miércoles, 8 de diciembre de 2010

Diario de una letraherida europeísta

Hace mucho tiempo que no hablo sobre mí en este blog. Hoy lo haré. Aunque corresponda, por mor de ser fiel a la actualidad, no voy a escribir hoy ni del euro ni de economía, sobre todo porque sé que en breve me tocará explicar el desbloqueo presupuestario y la batalla inminente entre Consejo y Parlamento. Los eurodiputados afectados están en un sinvivir desde hace siete semanas y merecen que contemos los misterios de la batalla en que se ha convertido la negociación presupuestaria este año, porque cada uno interpreta el Tratado de Lisboa según su conveniencia. Lo contaré. Todo llegará. Hoy me resulta fácil apearme del debate presupuestario, aunque siempre permanece el del enjundioso euro. Decía el otro día, antes de inaugurar este largo y casi interminable puente, que se ignoraba el desenlace sobre nuestra moneda única. Incluso los rumores apuntaban a una reunión de urgencia del Consejo Europeo prevista para el próximo 16 en Bruselas. Ya hemos salvado media semana y no hay novedad, sólo esperar y ver cómo amanece mañana la Bolsa. Como dicen algunos, los libros de Historia Europea dedicarán un capítulo de oro a este 2010. Hoy el euro sigue en la cuerda floja, pero confiamos en los efectos benéficos del coste político de abandonarlo, bla, bla, bla. No quiero creer que el pasado tiene vigencia en el presente, por lo que me ha seducido siempre más la vertiente literaria de la Historia. Si algún agorero prefiere pensar que los altibajos del euro significan el fin de la Europa política es su problema… Es tan inútil obstinarse como tratar de obviar los hechos (por eso no los obvio aunque no insista).

Hoy no venía con humor para hablar del futuro del euro, de los duros ajustes fiscales, ni de las paranoias de los inversores o las reglas del nuevo gobierno económico en la UE. Alentada por la inspiradora ruralidad de la Terra Alta, llego con sed de actividad europeísta. Este fin de semana nos encontraremos en Córdoba, bajo el auspicio del Parlamento Europeo, para hablar otra vez de como estamos comunicando Europa. Nos veremos durante un par de días intensos varios eurobloggers y personalidades políticas y académicas en un seminario sobre el Parlamento Europeo y las redes sociales.

A mí siempre me motiva hablar de Europa y últimamente este blog ha cumplido los tres años de vida. Me apetecía hablar de por qué existe este blog. Cierto es que me lo preguntaron en el seminario sobre Gobernanza y Comunicación en San Sebastián la semana pasada, aunque apremiada por el tiempo, como mis compañeros, me limité simplemente a recordar los orígenes académicos de este blog y la atracción magnética que ha ejercido a veces esta página de fondo negro, donde una se desahoga reflexionando en alto, atando cabos con terquedad sobre asuntos políticos, sobre Bruselas, las instituciones y todo lo que allí se maneja. No soy una insider, pero disfruto poseyendo información caliente, incluso antes de hornear, para seleccionar el momento preciso y transmitirla, aunque la mía no es una vocación periodista en absoluto, sino claramente, y de forma modesta, literaria. Sin embargo, el blog dejó de ser un producto literario, si es que llegó a serlo, cediendo el protagonismo a las vertientes política y económica. Indudablemente por deformación profesional, tal vez por un sentido práctico y por voluntad de servicio al lector, aunque probablemente mucho más por ese instinto convencido de concienciar e informar para labrar una ciudadanía europea, que, con todo, será lo que acabará por asegurar el destino de la Unión Europa unida en una federación, para mí, sin duda alguna, el objetivo a batir.

Mi modesta vena literaria busca otros cauces alternativos, lejos de este blog, aunque Europa sea también, y es, literatura. Recuerdo haber aludido en ocasiones a cómo me siento europea incluso cuando duermo, la capacidad de conmoción de las Golberg de Bach o mi inclinación a las evocaciones memorísticas a lo Proust. No me cabe duda de mi debilidad íntima por las palabras, y así, como bien define mi lengua catalana, he llegado a la conclusión de que soy una lletraferida, que estoy aquejada de un mal, el de las letras, que se padece con placer porque cura la grisura de la vida más anodina.

