viernes, 1 de octubre de 2010

Elecciones europeas: una reforma imprescindible


¿Alguien recuerda cuándo fueron las últimas elecciones al Parlamento Europeo? Fueron en junio de 2009, hace algo más de un año, las próximas serán en 2014, queda mucha legislatura por delante, y precisamente este es el momento idóneo para plantear seriamente el debate de la reforma electoral, porque claro está que algo no funciona a la vista de los elevados índices de abstención y, sobre todo, de la escasa popularidad y conocimiento de las tareas que desarrollan los eurodiputados, de la pobreza del proceso electoral, de la opacidad en la elaboración de las listas o de la escasa visibilidad o transparencia, para el común de los mortales, de lo que sucede entre Bruselas y Estrasburgo (por cierto, ¿para cuándo una ILP que presione para la eliminación esa absurda y costosa doble sede?) .

El sistema electoral no se ha reformado desde su instauración de las primeras elecciones europeas, en 1979, momento en que los Estados miembros dejaron bajo su control tanto la elaboración de listas como las posibilidades de desarrollo institucional, sometióndolos en muchos casos a las propias constituciones nacionales. Por ello, cualquier reforma sobre el sistema de voto o reglamentación implicaría que algunos Estados miembros deberían reformar sus constituciones, la clásica forma de blindaje de la reforma legal. Más allá de las disquisiciones formales, no deben descartarse las posibilidades de reforma que se nos abren, y es que la necesidad de la reforma viene dada por varias circunstancias, la más evidente es el incremento de poderes y funciones del Parlamento Europeo, que pasa a ser un organismo decisorio en gran parte de las áreas políticas. Ese aumento de capacidad se ha visto perfectamente reflejado en la febril actividad de los europarlamentarios en los últimos tiempos, y en su esfuerzo por europeizar y democratizar las decisiones comunitarias. Este esfuerzo ha sido intenso en este último año, tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. A pesar de ello, no va acompañado de una mayor aceptación ciudadana de esta institución que, por lo demás, es la que representa la soberanía popular en Europa.

El Parlamento Europeo es la única institución electa por el pueblo directamente, sin representar los intereses nacionales (que ya tienen su debido reflejo en el Consejo), por lo que es un organismo puramente transnacional en su concepción y concebido en clave partidista, no estatalista. En este contexto, se están realizando estas semanas debates en torno a esa reforma electoral, como es el caso de la propuesta liderada por el británico Andrew Duff, que sugiere la necesidad de elaborar listas transnacionales para europeizar la campaña electoral y galvanizar los partidos europeos. Se trata de romper con el monopolio de los Estados miembros en este asunto, que utilizan la campaña para debatir sobre política nacional, castigar a los gobiernos de turno, o bien para colocar en sus listas a los candidatos en función de intereses puramente partidistas. Ahora bien, consciente de las dificultades que esto podría suponer en algunos Estados miembros, la propuesta de Duff tiene algunas peculiaridades, y por ello sugiere que se se cree una circunscripción adicional con 25 eurodiputados que serían elegidos en listas transnacionales, de modo que cada elector tendría dos votos, uno para elegir a su candidato nacional o regional, y otro para elegir a su candidato transnacional. De lo que se infiere que se crearían además circunscripciones regionales, y en la propuesta de Duff esto se proscribe para aquellos países de más de 20 millones de habitantes.

Lo cierto es que esta propuesta es loable, pero insuficiente. Creo que debe interpretarse como un paso intermedio hacia una futura institución parlamentaria mucho más democrática y representativa, que no lo será hasta que las elecciones no sean verdaderamente transeuropeas. Entre las ventajas más evidentes de la presencia de listas paneuropeas sería que propiciaría la presencia de diputados con capacidad de liderazgo, elevaría el nivel de debate, desnaturalizaría el uso abusivo del voto táctico (o útil) y acabaría por siempre con la dinámica de las desgastantes y poco constructivas campañas electorales en clave nacional. Al margen de la desaparición de la clave nacional y los intereses partidistas, la reforma sería una ocasión adecuada para dar relevancia a la representatividad regional, ya que el organismo existente al efecto, el Comité de las Regiones, está teniendo serias dificultades para incidir en la legislación europea, por lo que cabe preguntarse si el Parlamento Europeo podría ser una institución más idónea para canalizar las necesidades políticas de las regiones o de los gobiernos subestatales, liderando así una nueva Europa política más representativa y federal.

A simple vista puede parecer un debate meramente formal, pero se trata de algo tan esencial como la cercanía del ciudadano, la representatividad en clave netamente europea, y la posibilidad de que la ciudadanía incida directamente sobre una Europa, que para algunos es percibida como una intrusa en la vida ciudadana, sin demasiado derecho a ello según los más escépticos que, dicho sea de paso, sus razones tendrán. Cierto es que el debate se presenta complicado, y se verá obstruido por aquellos partidarios de preservar el cómodo status quo. Pero Europa necesita creatividad e innovación, también en el ámbito político y esta reforma abre muchas posibilidades, brinda la oportunidad de conocer más de cerca a nuestros eurodiputados o de premiar y penalizar a cada uno de ellos según su empeño, y tendrá una consecuencia muy deseable: crecerá el respeto por una institución que, conviene no olvidarlo, está para servirnos.