martes, 22 de junio de 2010

La presidencia española remonta rozando meta

Anoche todo eran felicitaciones y caras de satisfacción entre la delegación española en el Palacio de Viana, en Madrid. No era para menos, ya que nuestra presidencia ha conseguido cerrar el ansiado acuerdo sobre el cuerpo diplomático europeo (se dice que con la boca pequeña los belgas esperaban cerrarlo en su mandato de turno). Si algo quedará de esta presidencia es precisamente la configuración definitiva del SEAE, una vez se han conseguido plasmar las reivindicaciones del Parlamento europeo, que a partir de ahora decidirá sobre los recursos del servicio exterior, además de disponer de información previa sobre las decisiones políticas y estratégicas.

El nuevo SEAE estará formado por unas 8000 personas repartidas en las ya existentes 130 delegaciones de la UE en todo el mundo, de los cuales un 60 % como mínimo serán plantilla permanente de la UE, quedando en minoría los miembros de los cuerpos diplomáticos de los Estados miembros, lo que resalta el aspecto comunitario del mismo. Sin embargo, harán las veces de vicepresidentes de Ashton, el ministro de Exteriores de la presidencia de turno del Consejo, y los comisarios que traten asuntos de política exterior, como Füle, el actual comisario de ampliaciones, Piebalgs, responsable de desarrollo, y Georgieva, la comisaria de ayuda humanitaria. Además, Ashton ha exigido mantener su equipo de confianza, lo que se traduce en que el secretario general será Pierre Vimont, actual embajador francés en Washington, al que se sumarán como personas de confianza dos ministros de Exteriores, el polaco Dowgielewicz, y la alemana Schmid. Una vez pactado su funcionamiento y financiación, se espera que en el pleno de Estrasburgo del 5 de julio se apruebe oficialmente, pudiendo estar operativo en otoño de este mismo año.

Sin embargo, este acuerdo también tiene sombras. Si por un lado por fin toma cuerpo la mítica idea de la diplomacia europea supranacional, que planteó por primera vez el federalista Joschka Fischer hace diez años, por otro, hoy más que nunca, destaca la ambigüedad de la posición europea en los distintos frentes abiertos en el planeta, en una Europa en la que aún no se ha superado adecuadamente la dicotomía entre el atlantismo y el europeísmo, en una Unión que se ha centrado demasiado en promover la ayuda humanitaria a pequeña escala, sin atreverse a emprender grandes acciones de visibilidad global.

Por ello, el avance tiene un valor más institucional, e incluso funcional, que político. El aspecto más relevante del cambio es que se empieza a fraguar una nueva tradición diplomática, en que los valores de los funcionarios de la UE traspasarán las fronteras europeas, lo que sin duda trasladará un cambio en la cultura diplomática, que podría reformar la visión estratégica de muchos actores, gracias al impulso de las prioridades y prácticas políticas peculiares del estilo de hacer política en Bruselas. No olvidemos además que las acciones y los miembros de este cuerpo diplomático deberán, de ahora en adelante, rendir cuentas ante el Parlamento europeo. Por ello, es justo reconocer que se trata de un primer paso hacia una política exterior netamente europea, a pesar de los profundos desacuerdos estratégicos que todavía perviven entre los gobiernos de los Estados miembros. Con todo, la gran prueba de fuego para esta nueva diplomacia llegará el día en que intereses de distintas naciones europeas entren en conflicto directo.