jueves, 11 de noviembre de 2010

El G-20 y la inexistencia política del euro

Con motivo del comienzo este jueves de la cumbre del G-20 en Corea del Sur, la prensa mundial se hace eco de las graves e irreconciliables discrepancias que genera la “guerra de divisas”. La agenda oficial se circunscribe a la definición del marco para el crecimiento sostenible (lo podemos entender como viable económica y ecológicamente), el refuerzo del marco regulatorio financiero global y la modernización de las instituciones financieras internacionales.

Sin embargo, el meollo del asunto son las posturas enfrentadas que encabezan Alemania y Estados Unidos, cuando tanto Merkel (economía exportadora) como Obama (postura inflacionista) se muestran inflexibles con argumentos convincentes. Sin embargo la historia nos brinda una enseñanza: la espiral de devaluaciones (competitivas) no favorece a la internacionalización del comercio, sino que propicia el regreso al rancio proteccionismo. Abiertamente ningún estado se muestra partidario de esa premisa, todos alaban las posibilidades de un mercado global, pero hay más detalles donde poner la lupa. Partiendo del contexto general de la férrea competencia comercial que supone para Europa la emergencia de economías como la china y la india, que cada vez más compiten mediante innovación y no sobre la mano de obra no cualificada, hemos venido observando un escenario paradójico, que no es otro que el de la contienda entre las dos potencias occidentales, Estados Unidos por un lado, y la Unión Europea por otro, tratando de ganarse aliados asiáticos. Así entendemos mejor las recientes aperturas económicas estadounidenses hacia India, y el voto de los EE.UU. para que India tenga un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU; entretanto Francia ha manifestado esta semana su apoyo a la candidatura china para la conferencia sobre el nuevo orden económico mundial a celebrar en 2011, y ahí podemos enmarcar también la cesión de asientos de Europa en el FMI, sin olvidar mencionar ese extraño rumor de un posible pacto franco-chino para una moneda mundial.

La cuestión monetaria, como decía, es la estrella de esta cumbre, además del gran problema en el comercio mundial, porque ahora mismo la mayoría de economías nacionales están enzarzadas en una competición para depreciar sus monedas y poder así aumentar sus exportaciones. Esto se debe a que ha habido errores en el reajuste global. Es decir, no hay reajuste automático. Por ejemplo, en la eurozona, tenemos un euro potente, lo que no impide que Alemania incremente sus exportaciones hasta el punto de que tiene superávit comercial. Se está viendo que los alemanes están siendo capaces de soportar bien un euro alto, pero no ocurre lo mismo con otros países de la eurozona. Ahí tenemos los países mediterráneos o Irlanda, que padecen déficit interno y externo, y no pueden depreciar su moneda para combatirlos.

Para entendernos, ahora mismo hay una guerra comercial que va inextricablemente unida a la guerra de divisas. Por un lado, Estados Unidos, que se está viendo perjudicado al disminuir sus exportaciones, sugiere un plan para limitar normativamente al 4 % los desequilibrios de cuenta corriente en el PIB, es decir un sistema que fije el máximo superávit. Obviamente, Alemania, un país que sí está siendo capaz de superar su crisis económica gracias a sus exportaciones y que tiene superávit comercial, se muestra totalmente contraria, posición a la que se han sumado China y Japón. Esta postura defiende además un sistema que evite la devaluación de divisas (arma tradicional para aumentar las exportaciones).

En cierta forma, se está vislumbrando una recuperación en el crecimiento en global, aunque ha habido países poco afectados por las crisis, por ejemplo los BRIC (Brasil, India, China), mientras que los que han padecido altos índices de desempleo o el riesgo de deflación siguen estando amenazados, ya que suelen presentar déficits presupuestarios elevados, como es el caso de Estados Unidos en que el banco central (FED) aumenta día a día la adquisición de valores públicos o hipotecarios, sin olvidar que la Reserva Federal acaba de inyectar 600.000 millones de dólares a la economía estadounidense (que según Obama pretende fomentar el crecimiento y en caso alguno devaluar el dólar), decisión muy criticada desde Europa, que está siguiendo procesos generalizados de consolidación fiscal.

