jueves, 23 de septiembre de 2010

Suecia y Turquía: paradojas en dos fronteras de Europa

El domingo pasado se produjo en Suecia la primera reelección de un presidente conservador en la era moderna de aquel país. La victoria de Reinfeldt nos debería invitar a reflexionar sobre cuál es la situación de un modelo del bienestar que tantos éxitos trajo al país nórdico y en el que muchos vimos nuestro referente. Sin embargo, el dato que incita mi preocupación, tras estos comicios, es el ascenso del extremista partido Demócratas de Suecia (SD), que ve así legitimado democráticamente un discurso de gran pobreza democrática. El gobierno del partido moderado podría verse amenazado por la parálisis que pudiera desencadenar un partido político que aspira a ser bisagra, cuyo ideario se sustenta sobre el miedo a la inmigración, o más específicamente al Islam, y que pretende construir una frontera cultural y política en plena Unión Europea. Ascenso que algunos medios vinculan con la ausencia de debate político sobre la inmigración, uno de los problemas más apremiantes, a pesar de ser considerado tabú por un exceso de corrección política en la contienda electoral. Tal vez eludir el debate no sea la forma idónea de trabajar por una mejor integración social, en un país en que abundan los guetos en las grandes ciudades. Hoy existen verdaderas sociedades paralelas en la periferia de las tradicionalmente abiertas y permisivas Estocolmo, Gotemburgo o Malmö, donde se constituyen núcleos en que se puede vivir sin hablar sueco. El hecho objetivo es que proliferan comunidades de origen musulmán, por ejemplo la iraquí (una pequeña ciudad sueca ya es popularmente conocida como Mesopotalje) en la que se han vivido ya algunas deportaciones por parte del gobierno sueco. Cuentan que centenares de personas han sido ya forzadas a regresar a Iraq, quedando posteriormente en un limbo de total indefensión, al ser rechazados en su propio país de origen por considerárseles ya cristianos. Estas situaciones son las que Europa no puede tolerar.

A pesar de que Suecia ha aplicado una importante restricción en los derechos de asilo y de las más recientes deportaciones, la inmigración sigue creciendo y parece un fenómeno difícilmente controlable. Por desgracia, el país escandinavo ha sido incapaz de integrar correctamente a las últimas oleadas de inmigrantes, debido a múltiples causas históricas, pero especialmente a la dificultad para emplear mano de obra no cualificada, causada por la reconversión de la vieja economía productiva, lo que ha generado bolsas de desempleo y ha lastrado la hacienda pública sueca, por no hablar de la creciente vinculación entre inmigración y delincuencia por parte de algunos formadores de opinión. Me pregunto si hay forma de suavizar la diferencia cultural o, simplemente, de vivir en un ámbito multicultural.

Siempre he apostado por el multiculturalismo en Europa. Como sociedad multicultural, también, somos paradigma de la convivencia entre modelos de conducta que se respetan desde la diferencia. Suecia podría ser un banco de pruebas. Los jóvenes suecos están acostumbrados a un elevado grado de libertad y autonomía desde la adolescencia, sobre todo en materia sexual (y baste a modo de ejemplo comentar que los padres suecos son más permisivos con el sexo que con el tabaco), mientras que muchos jóvenes procedentes de países musulmanes se ven sometidos a una férrea tutela paterna, importando así modelos sociales que son totalmente ajenos a los locales. Su presencia crece y con ella sus modelos de vida, algo que empieza a incomodar a un cada vez mayor número de ciudadanos suecos. No se esperaba una reacción así en una sociedad abierta, y por ello las causas merecerían un análisis sociológico profundo. Máxime cuando fenómenos similares de confrontación se vienen desplegando en Holanda, y en menor grado en Bélgica, donde también crecen las opciones políticas de carácter decididamente xenófobo, o incluso en Francia, que ha prohibido el velo integral, y donde se vive el pleno fragor de la polémica por la expulsión indiscriminada de la etnia romaní. Bien distinto es permitir que estos partidos condicionen la agenda política de un país, incluso de un continente como el nuestro, caracterizado en estos últimos sesenta años por una concepción del mundo plural y respetuosa con lo distinto.

Ahora bien, es pertinente que nos preguntemos ¿son el Islam y sus preceptos compatibles con la libertad y la democracia? La musulmana es una sociedad que no disgrega lo privado de lo público, que sacraliza la fe y que no ha dado el paso de relegar el Corán al ámbito estrictamente religioso, con todo lo que ello implica de retroceso cultural, perpetuación de situaciones de pobreza y marginalidad, incluso en aquellas sociedades que se hallan lejos del integrismo. Veamos lo que ocurre en una de las fronteras sur de Europa.

