martes, 27 de julio de 2010

De las cenizas renace un futuro en común

Tras la nebulosa de las cenizas del Eyjafjallajoekull, cuyos incordios padecimos todos los europeos en forma de caos aéreo hace un par de meses, Islandia renace y se acerca a su destino ¿natural?, a una Europa que sigue sedienta de extender su manto protector. Islandia es un pequeño país (320.000 habitantes) ubicado una isla atlántica, que estaba sumida hace sólo un año en una terrible quiebra financiera. El país periférico por excelencia inicia hoy martes las conversaciones oficiales para ser Estado miembro de la Unión. Parte con la ventaja de formar parte de la zona de libre tránsito de Schengen, y de ser país miembro del EEA, aunque dicen las encuestas de opinión que alrededor del 60 % de los islandeses son contrarios a su integración en la UE.

Sin ánimo de incurrir en sociología barata, el carácter isleño es tan propenso a la apertura comercial como al "vive y deja vivir", lo que naturalmente se traduce en un recelo al intervencionismo, máxime si éste es continental. Las reticencias son, por lo demás, un rasgo familiar para los que gustamos de analizar causas y consecuencias del euroescepticismo, aunque en caso alguno son insalvables. Además, no debe sorprender demasiado esa tendencia cuando existe un evidente problema de conexión entre instituciones comunitarias y opinión pública, un desentendimiento fomentado por muchos, directa e indirectamente, y en el que ahora no abundaré.

Con todo, el gobierno islandés se planteó justamente el verano pasado la necesidad de dar un giro de tuerca político para afrontar la desestabilización económica de un país, que había sido modelo de calidad de vida, y pasó a estar sumido en una terrible depresión debida a la brutal incidencia de los movimientos financieros. Las presiones recibidas de organismos internacionales, como el cierre del crédito por parte del FMI, se tradujeron en la ley Icesave, pacto de octubre de 2009, que consagraba la devolución de los 3,8 billones de euros de deuda a Holanda y Reino Unido (acuerdo debido al colapso del banco Landsbanki), proceso del que por cierto se asegura no interferirá en las negociaciones de adhesión. Creamos o no la versión oficial, la cuestión del gran rescate financiero producido hace apenas un año está directamente relacionada con la aceleración del proceso negociador, aunque no se ponga sobre el tapete, a diferencia de otras cuestiones medioambientales, como la política pesquera y los recursos marítimos, concretamente la pesca de ballenas (prohibida por la legislación comunitaria), o las grandes consecuencias medioambientales derivadas de las potentes extrusionadoras de aluminio islandesas.

La presidencia de turno belga anunció ayer lunes la aceleración del proceso islandés, acordada de forma unánime en el Consejo, aunque por distintas razones, ya que algunos Estados miembros desean justificar con este trato la aceleración de otros procesos, como el de la polémica Turquía, que solicitó su ingreso en 1987, aunque no inició conversaciones hasta 2005. Llamativo es que mientras Turquía lleva 23 años en el intento, Islandia logra, tras menos de un año de la solicitud, trabar conversaciones oficiales, respaldada también por el Parlamento Europeo, que dio luz verde a la negociación islandesa en el pleno del pasado 8 de julio. Se estima que el proceso negociador concluya a finales de 2011, a pesar de que deben tratarse hasta 35 áreas políticas distintas, que son las que cubre actualmente la legislación de la UE. Se espera que la larga tradición democráctica islandesa facilite el camino, y se cuenta con el buen acople de este país en el área económica europea. Ante un euroescepticismo bastante evidente en aquel periférico e isleño país, ahora llega el momento de trabajar para lograr consensos en la ciudadanía islandesa en el camino hacia la europeización.