domingo, 6 de junio de 2010

Oriente Medio y el mínimo común denominador

Un barco turco, llamado Mavi Marmara, navegando hacia Gaza, ha venido a poner la puntilla a una presidencia española, tan ambiciosa y voluntariosa como frustrada por una sucesión de circunstancias calamitosas. Que esto aleja a Turquía de sus pretensiones de adhesión no tiene que ser necesariamente una mala noticia, máxime ante la represión que aquel gobierno aplica sobre el pueblo kurdo, pero esa es harina de otro costal... Que la presidencia española no ha llegado en el mejor momento es obvio, y lo que prometía ser un camino de rosas hacia la puesta en marcha de Lisboa y de la diplomacia común europea, se ha convertido en un infierno donde se ha cuestionado hasta el futuro del euro.

Hoy la política exterior de la Unión Europea tiene menos credibilidad que nunca, a raíz del incidente internacional desencadenado por el ataque israelí sobre un barco donde iban cooperantes en "posible o supuesta" misión humanitaria a una zona de guerra, causando la muerte de ciudadanos europeos. ¿Eran esas muertes necesarias? La respuesta es clara: No. Si bien es cierto que las circunstancias distan de estar totalmente esclarecidas, la gravedad del suceso se ha traducido en una cacofonía de voces, que van desde los ministros de Exteriores de cada Estado, el propio presidente de la Comisión, pasando por el presidente del Parlamento europeo, hasta la propia presidencia española, y por fin la esperada voz de Ashton, en su función de ministra de Exteriores de la UE.

Lo crucial no es ya que las voces digan lo mismo, sino que lo que digan sea fruto de una estrategia y convencimiento común, algo que hoy se sitúa en el terreno de la utopía. Es decir, de poco nos servirá articular el Servicio de Acción Exterior (que por cierto se ha comprometido la entrante presidencia belga a implementar, ya que bajo presidencia española no se ha podido finalizar) si éste no se sustenta sobre ideas y estrategias políticas pactadas. Esa ausencia estratégica impide que la política exterior europea pueda comprometerse con causa alguna. En el caso que nos ocupa, tenemos a una Unión Europea que no deja de enviar fondos a Palestina (en un racional intento por favorecer el desarrollo de una región ubicada a las puertas de Europa, y potencial aliado comercial y político), al tiempo que el conflicto se perpetúa y los gobiernos a lo largo y ancho de Europa tienden a alinearse con posiciones más o menos cercanas a las del estado de Israel, en función de parámetros circunstanciales.

Desde mi punto de vista, Israel es una democracia, y en su parlamento hay representantes de distintas confesiones religiosas, incluido el Islam, mientras que no todos los países de su entorno pueden presumir de semejantes credenciales democráticas. Que Israel despierta antipatías es cierto, que su existencia no es fácil también. Del resto no puedo opinar, porque no tengo elementos de valoración.

Sólo exijo que la Unión Europea ejerza de una vez su responsabilidad exterior. Sin unidad no hay compromiso y por tanto no podremos aspirar a más que a un mínimo común denominador, una ambigüedad forzada que nos deja en terreno de nadie. En ciertos momentos, el poder blando no tiene efecto, porque a pesar de que la Unión Europea es el primer donante en ayuda a la cooperación y el primer actor del mundo en apoyar a los países en desarrollo, la incapacidad de mantener una postura unívoca en todos y cada uno de los conflictos ataca nuestra credibilidad, ergo nuestra capacidad de influir en los organismos internacionales. Un alto precio sin nada a cambio, un mal negocio para todos nosotros.