martes, 27 de abril de 2010

Primer paso de la nueva diplomacia europea

A estas horas ya hay acuerdo político, tras reunión ayer lunes de los ministros de Exteriores de los 27 en Luxemburgo, presidida por el ministro Moratinos, para la configuración del nuevo cuerpo diplomático que representará a la Unión Europea en forma de una única voz, tal como reza el Tratado de Lisboa, que prevé la fusión de las dos vertientes diplomáticas que la UE tenía hasta ahora. Recordemos, antes del Tratado de Lisboa la política exterior se sostenía sobre dos patas, por un lado la Comisión, a través de la Política de Vecindad, y sus 136 delegaciones en todo el mundo; y por otro, el Consejo, representado por Javier Solana, más conocido como Mr. PESC, quien a pesar de contar apenas con 400 funcionarios y un presupuesto muy limitado, dependiente de los Estados miembros, acabó dejando el pabellón razonablemente alto.

La inclusión en el Tratado de Lisboa de un nuevo cuerpo diplomático exclusivamente comunitario era y es una gran novedad, aunque el texto legal dejaba completamente sin definir la composición de ese Servicio Europeo de Acción Exterior (SEAE). El pacto alcanzado ayer simplemente garantiza que los diplomáticos de los Estados miembros estarán bien representados en el SEAE, estableciéndose una regla para que el servicio esté compuesto por un número igual de funcionarios de la Comisión, del Consejo y de los Estados miembros. Tras las objeciones del Reino Unido, el SEAE sólo podrá ofrecer algunos servicios consulares, permaneciendo en manos de los Estados miembros los asuntos que afectan a la soberanía nacional, una vez más sin especificar cuáles.

La de ayer es una buena noticia, pero el viacrucis no ha hecho más que empezar, ya que desconocemos a día de hoy cuánto tiempo más vamos a necesitar para cumplir con estas respectivas cuotas acordadas ayer. A partir de ahora hay dos escollos por superar, el primero, y lógicamente, el del Parlamento Europeo, que ha prometido dar la batalla y manifestará una opinión, asunto que despierta algunas suspicacias, pues si bien de forma general el veredicto parlamentario no sería vinculante al valorar la estructura del servicio diplomático, el PE sí tiene de facto poder codecisorio en la financiación del SEAE. Recordemos que la financiación es la clave ya que a fin de cuentas es la que permite implementar y poner en funcionamiento el servicio, así que (no nos engañemos) la Eurocámara tiene un auténtico poder de veto en sus manos. Consciente de ello, Ashton ha centrado todos sus esfuerzos negociadores en los eurodiputados, quienes han peleado para que el SEAE sea un organismo dependiente de la Comisión, algo que a ciertos Estados miembros no gusta por considerar que da demasiadas posibilidades de influencia a la Eurocámara en Defensa y Asuntos Exteriores.

Claro está que el Parlamento está dando una batalla que no es casual y tiene muchas consecuencias desde el punto de vista de la legitimidad. Veamos, si el SEAE forma parte de la Comisión, en primer lugar habrá, como hemos dicho, un control claro de su financiación, ya que el Parlamento tendrá plena supervisión sobre los gastos, pero debemos tener presente que esto no ocurriría si este servicio no dependiera de la Comisión. Es decir, el paraguas de la Comisión es un garante de transparencia y control parlamentario.

De todos modos, precisamente la Comisión tendrá la última palabra sobre los candidatos a dirigir cada una de las delegaciones, aunque después vendrá el segundo escollo, ya que de nuevo cada uno de los Estados miembros deberá firmar el acuerdo definitivo. Visto el panorama, ni siquiera hoy podemos valorar si el SEAE va a estar a la altura de lo esperado, aunque nos congratulamos de que nuestros eurodiputados sí estén dando la cara por legitimar y fomentar la europeización de la política exterior. Porque el SEAE está llamado a ser una herramienta fundamental para conseguir que los otros nos vean como lo que realmente somos y queremos ser. Hablamos de imagen, pero también de prestigio y de seguridad, toda una piedra angular en el liderazgo y la credibilidad de la Unión Europea.