domingo, 12 de diciembre de 2010

No podemos renunciar a la Patente Europea


Esta noticia se viene cocinando desde hace semanas. Aunque sé que muchos se llevarán las manos a la cabeza, yo discrepo de la posición de España, no porque crea que el multilingüismo sea algo a extinguir. Muy al contrario, para mí la diversidad de lenguas es un rasgo característico de la Unión Europea, y puede ser incluso una de sus fortalezas. Sabemos que el mercado interior funciona también en un entorno plurilingüe. Y la tecnología de la información nos deja una aparente paradoja, por un lado facilita el acceso rápido, barato y eficaz a muchos otros idiomas, al tiempo que fomenta la propagación involuntaria del idioma inglés, en virtud de aquella vieja regla de la economía del lenguaje o la eficacia comunicativa.

Estando convencida de que el multilingüismo nos hace mejores, probablemente debemos empezar a aceptar que los idiomas son patrimonio de la riqueza social, cultural y literaria. Cuando se trata de economía, el idioma debe facilitar la comunicación, y en el caso de las nuevas tecnologías, prima romper la brecha tecnológica y que nuestras empresas sean competitivas globalmente. Para lograrlo exitosamente es imprescindible trabajar en inglés, una lengua que facilita tanto la comunicación empresarial como el avance tecnológico.

De momento 11 Estados miembros ya se han puesto de acuerdo en suscribir la Patente Europea única, a pesar de que ésta se podrá presentar solamente en inglés, francés y alemán. De esos once países muchos no tienen ninguno de esos tres idiomas como oficiales, y parece que esa cooperación reforzada se extenderá a más Estados miembros que están dispuestos a que sus empresas renuncien a concesiones lingüísticas para poder acceder a esa anhelada Patente Europea, que es una herrramienta competitiva esencial.

Probablemente sea discutible el privilegio del francés y el alemán, porque creo que a estas alturas ya hemos ido pagando la cuenta al eje franco-alemán por los servicios históricamente prestados, pero esa batalla no puede librarse ahora, ante la inmediatez de la brecha competitiva europea. Me alegra ver que la cooperación reforzada se patentiza (y nunca mejor dicho) pero más me alegraría que los países que están quedando fuera de la misma no regresaran a las trincheras de los intereses nacionales. La Comisión es muy firme en esta cuestión. No dará su brazo a torcer. El debate de fondo es muy interesante porque presenta varias aristas, por un lado la del futuro sostenible de una UE institucionalmente multilingüe, con los costes que conlleva, y por otro la de la fuerza del polo franco-alemán en el timón europeo. En esta guerra, se han quedado atrincheradas España e Italia, que anuncian no dar tregua en el Consejo. Mi posición es que España debería entrar en el acuerdo, por hacer un favor a la industria española (que insisto, se va habituando ya a trabajar en inglés), aceptarlo, decía, no sólo para no quedar más aislada, sino para dejar de estar en el tren de cola tecnológico.