miércoles, 8 de septiembre de 2010

Más presidente

Desde ayer, José Manuel Durão Barroso es más presidente de la Unión Europea. Y esto será así, a pesar de que los medios sigan empecinados en menospreciar lo que ocurre en el plenario de Estrasburgo, porque es innegable que ayer fue un nuevo día histórico en la construcción de la Europa política. Por primera vez en sesenta años de historia, se produjo en la sede parlamentaria europea un debate sobre el "estado de la Unión", con cierta inspiración en el que se produce en los Estados Unidos de América y que es capaz de retener a millones de ciudadanos frente a sus televisores. En un discurso sin precedentes, Barroso dio cuenta de la situación de todas las áreas políticas que afectan a la Unión Europea, en un estilo marcadamente presidencialista, demostrando que empieza a tomarse en serio su tarea como cabeza visible del gobierno de Europa. Ayer a primera hora, y ante un hemiciclo a rebosar (a pesar de que los grupos políticos habían ya retirado la amenaza de sanción por la no asistencia), el presidente de la Comisión pronunció un discurso de algo más de cuarenta minutos en el que no dejó puntada sin hilo, deteniéndose en su voluntad de hacer crecer el gobierno económico, implementar cuanto antes la regulación financiera o plantearse la emisión de bonos europeos para proyectos de inversion, además de recordar la necesidad perentoria de concluir el desarrollo del mercado interior, e insistir en la liberalización del mercado energético, momento en que estableció un símil con las ventajas que trajeron a los usuarios la eliminación de las tasas roaming en telefonía móvil. Asimismo se compromteió a trabajar insistentemente en el desarrollo del corredor de gas sureño (Nabuco, TAP, ITGI), para asegurar el suministro de gas a Europa y eliminar la dependencia de Rusia.


En el ámbito estrictamente institucional, Barroso recriminó la actitud de ciertos Estados miembros que todavía se comportan en clave intergubernamental, aunque agradeció al Parlamento europeo (que representa la soberanía popular) su masivo apoyo a una mayor integración, por su tarea en la profundización del método comunitario y por su decidida interpretación supranacional del Tratado de Lisboa. Barroso insistió en que su mayor deseo es que exista un consenso entre las principales fuerzas políticas en la Eurocámara en las decisiones políticas de gran calado, más allá de apoyar a determinados Estados miembros o reflejar posiciones en clave nacional, y lo hizo en reacción a la crítica del socialista Schultz, quien acusó a Barroso de dejar demasiada libertad de decisión al eje franco-alemán, al margen incluso del presidente del Consejo, Van Rompuy, como se visibilizó en la cuestión del rescate griego. Además, el presidente del PSE siguió exigiendo la creación de un impuesto a las trasnsacciones financieras, y anunció que su grupo fomentará una Inciativa Legislativa Popular (nuevo mecanismo ciudadano instaurado en el Tratado de Lisboa) para exigir la aprobación de dicha tasa.

Durante la intervención de Barroso fueron muy aplaudidas sus menciones al firme rechazo al racismo, o la condena sobre la sentencia de muerte de una mujer acusada de adulterio en Irán, aunque el popular Daul le recriminó la asuencia de la UE en la mesa negociadora palestino-israelí del 2 de septiembre, y se preguntó por qué la ayuda de la UE ante las catástrofes internacionales llega tarde y es escasa. El mismo Daul, presidente del PPE, puso sobre la mesa la necesidad de crear un impuesto europeo y exigió más contundencia a la hora de estructurar la política de seguridad y defensa europea. Por su parte, Verhofstadt, como presidente de ALDE, insistió en el desarrollo del gobierno económico europeo, acusando gravemente a los gobiernos de los Estados miembros que piden una reducción del 30% en sus contribuciones al presupuesto comunitario, lamentando además la ausencia de una estrategia exterior común.

Tras las dos horas del intenso debate posterior, Barroso concluyó implorando a que se abandonen definitivamente las guerras de guerrillas en las instituciones europeas y recordando que o nadamos juntos, o nos dirigimos a un seguro naufragio. A mi juicio, el discurso de ayer supone un paso más en la credibilidad, no sólo de la figura del presidente de la Comisión, sino de la Comisión en su conjunto como verdadero gobierno de la Unión Europea, cuyo proyecto tiene una cabeza visible capaz de enfrentarse a una cámara parlamentaria y de defender directrices políticas muy concretas, al margen de los Estados miembros. El mensaje de Barroso, en el discurso y en el debate posterior, es absolutamente nítido, coherente y comprometido, y si tiene algo bueno es que apunta a una europeización de la toma de decisiones, aunque el discurso es claramente deficitario en cuanto a la concreción de las medidas, mejorable sobre todo en lo referente al ámbito fiscal o presupuestario, y a la política exterior común, donde se echa de menos más voluntad política, por lo que debe avanzarse mucho más institucionalmente para que la jornada de ayer no se quede en nada más que una sesión de imagen para promocionar al presidente.

N.B.: Fuente imágenes Parlamento Europeo (flickr)