El hecho es que esta dinámica está depreciando el dólar, ergo apreciando el euro, lo que perjudicaría a una Unión Europea que (a pesar de tener un crecimiento en torno al 1,5 %) está todavía estabilizando sus cuentas públicas, además de sostener a algunos de los Estados miembros de la eurozona (Grecia o Irlanda), al tiempo que debe compensar el incremento del valor del euro en el mercado de divisas. El argumento de Merkel para estar en contra de la limitación que propone Obama es que no hay justificación económica ni política para fijar artificialmente el superávit o el déficit de la balanza de cuenta corriente de los estados. Merkel tiene razón, pero el hecho es que se han venido tomando ya decisiones políticas que han afectado a la economía y, sin embargo, han sido avaladas. Por ejemplo, podemos plantearnos hasta qué punto no se están tomando decisiones políticas que desvirtuan la realidad económica cuando se emiten los Derechos Especiales de Giro (SDR en inglés, líneas de crédito en divisa internacional creada en 1969, que se calcula sobre una cesta de moneda, y se utiliza para cubrir el déficit en la balanza de pago de los países afectados). El argumento de Merkel parece defendible desde el punto de vista del sentido común, ahora bien se espera que los foros internacionales sean útiles para equilibrar la economía desde un punto de vista global.

En este contexto, algunos ven este G-20 como el foro adecuado para coordinar las respuestas, y evitar así una guerra proteccionista o incluso un aluvión de batallas comerciales, que acaben por debilitar las posibilidades de actuación de los propios bancos centrales. Es decir que hay una necesidad de reforzar la arquitectura financiera mundial, y también de que los países emergentes, en buena lógica, cobren relevancia, eso sí, exigiéndoles mayor responsabilidad. Es un hecho incontestable que la volatilidad del euro y su revalorización frente a otras monedas perjudica a las exportaciones europeas, pero Europa ha sido y es incapaz de reaccionar frente a esta realidad, por ello nos preguntamos si no es necesario disponer, en nombre de la eurozona, de una representación económica en los organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial y el G-20. Curiosamente al plantearse esta pregunta, hay quien responde que nuestra moneda, el euro, se está utilizando para efectuar reajustes monetarios en un intento estadounidense para desvalorizar el dólar y revaluar el yuan. Se están topando, sin embargo, con la inflexibilidad de las autoridades chinas.

Se entiende así la propuesta en cuya virtud la eurozona ofrecería a China y otros países asiáticos apoyo mediante una cesta de divisas que incluiría el dólar, el euro y el yen, cuyas proporciones aumentarían progresivamente frente al dólar. La pregunta es si esto generaría o reduciría desequilibrio económico global. En este sentido, la indexación del yuan en una cesta de divisas ya es una realidad, pero si el dólar cae frente al yuan, los chinos comprarían más euros, y esto sería pernicioso, China reequilibraría su actividad con una mayor demanda doméstica y menos exportaciones. No es por tanto únicamente un problema monetario. La realidad a medio plazo es que China deberá cambiar su política comercial, tendrá que lanzar políticas para reducir sus altos niveles de ahorro: un sistema de jubilación, subsidios por desempleo, sistema sanitario, etc., es decir, que a largo plazo el proteccionismo chino será insostenible.

Ahora bien, hay un detalle de grandísima relevancia, el euro posee un rasgo peculiar y es su inexistencia política, porque a día de hoy no existe una autoridad política que se exprese en nombre del euro, donde obviamente los estados han perdido la soberanía monetaria. Y de hecho, el mandato principal del Banco Central Europeo es apenas el de la estabilidad de precios, lo que genera un impacto desigual, ya que si el euro se debilitara aparecería un riesgo de inflación, lo que aumentaría el riesgo de asimetría, porque el BCE trabajaría para recuperar el valor del euro, ya que una moneda fuerte es el mecanismo típico para combatir la inflación, a pesar de que afecte también a los salarios, los precios y finalmente al empleo. En este complicado contexto para la UE, se ha presentado este otoño de 2010 una propuesta del eje franco-alemán para modificar las reglas presupuestarias en la eurozona, y lo cierto es que la situación presupuestaria en Europa es insostenible si se mantiene la actual enorme dispersión de criterios en cuanto a las medidas que deben tomarse. Ante este panorama de diversidad entre Estados miembros, el primer paso es implementar el sistema de alertas (penalizar), pero al mismo tiempo cooperando. Para la cooperación lo previo es la transparencia, relacionada con la reducción del gasto público y la aplicación de políticas de estabilización, sin olvidarnos de la inversión en innovación, para competir en el comercio mundial. No obstante, las reglas presupuestarias deben ir mucho más allá y en este sentido no hay vuelta atrás en la puesta en común de recursos y políticas en la eurozona, si de lo que se trata es de sobrevivir a largo plazo. Sin olvidar que el euro ahora mismo está afectando a las economías de los Estados miembros con incidencias muy diversas. Ante este panorama, ¿es viable articular una única voz política que pueda representar y defender los intereses comunes de todas las economías de la eurozona? ¿Hasta cuándo podrá ser viable el euro sin esa voz política en los foros de decisión internacionales, en un contexto global que tiende claramente hacia el incremento de la regulación?