viernes, 8 de octubre de 2010

Dos enamorados de lujo

Ayer regresaron a la palestra dos viejos líderes europeos. Dos de nuestros referentes comunes vuelven a escena para expresar con claridad el diagnóstico de la Europa de nuestros días, días en que Europa vive sumida en una discreta tensión por las veladas amenazas de ataques terroristas sobre algún punto de nuestro territorio, lo que ha reavivado el debate sobre la dicotomía entre informar al ciudadano o provocar una sensación de inseguridad generalizada. Considerando que la seguridad es una función política de primer nivel, se esperaría discreción y responsabilidad por parte de las autoridades competentes, más que alarmismo. En medio de esa sensación de irrealidad de lo imprevisible, se impregna en nuestra cotidianeidad algo que parece que no vaya con nosotros, aquella vieja cuestión de qué Europa queremos, porque con todo, y descontextualizando lo cotidiano, nuestros problemas y nuestras crisis, en ocasiones es un buen ejercicio trascender y rememorar, e incluso recrearse, en los gloriosos momentos de nuestra historia personal y colectiva. La construcción europea vivió un momento de auge entre 1986 y 1992, los años que van desde la aprobación del Acta Única Europea hasta la entrada en vigor del Tratado de Maastricht, que dejaba constancia del nacimiento de la Unión Europea, tal como hoy la conocemos. Los artífices de aquella explosión y pasión integradora fueron políticos valientes e imaginativos como Delors, Kohl y González, para mí las tres figuras claves que hicieron posible recuperar el sueño y dar aliento al proyecto político europeo.

Ayer, 7 de octubre, Jacques Delors, el ex presidente de la Comisión más recordado por todos, a sus 85 años y con esos vivarachos ojos azules, volvió al Parlamento Europeo, tras casi dos décadas, para celebrar el vigésimo aniversario de la unificación alemana. Pronunció un discurso responsable y exigente, elogioso hacia Alemania, el país que más ha contribuido y contribuye al sostenimiento de la UE, y que representa aproximadamente el 25 % de la Eurozona. Cierto es que Alemania ha venido soportando el peso de la integración, que asumió el coste de la unificación y que, por increíble y llamativo que parezca, hasta este 2010 ha estado literalmente pagando las consecuencias de las atroces guerras del siglo XX. Yo soy de las que creo que Alemania ha saldado su deuda moral con creces, y admiro el espíritu de trabajo, solidaridad y generosidad de los alemanes, aunque las palabras de Delors incidieron sobre los deberes de los alemanes y les exigió responsabilidad en los momentos complicados, como el actual. Obviamente estas reflexiones no son gratuitas y creo deben interpretarse en su más profundo sentido, porque la desafección ciudadana es el gran enemigo de la Europa que queremos construir, cuando muchas voces disidentes en Alemania empiean a caer en la tentación de enarbolar la vieja bandera de los intereses nacionales, aquellos que -inocentemente o no- se preguntan hasta cuándo su país podrá soportar el coste de mantener una moneda única. Sabemos bien que cuando en el debate político se instala la noción del coste-beneficio nos movemos en arenas movedizas, por lo que Delors, perro viejo y consciente de ello, tuvo el coraje de dar una advertencia al país germano. Si una figura como él decide alertar sobre el riesgo del pesimismo, hay razones para albergar algún temor, aunque los diputados alemanes formaron parte de los más entusiastas en un hemiciclo que ayer estaba al completo. Por cierto, no vendría mal preguntarse si tiene justificación la presencia en el Parlamento Europeo de ciertos elementos impresentables, como Gollnisch y Farage, que protestaron y abandonaron el hemiciclo cuando sonó el himno oficioso de la UE (dejó de ser oficial en el Tratado de Lisboa por imposición británica). A pesar de estos personajes, que tienen voz en una cámara en la que no creen y que desconocen la educación, se impuso ayer la Oda a la Alegría del alemán Beethoven.


