domingo, 30 de mayo de 2010

Cimentando un nuevo concepto del Estado del bienestar

El debate está especialmente en boga en España, tras el decreto aprobado la semana pasada en las Cortes de Madrid, que da luz verde al recorte en el déficit público (entre otras cosas mediante la congelación de las pensiones de jubilación), aunque trasciende fronteras, en un momento en el que confluye la decadencia económica de nuestras naciones, con el envejecimiento de la población. Todo apunta a que el Estado benefactor no puede sobrevivir tal como lo hemos conocido hasta ahora. No es casual que en este mes de junio la Comisión europea vaya a lanzar una nueva ofensiva, sugiriendo a los Estados miembros que incrementen la edad de jubilación, tal como hizo Alemania hace unos meses, donde pasó de los 65 a los 67.

El debate en el país germano fue más allá, y algunos expertos sugirieron que para mantener el sistema del bienestar debía aumentar la productividad o el número de horas trabajadas de los contribuyentes, ya que de lo contrario se produciría un escenario en el que coincidirían una baja contribución de las personas en activo, y una alta retribución a las personas ya retiradas. Sencillamente insostenible. Más sangrante es si cabe comprobar la desigualdad de criterios en la eurozona, ya que actualmente la edad promedio de jubilación en Grecia es de 61 años, paradójicamente país que está siendo rescatado en gran parte por la contribución alemana. Sin embargo, el Estado miembro de la eurozona con una edad más temprana de jubilación es Francia, que sitúa su media en los 60 años, aunque se plantea aprobar en la Asamblea en septiembre un decreto para subir ese umbral a los 62 años. La Comisión ha realizado un estudio en que asegura que la edad real de jubilación en la UE está alrededor de los 60 años, por debajo de lo establecido legalmente, y apunta que en 2060 los europeos tendrán una esperanza de vida aproximada de siete años más, lo que tras una serie de ecuaciones lleva a la conclusión de que se necesitará ampliar la vida laboral hasta los 70 años para mantener en equilibrio las contibuciones y retribuciones que el Estado canaliza entre trabajadores y jubilados.

A pesar de este gris escenario, el Estado del bienestar no se verá amenazado si entre todos somos capaces de asegurar el equilibrio de la pirámide que sostiene las contribuciones. En el actual contexto (que según indican se prolongará unos cuantos años más) de economía depauperada y una débil capacidad de competir con otras economías, no disponemos de recursos propios para sostener el nivel de vida al que nos hemos acostumbrado. Así se abre ante nosotros otro nuevo y doloroso debate que no podemos eludir, y que indica que tenemos que empezar a crear un nuevo modelo socioeconómico, que implicará pagar un precio por los privilegios de que hasta ahora hemos disfrutado. Probablemente haya llegado el momento de tomar medidas para mejorar la calidad del trabajo, la motivación profesional y las condiciones de vida de los trabajadores, para que el trabajo deje de sentirse como una obligación y se conciba como un elemento más que aporte dignidad, realización y felicidad a la vida de las personas.