miércoles, 15 de diciembre de 2010

La plena vigencia del proyecto de la Europa Federal

Nada hay más poderoso en el mundo que una idea a la que ha llegado su tiempo. Esta brillante frase no es mía, sino de Víctor Hugo, pero tiene plena vigencia, es más, explica muchos de los progresos de la Unión Europea desde su surgimiento.

Hoy, como recuerdan, tenía el compromiso de analizar el resultado de la negociación presupuestaria, aprobada oficialmente ya para 2011. Ya hay presupuesto, pero con un semiacuerdo interinstitucional, ya que en estos momentos el Parlamento y el Consejo están enzarzados en una pelea bastante inaudita a ojos de la Comisión, en su papel de árbitro, teniendo en cuenta cómo están fraguadas las mayorías y que todos juegan en casa conservadora. Por decirlo suavemente, hay un conflicto interinstitucional en toda regla. Hay cifras, algo que más o menos se mantiene tal como anunciamos aquí. No es cuestión de cifras ahora, sino del temor a dar prerrogativas a la eurocámara. Como lo oyen. Pero más allá del presupuesto, que (entre ustedes y yo) no es un instrumento anticíclico ni nada que se le asemeje, lo esencial es ver cómo se articula la recuperación económica en el seno de la eurozona. Una vez asumido que hoy por hoy no existe el tesoro público europeo, son muy reveladores los avances que se han ido consolidando a marchas forzadas en este 2010 en materia de gobernanza económica.

Ayer, el presidente Barroso prometió la introducción de bonos de la UE para financiar proyectos europeos. Aunque no se trata de eurobonos, que estarían sostenidos por el presupuesto comunitario para refinanciar a los Estados miembros con problemas de solvencia, porque (insisto) la deuda pública europea no existe debido a la ausencia de fiscalidad comunitaria. A Barroso le apoya Juncker, el luxemburgués actual presidente de la eurozona, quien por lo demás siempre ha sido proclive al concepto de los eurobonos, al que actualmente sólo se oponen Alemania y Francia, aunque se muestran favorables a abrir el debate sobre la unión fiscal en Europa, buscando una estrategia permanente que garantice la estabilidad, especialmente en la eurozona. La diferencia entre los bonos de la UE y los eurobonos es que los segundos reducirían los costes de refinanciación porque constituirían un fondo público europeo, mientras que los primeros son una evolución de los fondos estructurales de siempre, pero con mayor capacidad financiera, y destinados a financiar proyectos de inversión pública específicos, con la clara intervención del Banco Europeo de Inversiones (BEI), hasta ahora nuestro mejor instrumento financiero, con gran potencialidad para aportar liquidez y atraer a inversores privados a los proyectos de gran calado fomentados desde el sector público, con fondos incluso para financiar deuda subordinada de mayor riesgo, según ha dicho su presidente, Philippe Maystadt.

Lo que parece innegable es que políticamente estamos viviendo una época de grandes cambios que nos acercan mucho a una federación. Las instituciones, que hasta ahora han sido quasi federales, están actuando más que nunca bajo el parámetro de la división de poder horizontal con frenos y contrapesos institucionales. Cierto es que, a diferencia de en los EE.UU., en la Unión Europea no existe una clara Presidencia ejecutiva, del mismo modo que el Parlamento no tiene plena potestad legislativa, pero la presencia de los elementos legislativo, ejecutivo y judicial a nivel comunitario nos indica claramente la senda federal, a pesar de los fuertes conflictos que está acarreando en estos meses justamente la ansiada cooperación. En el caso norteamericano la clave es la construcción de una mayoría política suficiente para dar apoyo a las decisiones interinstitucionales, mientras que en la UE se está dando la paradoja de que con una mayoría conservadora en todos los estamentos (lo que en principio evita la necesidad de la tradicional cohabitación entre socialistas y conservadores) la negociación se está presentando más compleja que nunca, debido a la imprecisión del Tratado de Lisboa que, con un año de edad, ya se está quedando anticuado.