Unas horas más tarde y algo más al sur, el ex presidente español González, presentaba su nuevo libro en nuestra ciudad, Barcelona. Una obra extensa donde da cuenta de su idea de Europa, que viene pasada ya por el tamiz de un cierto realismo, porque González hace hincapié también en el concepto de los derechos y deberes (coincidencia con la reflexión de Delors al respecto de Alemania), porque Europa compromete al ciudadano en su sentido más amplio. Si González exige compromiso ciudadano, también demanda que los derechos de la ciudadanía europea sean inherentes a cada uno de los ciudadanos europeos, es decir que viajarían con él por toda la Unión Europea (o eso tan evidente y necesario del reconocimiento mutuo de las titulaciones universitarias), algo que no acaba de ser exactamente así, y que el ex presidente denuncia reiteradamente en su libro, aunque no es fácil valorar si ello tiene que ver con el bajo índice de movilidad en Europa o con esas barreras intangibles que parecen limitar unos intercambios tan necesarios para dar vitalidad a la Unión. Nos relata González en su libro todos aquellos elementos que dejan a las claras las carencias de la Europa política, un territorio común donde los derechos políticos no se realizan plenamente, en que las elecciones europeas se establecen sobre criterios partidistas nacionales, o en las patentes dificultades para la cesión de soberanía y para la aceptación de esa cesión de poder por parte de los ciudadanos de los Estados miembros, achacable a la incapacidad de transmitir correctamente los mensajes desde los gobiernos estatales. Manifiesta el autor su inquietud por el debate identitario tal como se está planteando en Francia, un estado que fue referente en la creación del concepto de ciudadanía (jus soli) con independencia de los términos de sangre o de procedencia. En esta línea argumental, González reivindica el espacio público y europeo y el sentido de pertenencia a ese espacio común, y cita como ejemplo que en las últimas Olimpiadas la suma de medallas de los países de la Unión Europea superó en un 30% al total de las medallas de los Estados Unidos, algo que ha pasado totalmente inadvertido a la opinón pública. Este fenómeno genera un debate recurrente, muy comentado aquí en este blog desde los inicios, un debate que parece no tener fin, ¿por qué no se informa en clave europea y se hace exclusivamente en clave nacional? Nosotros somos de los que claramente estamos en esa batalla, a pesar de que Europa sea muy útil y conveniente como chivo expiatorio, que sea aquel culpable de todo lo malo que uno siempre tiene a mano, incluso de las medidas de recorte y la reforma laboral que el gobierno español ha tenido que aprobar este año. Es la dinámica banal de echar la culpa a Bruselas de las medidas impopulares, en un ejercicio de irresponsabilidad y desprestigio totalmente injustificable, pero que se ha venido practicando de forma endémica. Aun así, González tiene para todos y se despacha criticando el sistema institucional de Bruselas, especialmente cuando pone el dedo en la llaga sobre el "lenguaje de madera" y la insistencia en expresar los estados de ánimo de los dirigentes europeos. He de confesar que me sorprende un poco la queja del ex presidente en este aspecto, porque precisamente las instituciones europeas expresan su estado de ánimo en las comunicaciones buscando despertar interés en los comunicadores, que son a fin de cuentas el canal de conexión con el ciudadano. En cuanto al lenguaje de madera, discrepo levemente, es cierto que la jerga comunitaria puede causar rechazo, pero también lo es que la política comunitaria tiene sus propios códigos y que a menudo estos códigos son mucho más eficaces comunicativamente hablando que los ambiguos códigos de retórica vacía que predominan en los debates políticos nacionales. Desde mi punto de vista particular, lo tecnocrático no tiene necesariamente que estar reñido con la eficacia y la proximidad, y especialmente en cuanto a una acción política más eficaz, directamente relacionada con la rendición de cuentas. La idea de Europa que nos presenta Felipe González es a fin de cuentas una reflexión muy crítica y exigente, y apunta a un doble compromiso, político y ciudadano. Nunca está de más. Quiero desde aquí expresar mi más profundo agradecimiento a nuestros dos viejos líderes por seguir en esa batalla y por demostrar así que siguen siendo dos enamorados de Europa, gracias por su incondicional amor al proyecto europeo.