lunes, 3 de mayo de 2010

Rescate a Grecia y sigue la partida

Tras semanas de especulación, y acuerdos varios de los que nos hemos ido haciendo eco, no fue hasta ayer domingo cuando los 16 ministros de Economía de la eurozona resolvieron poner una cantidad al servicio del gobierno griego, se trata de 80.000 millones de euros, que correrán por cuenta de Estados miembros de la eurozona, a un 5% de interés, más 30.000 millones aportado por el FMI. El rescate se venía planteando desde finales de 2009, aunque se ha visto dificultado por los condicionantes del Tratado de Lisboa, que impide que la UE asuma la deuda de otro Estado miembro. No se trata por tanto de un rescate de la Unión estrictamente, y la novedad del nuevo plan de ajuste es que se le da a Grecia un año más (hasta 2014) de margen para cumplir el objetivo del déficit del 3% del PIB.

En mi opinión, el acuerdo es una muestra de la solidez de la moneda única, que se nos aparece como un mecanismo fiable para mitigar crisis actuales. Está por ver si dicho mecanismo sirve además para prevenir crisis futuras, una de las funciones naturales en una unión monetaria óptima. Ahora bien, la crisis también ha evidenciado las enormes diferencias estructurales de estos 16 países, y las dificultades que comporta la ausencia de armonización política. Con todo, hay una buena noticia, y es que hasta ahora la cooperación multinacional nos ha permitido sobrevivir durante casi una década de circulación del euro, que por cierto aún se mantiene por encima del dólar, a pesar de las turbulencias.

Las voces críticas con el acuerdo de ayer ponen el acento en la escasa o nula pertinencia de que el contribuyente europeo pague los excesos de los incumplidores, mientras se empieza a poner en entredicho el liderazgo europeo de Merkel. Es innegable que el rescate griego supone el inicio de una nueva espiral de endeudamiento, no sólo por la deuda que contrae Grecia, sino también por las que asumen los donantes, como España, quien ya solicita crédito con intereses, para aportar los 9.800 millones de euros pactados ayer, para ayudar a los griegos. Vaya por delante mi total respaldo a la decisión española de contribuir, porque nosotros también somos eurozona y porque tal vez en otra ocasión nos toque a nosotros recibir. Ahora es demasiado tarde para rectificar el pasado, y debemos asumir que vivimos la resaca del exceso de complacencia.

Hasta la fecha, los mecanismos preventivos -que van desde los criterios de convergencia (con maquillaje de datos gubernamental incluido) hasta el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de 1997- no han sido eficaces para evitar el descalabro, aunque hoy la activación de las ayudas multilaterales incluye mecanismos de prevención cara a futuro. El problema no es que el mencionado PEC no permitiera controlar el endeudamiento público, es que los mecanismos de sanción cayeron en saco roto. Por ello, el lanzamiento de la ayuda acordado ayer va acompañado de durísimas medidas de austeridad impuestas al gobierno griego a cambio de recibir los fondos. Condiciones que supondrán que los griegos perderán poder adquisitivo, calidad de vida y muchas renuncias. No extraña que el pueblo griego se haya echado a la calle, pero su presidente Papandreau no les da alternativa al sacrificio. El mensaje ha calado en los mercados financieros, que a fin de cuentas son los que acaban por dar credibilidad a la eurozona con sus actuaciones.

¿Cómo conseguirán los griegos reducir en 11 puntos su déficit actual en plena crisis económica? El desembolso de fondos europeos y del FMI se efectuará trimestralmente y se condicionará al estricto cumplimiento de los indicadores económicos. Como compensación, el Banco Central Europeo suspende los requisitos mínimos de rating de los colaterales que acepta a descuento, es decir que aceptará papel griego sin limitación de rating, decisión que se explica porque son los bancos franceses y alemanes los que disponen de más activos del Estado griego. Sin embargo, la contracción de la política fiscal griega (impuesta por la UE) acabará afectando a la creación de empleo, y su evolución es prácticamente impredecible. 

Aunque una vez que se ha concretado el rescate, hay dos debates que debemos plantearnos, el primero tiene que ver con la "excesiva" incidencia del mundo financiero sobre las actuaciones políticas y las decisiones económicas de los gobiernos dentro de la eurozona, y el segundo invita a una reflexión colectiva sobre la pertinencia de crear el Fondo Monetario Europeo (como cinturón de seguridad) o, si por el contrario, la disciplina fiscal y presupuestaria debería imponerse desde un gobierno europeo independiente de los gobiernos nacionales, pero con todas las garantías de legitimidad democrática. Me refiero, claro está, al gobierno económico.

Si bien es cierto que existen obstáculos de tipo jurídico o político a la reforma institucional, también lo es que la realidad de la crisis económica aporta una coyuntura favorable a la reforma. Dicho en el sentido de que muchas voces demandan un gobierno económico que asegure la estabilidad. En mi opinión, sólo el gobierno económico supranacional sería percibido como un actor global llamado Europa. No desvelo un gran misterio si constato que lo de ayer no deja de percibirse como un parche por aquellos observadores externos que miran a Europa con escepticismo, aunque tal vez en privado no me quede más que confesar que, si no un parche, lo de ayer se parece mucho a un remiendo. Es más, si el remiendo nos permite resistir hasta alcanzar la meta, sólo lo dirá el tiempo.

Concluyo apuntando que esta incertidumbre sobre el futuro no es tanto achacable a los líderes europeos como a problemas circunstanciales e institucionales. El encaje de la solidaridad dentro de la Unión se complica cuando hay una asimetría tan evidente entre 16 Estados que comparten moneda, y 11 que no lo hacen. Esta desigualdad dentro del mercado único lastra la capacidad de acción en la unión monetaria, además de las salvaguardas sobre las soberanías en materia fiscal que preservan los Estados miembros. Pero no me resisto a ver señales positivas en el rescate griego, por un lado se constata la necesidad de la convergencia de las economías europeas para seguir el mismo destino, y por otro se da carta de naturaleza a uno de los principios esenciales de la Unión, la solidaridad, cuya consecución garantiza una mejor resolución de conflictos de toda naturaleza y permite afrontar las crisis con más garantías de éxito. Se ha tomado una decisión solidaria y ello no puede más que acabar reforzando la solidez del euro y, con ello, del proyecto europeo.