miércoles, 3 de noviembre de 2010

Las sociedades abiertas y la relevancia global de Europa

Hoy comento dos hechos que no tienen relación aparente, pero que sitúan a Europa en un contexto global cambiante de forma muy rápida. El primero se refiere a la capacidad decisoria de la Unión Europa en los organismos internacionales, así, hace algo más de una semana se produjo una noticia de gran relevancia histórica para Europa, de esas que marcan un punto de inflexión en la multipolaridad del planeta. Como recordarán, los ministros de Economía de Europa se reunieron en el G-20 (el mecanismo donde se toman las decisiones económicas globales, especialmente tras la crisis) y decidieron ceder derechos de voto y asientos en el Consejo del Fondo Monetario Internacional a China, Brasil e India, que poseerán el 10 % del peso. Con todo, la UE sigue controlando casi el 25 % de los votos en el FMI, precisamente el mismo porcentaje que ocupan en el G-20, donde Estados Unidos sigue dominando las negociaciones, lo que me lleva a preguntarme por qué no ha sido ese país el que ha renunciado a parte de su influencia en estos órganos decisorios.

Esta cesión europea se interpretó en la prensa internacional como un traspaso de autoridad progresivo hacia las potencias emergentes en las instituciones multilaterales, más cuando en este mismo año 2010 también se dio más poder de intervención a esos países en el Banco Mundial, entidad claramente dominada por los Estados Unidos. La teoría europea es la “marca de la casa”, verbigracia asumir que a medida que los estados emergentes posean más peso en el sistema internacional, más rápido y mejor se adaptarán a las reglas de juego occidentales. Sin embargo, los objetivos planteados en las cumbres del G-20 demasiado a menudo caen en saco roto, y el sistema multilateral está lejos de consolidarse e imponer reformas decisivas y duraderas, ya que lo verdaderamente complicado jamás llega a implementarse políticamente.

El segundo se refiere a los dos grandes retos de Europa, consecuencia también de la crisis, por un lado las carencias educativas y la escasa capacidad de innovación que se deriva de esa ausencia de mentes creadoras, y por otro el envejecimiento demográfico, que eleva la franja de personas subsidiadas a costa de una cada vez más escasa población activa. Estos dos problemas pueden hallar la solución en la gestión adecuada de los movimientos migratorios, porque es obvio que Europa necesita importar población, mano de obra nueva, y a ser posible altamente cualificada, máxime cuando estamos quedándonos atrás en la aparición de talentos científicos y somos incapaces de innovar, al tiempo que no ofrecemos un entorno investigador lo suficientemente atractivo como para que los talentos que están surgiendo en Asia deciden viajar e instalarse entre nosotros. Sin ir más lejos, esas potencias emergentes que mencionaba en la reflexión inicial, están desarrollando una gran capacidad para generar jóvenes talentos en materia científica. Europa debería ser una tierra de acogida para que esas mentes fructificaran. No es así.

El eje educación-investigación merece un análisis más profundo y específico, pero me parece pertinente apuntar dos ideas sobre el fenómeno inmigración, que ahora mismo está presente en los debates electorales en curso (también en el de las elecciones catalanas del próximo 28 N), ya que se viene observando cierto efecto contagio en el brote de partidos de carácter xenófobo o populista a lo largo y ancho de Europa, que en ciertos casos hasta obtienen representación parlamentaria o que participan en gobiernos democráticos. Esta presencia incremental de posiciones extremistas es preocupante, por representar valores contrarios a los consagrados por la Unión Europea.

Son abrumadora mayoría los partidos que en la UE se oponen a las posiciones extremistas que van contra los valores de la libertad y la igualdad, o que convierten en política una serie de prejuicios, cuando atentan por ejemplo contra minorías en función de sus orígenes, creencias e incluso orientación sexual, contraviniendo valores democráticos fundamentales. La instrumentalización política está también en el trasfondo, ya que el discurso extremista utiliza los recursos emocionales ligados al fenómeno migratorio. Además, en un marco de procesos electorales consecutivos, cuando un partido mueve ficha se entra en un efecto domino para contrarrestar los efectos de ciertos discursos de carácter populista. Más preocupante sería que estas posturas empezaran a tener predicamento en partidos moderados, que de forma más o menos velada, están comenzando a cuestionar la esencia de las sociedades multiculturales en Europa. Cierto es que a menudo el multiculturalismo se ha interpretado inadecuadamente, cuando se ha producido segregación, por ejemplo, en las escuelas de Alemania entre turcos y alemanes.

La integración lingüística, y también la religiosa, suele ir aparejada (aunque no siempre) de un discurso centrado en la identidad nacional. Con todo, en las coyunturas de bonanza económica, cuando la población inmigrante está ocupada no suele generase este debate social. La experiencia parece indicarnos que estos discursos se reproducen en los sucesivos contextos de crisis económica, cuando los ciudadanos ven peligrar el estado del bienestar. Se trata de un temor relacionado también con la inseguridad que genera la globalización y la presencia de países emergentes que amenazan con dejar a Europa relegada.

Siendo ciertas estas amenazas, no se justifica en caso alguno fomentar una sociedad cerrada como respuesta, no sólo por los hechos que arroja la historia pasada, sino más bien porque la intensa mundialización que estamos viviendo es inédita y de consecuencias no demasiado previsibles, aunque es ya tan imparable que pretender echar el cerrojo a las fronteras no conduciría sino a un frustrante aislacionismo. Debemos apostar por sociedades abiertas para gestionar mejor un mundo multipolar, para canalizar las oportunidades que la globalización brinda y desarrollar políticas migratorias sostenibles, especialmente para Europa, un continente en envejecimiento, con necesidades demográficas, pero también con limitaciones espaciales, infraestructurales y sociales.