domingo, 9 de mayo de 2010

A Europa tenemos que creérnosla (mi llamamiento)

El día de hoy, 9 de mayo, además de ser un símbolo perfecto, me brinda una excusa para contextualizar lo que significa la unión de las naciones de Europa en la actual situación de desconcierto. El reto que afrontamos no tiene precedentes, ni la crisis monetaria de la década de los ochenta provocaba la incertidumbre generalizada que estamos viviendo, y no es tanto porque la especulación en sí sea una amenaza (porque no tiene que serlo per se), ni por admitir que los mercados financieros son impredecibles, lo que no es demasiado novedoso. Así como existe la creencia de que las finanzas se fundamentan en estados de ánimo, y debemos estar preparados para cualquier reacción histérica, también lo es que el capital humano es el sistema vertebral de la economía de las naciones, y que los europeos todavía somos capaces de mantener el tipo. Como lo hemos hecho en el pasado. Si es difícil asimilar que los estados de ánimo de los inversores son capaces de amenazar la riqueza de un país (sería iluso no admitirlo), sería inexacto no reconocer que el miedo se alimenta tendenciosamente desde ciertos foros de opinión.

Dicho de otro modo, alguien se ha percatado de que el euro ahora es un enemigo fácil, y ha puesto su empeño en el acoso y derribo. El sistema económico es competitivo por naturaleza, como lo es la naturaleza humana, que tiende a pelear por imponerse a un rival. Esa carrera también fue la base del sistema internacional sustentado sobre Estados en la era de la realpolitik. Lo preocupante no es que podamos regresar a esa era del recelo en las relaciones internacionales. Para mí lo peligroso no es tanto la incertidumbre de los movimientos especulativos en el planeta, sino el rebrote de viejos prejuicios nacionalistas en Europa.

El prejuicio nacionalista es el gran enemigo de Europa, aquel que por razones políticas cortoplacistas se empeña en ignorar la interdependencia que ha forzado la integración europea. La Comunidad Económica Europea ha cumplido 53 años, España lleva ya 24 años integrada en un mercado sin barreras, el más grande del mundo, compartiendo además un euro que ya circula en 16 Estados. Sin insistir sobre la desgastada palabra solidaridad, que es eje y motor de la Unión, y que aparece en tantos y tantos artículos del Tratado, parece que muchos olvidan que la cooperación es el sustento de las asociaciones económicas y políticas, y dando por válido que esta Europa no ha finalizado su recorrido político, la unión económica no permite una vuelta atrás.

No por pereza, no por la incomodidad de reconstruir aduanas, sino porque a mayor dimensión en un mercado, más facilidad para la división del trabajo, la especialización, la reducción de costes, el aumento de productividad, más capacidad para definir un alto estándar de garantías para el consumidor, mayores garantías para las condiciones de los trabajadores y, en fin, para establecer las economías de escala de forma óptima. Esto no es teoría, sino constatación histórica. El mercado europeo mueve alrededor del 30% de la economía mundial, aunque su potencial se puede ver muy afectado por la pérdida de competitividad que venimos sufriendo en la última década. Si reivindicamos la cohesión social como gran principio europeo, la competitividad más que un principio es un fin. Es cuestión de supervivencia.

Si el modelo de partida de la construcción europea era el funcionalista, también lo era el de la unión que acoge en su seno a los perdedores en igualdad de condiciones, porque esa es la esencia de toda unión, desde la matrimonial hasta la empresarial, el “hoy por ti, mañana por mí” que rige los sistemas de cooperación. Y aún así, siempre hay alguien dispuesto a romper la armonía, de hecho la agitación política es un arma muy útil, básicamente para obtener rédito electoral, y además la opinión pública es el caldo de cultivo idóneo cuando tiene que apretarse el cinturón y está ansiosa o simplemente dispuesta a buscar culpables de la crisis que apremia y fastidia, cuando ve directamente amenazado su bienestar, ya en forma de presente realidad.

Este es el caso. Todo ciudadano europeo ve hoy con preocupación un futuro incierto, mientras nadie da respuestas, porque nadie se atreve a decir hacia dónde vamos. Es extremadamente sencillo agitar las pasiones en una situación así, y puede resultar mucho más peligroso de lo que algunos inconscientes prevén. La emoción se excita ante la amenaza, y esa excitación puede ser terriblemente caótica y dañina cuando se identifica a un causante. Encender una llama es muy sencillo, cuando se apaga el fuego siempre es demasiado tarde.

Admito la perfecta legitimidad de aquellos que expresan una opinión contraria a la Unión Europea, porque incluso los que no creen en el proyecto europeo tienen sus motivos racionales. No diré nunca que un euroescéptico es un ser irracional, pero considero que sembrar la duda desde el foro político no puede en caso alguno conducir a resultados positivos, salvo a una posible desintegración europea, lo que devolvería a los Estados la debilidad del pasado, quedando sujetos a un escenario mundial globalizado y altamente competitivo, donde las naciones europeas conformarían un subconjunto de pequeñas embarcaciones en situación de deriva en plena tormenta.

La respuesta política deseable es la de buscar mecanismos que nos devuelvan la estabilización económica, no el desmembramiento de un mercado que acoge ya a 500 millones de ciudadanos, que anhelan ante todo seguridad. Por ello, mi llamamiento va para todos aquellos incapaces de comprender que el futuro de Europa sólo lo construiremos entre todos, con la implicación de cada ciudadano, con la capacidad de esfuerzo y la generosidad, en los momentos difíciles; también con la capacidad de exigencia con uno mismo y con el otro, en los momentos de éxito. Sólo así construiremos Europa, seremos más fuertes y nos lo creeremos. Porque Europa ante todo tenemos que creérnosla. La Unión Europea es un espacio compartido por todos, no es una ilusión, ni una ficción, ni un monstruo frío y burocrático. Destruir los fundamentos ideológicos de Europa es una irresponsabilidad imperdonable.