miércoles, 12 de mayo de 2010

Del euro a la nueva democracia

Esta mañana todo el mundo comenta la publicitada llamada de Obama al presidente de turno del Consejo de la UE, que por aquellas casualidades de la vida es el presidente de España, el país al que todo el mundo señala como adalid de la irresponsabilidad financiera. Admitamos que no es el nuestro el único país que ha incurrido en un alto endeudamiento, hasta el punto de que no hay una sola nación en la Eurozona que esté al día en déficit. Sin embargo, hay dos Estados europeos fuera del euro que sí cumplen las exigencias, el primero de ellos Suecia, el segundo Estonia, por cierto candidata a entrar en el euro el próximo enero de 2011 está en un esplendoroso 1,7% de déficit.

La realidad es que el desequilibrio en el euro permanece tras varios meses, y de seguir así, afrontamos una amenaza muy fácil de comprender (hasta para los no duchos en materia financiera), la amenaza es el riesgo de inanición de la moneda, es decir que si los que tienen activos en euros deciden deshacerse de ellos, si todos vendemos nuestros euros, obviamente el euro puede acabar desapareciendo. Suena duro, pero ese escenario no es imposible. Por eso creo que este debate va más allá de la idea general de que los alemanes han sido ahorradores, mientras los mediterráneos se han dedicado a derrochar, endeudarse y vivir creyéndose ricos, cuando lo que hacían era contraer deudas a pasos acelerados. Es cierto que los griegos o españoles de a pie nos endeudábamos poniendo alegremente en riesgo a nuestros bancos, como también lo es que existe una responsabilidad de las entidades bancarias, e incluso los gobiernos, que durante años han adoptado una postura de "dejar que el tiempo ponga las cosas en su sitio".

Las buenas intenciones no bastan. Hoy, los gobiernos endeudados del sur tienen dos opciones, o aumentar la productividad de sus economías o reducir costes, ambas estrategias dolorosas y complicadas. Claro que existe la opción de la quiebra, alternativa que significaría sin ambages la destrucción del euro. Por suerte vemos señales muy positivas, básicamente que los países del norte no desean renunciar al euro, porque es una divisa que durante estos años en circulación ha brindado mucha solidez y credibilidad a la economía europea. El euro es una divisa de referencia en el planeta, y su supervivencia es tan vital que hasta Alemania ha sido capaz de aceptar transferencias de dinero hacia el sur. Es normal que lo haga a cambio de exigencias que tienen que ver no sólo con contención del gasto, sino con una reforma de la gestión pública, con la desaparición de ese clientelismo recalcitrante de la administración autonómica (sea del color político que sea) y con la flexibilización del mercado laboral.

¿Quién supervisa estas reformas desde Bruselas? Hay un vacío legal. No se contempla una intromisión sobre las economías nacionales, aunque hoy mismo la Comisión ha propuesto directamente que la UE supervise los presupuestos nacionales antes de que éstos se sometan al control parlamentario en los Estados respectivos.

Sea o no un globo sonda, desde mi punto de vista esa propuesta de la Comisión consagraría a la UE como actor y no como coordinador, que es lo que viene siendo. Otra cuestión es ver quién realizaría esa supervisión. Posiblemente el Parlamento europeo sería el órgano más legitimado para realizar semejante intromisión en la soberanía nacional. Como señalaba estos días Strauss-Kahn, el presidente del FMI, la receta para Europa es mayor supervisión y herramientas para sistematizar las transferencias entre las distintas partes del territorio. No deja de ser chocante que una entidad financiera internacional sugiera a Europa la creación de un gobierno económico con capacidad redistributiva, porque eso es lo que viene a decir el FMI, aunque sea eufemísticamente.

En estos momentos el euro afronta un gran dilema: o muere o crece. Por el bien de su salud, todos debemos estar dispuestos a importantes renuncias. Si el euro acabara hundiéndose y pereciendo, es innegable que detrás de ese fracaso habría claras responsabilidades políticas. El euro fue una apuesta europea para mejorar nuestra competitividad en el mundo, y ahora mismo se ha convertido en un arma de doble filo para la construcción europea.

Su desaparición debilitaría para siempre la unión económica de los Estados, y nos situaría en un escenario superado y muy incierto. En cambio, su supervivencia no sólo aumentará la confianza en las economías europeas, sino que podría ser un acicate para que más Estados miembros tomen las medidas pertinentes para adherirse a la moneda única. Ello exige la creación de buenas instituciones que preserven su salud y permitan que este pequeño euro de ocho años de vida crezca y se consolide. Las instituciones son sinónimo de democracia, por ello creo que la gran oportunidad que nos brinda esta crisis es la de caminar hacia una más profunda democratización de la Unión Europea.