El problema es que el régimen semiparlamentario con ejecutivo dual (Consejo y Comisión), está dificultando las grandes decisiones, de las que el acuerdo presupuestario es sólo botón de muestra de lo que se nos avecina en una Europa sin consenso entre los jefes de Gobierno. ¿Hasta qué punto el nivel ministerial se va a imponer sobre el parlamentario? ¿O será el nivel estatal el que finalmente predomine? La regla de mayorías sigue dificultando la adopción de decisiones en el Consejo, mientras que la Comisión sigue abriéndose paso como el órgano más independiente de todos, no sólo porque su mandato de cinco años le permite estar al margen de los cambios de gobierno en los Estados miembros, sino también por el control del Parlamento Europeo sobre el Colegio de comisarios. En estos momentos, la Comisión está marcando la agenda europea, es el garante de la aplicación de los tratados y, de un modo particular, supervisa las pruebas de subsidiariedad, en cuya virtud una acción política no excederá competencias ni distorsionará la unidad de mercado.

Asumidas las dificultades hasta aquí expuestas, no podemos obviar que los Estados miembros han dejado de ostentar el control sobre su territorio y su mercado, las leyes europeas tienen primacía y son de aplicación directa, si bien bajo la doctrina de la subsidiariedad para limitar el exceso de intervencionismo y favorecer la descentralización política, aunque -siendo un principio positivo- en ocasiones ha propiciado que el marco institucional de la Unión Europea no sea tan estable como lo es el de los Estados Unidos de América.

Hoy es imperativo superar la etapa de desigualdad económica (unida a la baja adhesión ciudadana) y buscar una unión federal más democrática y eficiente, que sólo puede conseguirse mediante la plena institucionalización de todos los territorios en el marco de la UE, para lograr una elevada cohesión interna. En mi opinión ahora mismo no es tan crucial el desarrollo de la política exterior o la limitación de las fronteras externas (debates candidatos a irse cerrando en los próximos años) como lograr articular un gobierno económico federal, coherente con la existencia del mercado único y del derribo de fronteras internas.


En el ámbito económico es donde claramente se aprecian los beneficios de la federación y así actualmente el gobierno federal norteamericano permite salvar los muebles a aquellos estados de la federación en situación anticíclica, como el caso de California, en una situación de deuda pública más insostenible que la griega y la irlandesa, pero cuyos efectos se ven mitigados por la acción estabilizadora de la Reserva Federal estadounidense.

Es por tanto esencial que Europa avance hacia un modelo federal, porque ya son demasiado evidentes las limitaciones del método comunitario, cuando los Estados miembros siguen imponiéndose en las decisiones de gran calado económico, sin una estructura supranacional que pueda articular mecanismos de ajuste y corrección a nivel comunitario. Más allá de Grecia e Irlanda, hay otros Estados miembros en situaciones de endeudamiento graves para la supervivencia de sus cuentas públicas y, por tanto, suponen una amenaza sistémica para la moneda única. Este riesgo es evitable bajo el manto protector de la federación que, como en el caso estadounidense, da estabilidad al sistema y evita que se produzcan ataques indiscriminados contra estados concretos, garantizando la solvencia monetaria.

Una vez asumida esa estabilidad de la moneda común, se pueden tomar decisiones planificadas a medio plazo y no improvisadas ante las amenazas del sistema, como está ocurriendo ahora en la UE. En este sentido (y tras la afirmación conjunta del eje franco-alemán este pasado 10 de diciembre de que el euro es mucho más que una moneda única, reafirmando su compromiso político con la supervivencia del euro), no me cabe duda de que 2011 va a ser un año decisivo y de grandes avances en la gobernanza económica de la Unión Europea. Por la fuerza de los hechos a la idea de Europa le ha llegado su momento.