viernes, 9 de julio de 2010

Europa en el mundo: otra institución de Lisboa empieza a caminar

Tal como anticipé aquí, ayer jueves 8 de julio fue un día importante en Estrasburgo, de esas sesiones para recordar con el transcurso de la historia. Una de las figuras más emblemáticas del Tratado de Lisboa toma por fin vida. Sin embargo, ayer los diputados tomaron varias decisiones, una relativa a la supervisión de los bancos y entidades financieras (importantísima y que merecerá mi próximo análisis), la otra sobre los intercambios de datos SWIFT con Estados Unidos y una última, ya mencionada, sobre la articulación de la diplomacia europea, tras el acuerdo que se había alcanzado en Madrid.

Ayer el Parlamento europeo ratificó (con 549 votos a favor, 78 en contra y 17 abstenciones) formalmente el Servicio Europeo de Acción Exterior, que dependerá de Ashton. Se trata de un hito tras 10 años de batallas institucionales para el desarrollo de la Europa política. La magnitud de este avance es enorme, aunque más bien a medio o incluso largo plazo, ya que por ahora quedan muchos flecos por resolver, en especial la financiación y el reparto de peso de los Estados miembros. Sin embargo, no se puede negar el mérito institucional de un SEAE que plasma el cambio de mentalidad de la acción diplomática y de pérdida de poder, o influencia, sobre el terreno de la acción exterior por parte de los Estados.

Imaginemos el cambio que supondrá disponer de una red diplomática propia, cuando hasta ahora el equipo de Ashton lo formaban una treintena de personas en la planta 12 del Berlaymont, con escasa capacidad para decidir, y sobre todo para actuar. A partir del 1 de diciembre, de ella dependerán 1.500 funcionarios en Bruselas, más los 800 diplomáticos de la UE en 136 embajadas extranjeras de la SEAE, aunque la pretensión es que este equipo se vaya nutriendo de nuevos activos, hasta alcanzar los 5.000, al tiempo que los cuerpos diplomáticos nacionales perderían dotación administrativa y presupuestaria.

Estas cifras no son nada exageradas si tenemos en cuenta que se espera que el SEAE ofrezca respuestas rápidas ante imprevistos en el escenario internacional, los conflictos y los problemas de seguridad que continuamente afectan a los territorios de la Unión Europea. Sin olvidar los grandes retos que se mencionaron en Madrid, como son básicamente instaurar el modelo europeo de buena gobernanza global y desarrollar el poder blando en mayor profundidad.

Con todo, no debemos caer en la ingenuidad de soslayar la tozuda realidad  de que, a día de hoy, las acciones exteriores de tipo militar o de seguridad deben tomarse por unanimidad en el Consejo, con la aprobación de todos los jefes de Gobierno de los Estados miembros, algo que se traduce en una práctica inacción e inexistencia de acciones exteriores, además de demostrar las diferencias de criterios que persisten. De todos modos, el mandato es que las misiones pacificadoras las controle plenamente el SEAE sin injerencias, aunque sí se someterá al control del Parlamento europeo, que supervisará la dotación presupuestaria en cada ejercicio.

Este control parlamentario, señal positiva y legitimatoria, no podrá disimular esta ausencia de contenido de la política exterior europea que denotan mis palabras anteriores, y que no surge de la especulación propia de la subjetividad, sino que se ha visibilizado perfectamente el pasado martes en Estrasburgo, cuando el primer ministro francés, Fillon, aseguró que sólo los Estados tomarán las decisiones en política exterior, y que en todo caso Ashton se limitará a aplicar aquello que decidan los Estados miembros. Incluso el ministro español, Moratinos, afirmó que en ocasiones los pactos bilaterales son más efectivos, como ocurriría en el caso de las relaciones Cuba-España.

Estos dos ejemplos ilustran a la perfección la renuencia de los Estados miembros a perder el control. Como bien dijo Verhofstadt, el presidente de ALDE, es urgente que a estas alturas los Estados-nación empiecen a cambiar de mentalidad. Y yo apostillo que esto es aplicable tanto a los Estados grandes como a los pequeños, que en la negociación han actuado en una posición defensiva, dificultando la estructuración de uno de los polos cruciales para el futuro de la Unión Europea y su credibilidad como actor global.