Justo es decir que mi debilidad literaria explica la foto de la cabecera de este blog. Siempre me atrajo esa ventana del Café Europa 1989, situado en Copenhague. El nombre de Europa aparece significativamente unido a la fecha que simboliza por sí misma la unidad y la libertad de los europeos. Y esa ventana recogía para mí la esencia de las dos cosas que más me inspiran y estimulan: la literatura y Europa. Seguramente no hacía falta que Steiner dijera que Europa se ha fraguado en sus cafés, en las ciudades europeas con sus cafés literarios, más o menos sombríos, en reuniones más o menos concurridas, con escritores y pensadores más o menos dotados para las letras.

Europa tiene su programa artístico propio y peculiar, siempre lo ha tenido. Probablemente arrastramos más de un siglo de decadencia, un sistema de valores y costumbres que un día encarnaron el vigor de lo nuevo. Hoy innovamos políticamente, pero nos invade la desidia si de entablar nuevas guerras se trata, ni siquiera guerras culturales. La perspectiva histórica se aposenta en nuestras piedras y en nuestras letras. Ya lo hemos escrito y hecho todo. Por ello a veces parece haber una sequía de nuevos talentos literarios en Europa. Hay quien dice que culturalmente también somos subalternos de los países emergentes, con un nuevo vigor cultural y literario. Parece que seamos tan viejos como aquel anciano desmemoriado de Beckett que pasó un día (que al lector le parece una vida entera) sin encontrar el camino de vuelta a casa. Europa, con un gran peso a sus espaldas, es hoy más admirada que temida. A Europa se le supone una superioridad moral, tal vez porque la edad impone y consolida obligaciones morales.

Quien me conoce bien me define como melancólica y persistente, palabras que también podrían definir un día de lluvia, pero también la lluvia puede ser dulce o agresiva. Sólo sé que Europa me apasiona, que sigo creyendo que es el gran proyecto de nuestro tiempo y que sólo es cuestión de dejarse atrapar y entender el sentido trascendente de todo esto. Europa es un referente para los que no saben a dónde ir y debe serlo para los que tenemos la fortuna de pertenecer a este apéndice geográfico del gran continente asiático. Europa es un continente bravo como el Atlántico y cálido como el Mediterráneo, los mares que marcan nuestros lindes, cercanos o lejanos.

Hace unos días, Pep Guardiola recordaba que Catalunya es un país pequeño situado en un rincón al norte de la península. Su voz expresaba la impotencia que sucede a la desconsideración percibida. Comprendo perfectamente sus sentimientos y los comparto, porque yo también pertenezco a ese país pequeño, y desde aquí entiendo que construimos Europa, como catalanes, con un color y un sabor peculiares. Construir Europa es una forma de trabajar por un mundo distinto, un mundo más plural y diverso, más lúcido y abierto, más respetuoso y perceptivo. De un pequeño país a un gran continente, porque así hacemos Europa los catalanes, como lo hemos hecho, estrechando lazos con muchos pequeños países desperdigados por el continente, y llegamos a ella, desde nuestro rincón mediterráneo del nordeste de la península. Porque así lo hago yo, desde mi catalanidad aunque escriba en castellano para que me podáis leer más fácilmente todos. Ahora se ha hecho tarde, me zambulliré en un breve viaje interior en algún libro, por no tratar de entender la vida antes de conciliar el sueño. Una recurre a la literatura convencida de que merece la pena buscar una tercera vía entre el drama y la comedia, la seriedad y la risa, lo blanco y lo negro, lo azul y lo rojo, lo verde y lo amarillo... En el fondo, este blog tiene mucho de alternativa. Eludiendo etiquetas.


*Imagen: Reproducción de un óleo de Renoir (The Reader), 1875