A unos 2000 Km. de distancia de Estocolmo, un turista europeo se acerca a una estampa poco habitual en Estambul, dos mujeres que sorben sendos cafés bien cargados a orillas del Bósforo. Las mujeres visten al estilo occidental, pero no hablan una palabra de inglés, algo bastante habitual en Turquía, donde por costumbre y tradición los jóvenes no pueden salir por las noches y están sometidos a una intensa vigilancia, incluso en las residencias de estudiantes. Se trata, una vez más, de un modo distinto de entender la individualidad o, yendo más allá, los derechos del individuo. Probablemente esta anécdota sea una entre tantas de las que nos ilustrativa sobre esas dos maneras distintas de concebir los valores prioritarios, pues incluso la democracia o los derechos humanos son percibidos de forma muy distinta entre un europeo y un turco.

Cuando reflexiono sobre cómo la Unión Europea debe afrontar uno de los debates imprescindibles para definir su futuro, el de los límites fronterizos externos, no dejo de referirme a esta unión en la diversidad que hemos fraguado, a los valores comunes que superan las diferencias políticas y la estrechez de miras de los gobiernos nacionales. Pienso en los casi 500 millones de europeos que vivimos bajo el paraguas de unas instituciones comunitarias, que cada vez son más representativas y democráticas y están más dotadas de capacidad de decisión y acción política autónoma. Unas instituciones que, ya estén situadas en Bruselas, Estrasburgo, Luxemburgo o Frankfurt canalizan la diversidad social y las inquietudes de las muchas sensibilidades europeas que han peleado siempre por su propio concepto de la prosperidad y el bienestar.

Y aunque Europa ha llevado la avanzadilla en los valores del humanismo, ha sido cuna del Renacimiento y de la Ilustración, aunque muchos europeos alberguemos en nuestro interior a un librepensador, mucho es el trecho por recorrer en conseguir una sociedad más justa, equitativa y cohesionada. Hace pocas décadas en muchos Estados miembros no existía el derecho al voto para la mujer, hoy todavía seguimos movilizándonos por la igualdad salarial o por unas instituciones comunitarias paritarias. Entretanto, las mujeres turcas apenas están empezando esa particular lucha por abrirse un hueco en una sociedad de hombres, y un día cualquiera, como hoy, apenas se ven mujeres solas en Estambul, muchas llevan el rostro cubierto, incluso hay algunas que usan peluca para evitar el velo y poder llevar su pelo cubierto, como símbolo de recogimiento.

Para una europea estas tradiciones son absolutamente inconcebibles, por no decir humillantes. Simbolizan el sometimiento total al hombre. El manto de la religión, o de la tradición, oculta el dominio de unos valores que relegan a media sociedad, a las mujeres, a permanecer al margen de los ámbitos de poder, y cabe preguntarse hasta qué punto está un estado que fomenta estos comportamientos preparado para asumir el laicismo, o para separar con nitidez los preceptos de la iglesia de las leyes del estado. El presidente Erdogan alardea de haber dejado atrás la teocracia, presume de que Turquía es un estado laico, democrático y en notable crecimiento económico. Económicamente no hay argumentos para oponerse a la adhesión turca, hasta el punto de que Turquía sería un gran activo para la Unión Europea desde el punto de vista comercial, estratégico y energético. Sin duda, esta valoración más estratégica es la que invitaría a soslayar los excesivos miramientos culturales, primando la potencialidad económica de una alianza plena con los turcos. La OCDE ha señalado en su último estudio que el PIB de Turquía aumentará un 6% en 2010, gracias a la estabilidad financiera y a un sector empresarial que mantiene su dinamismo, aunque el mismo informe también revela debilidades en el sistema fiscal, la opacidad de la hacienda pública, o la baja productividad laboral y el frágil mercado de exportaciones.

No olvidemos que Turquía ya es socio comercial de Europa, aunque de un modo no exento de conflicto. Baste mencionar que en la legislación y administración turcas persiste la discriminación hacia empresas extranjeras, asunto sobre el que este martes se votó una resolución en el Parlamento Europeo. Y a pesar de que Turquía se abra paso hacia el progreso económico (e incluso votó una reforma constitucional de tinte europeísta) tiene demasiados puntos negros en su trayectoria más reciente, ya que vive en permanente conflicto con kurdos o armenios, sin olvidar que se resiste a perder unas tradiciones que -cuando superan el ámbito estrictamente privado- podrían colisionar con las costumbres sociales europeas. Resulta ilustrativo el dato de que la mayoría de turcos no apoya la adhesión a la Unión Europa y desea alejarse de los valores occidentales. ¿Hasta qué punto hará mella la sociedad de consumo en aquél país o en el mundo musulmán en general? El tiempo lo dirá. Puede que esta diferencia en la concepción del mundo sea achacable a que las verdades no son absolutas, sino que dependen del contexto y del punto de partida de cada ser humano y su circunstancia, pero es más necesario que nunca trabajar en el ámbito de los puntos de encuentro y no incidir en lo que nos separa, es un reto que no puede esperar y que decidirá el futuro de la generación que nos sucede. El esfuerzo corresponde a ambas partes.

*Imagen: cortesía de www.cafebabel.com